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Sobre la estupidez, su definición, sus efectos y el poder

Miércoles 17 octubre, 2007

Estupidez humana Como nos comenta el filósofo italiano Giancarlo Livraghi,  frente a muchos devastadores desastres político-económicos acontecidos en nuestros países, generalmente tendemos a culpar a la perversidad intencional, a la conspiración, a la malicia astuta, la megalomanía, etc. de las malas decisiones. Están allí, por supuesto; pero cualquier estudio cuidadoso de la historia, o de los eventos actuales, nos lleva a la invariable conclusión que la fuente más grande de los terribles errores es la pura estupidez humana. Así lo piensa el historiador italiano Carlos Maria Cipolla (1922 – 2000). Cuando se combina con otros factores (como sucede a menudo) los resultados pueden ser devastadores.

Resulta sorprendente el escaso material dedicado al estudio de un tema tan importante: la impericia por acción de la estupidez humana. Nunca he sabido de un grupo de investigación que estudie la Estupidología.

Uno de los problemas de la estupidez es que nadie tiene una definición realmente buena de lo que es. De hecho los genios son a menudo considerados estúpidos por una mayoría estúpida (aunque nadie tiene tampoco una buena definición de genio).

Pero la estupidez definitivamente está allí, y hay mucho más de lo que nuestras pesadillas mas desbordadas pudieran sugerir. De hecho la estupidez domina al mundo, lo cual es más que claramente comprobado, por la forma en que se gobierna hoy al mundo.

CipollaFue Carlos Maria Cipolla (1922 – 2000), que fuera Profesor Emérito de Historia Económica en Berkeley, quien llegó a dar con una definición bastante interesante sobre el tema y postuló, en su libro “Allegro ma non troppo”, las 5 leyes fundamentales de la estupidez humana, que resumo a continuación:Allegro ma non troppo

Primera Ley Fundamental: Siempre e inevitablemente todos subestiman el número de individuos estúpidos en circulación.

Segunda Ley Fundamental: La probabilidad de que cierta persona sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de esa persona.

Tercera Ley Fundamental (o de Oro): Una persona estúpida es aquella que causa pérdidas a otra persona o grupo de personas sin obtener ninguna ganancia para sí mismo e incluso incurriendo en pérdidas.

Matriz de la estupidez

El análisis de costo y beneficios de Carlo M. Cipolla permite clasificar a los seres humanos en cuatro tipos de personas según sus acciones. Cada uno de los cuales ocupa un cuadrante en un sistema de coordenadas. Si representamos en el eje de abcisas el beneficio, positivo o negativo, que obtiene el individuo y en el eje de ordenadas el beneficio (+) o costo (-) que causa a los demás:

Bondadoso: aquel que se causa un perjuicio a sí mismo, beneficiando a los demás.
Inteligente: aquel que se beneficia a sí mismo, beneficiando a los demás.
Malvado: aquel que obtiene beneficios para sí mismo, perjudicando a los demás.
Estúpido: aquel que causa pérdidas a otros, perjudicándose a la vez a sí mismo.

En primer lugar, los estúpidos son peligrosos y funestos porque a las personas razonables les resulta difícil imaginar y entender un comportamiento estúpido. Una persona inteligente puede entender la lógica del malvado, pues sus acciones pueden seguir un modelo de racionalidad en busca de beneficios. Puesto que no es suficientemente inteligente como para imaginar métodos con que obtener beneficios para sí procurando también beneficios a los demás, deberá obtener su beneficio causando pérdidas a su prójimo. Esto no es justo, pero es racional, y por ser racional, puede preverse.

Con una persona estúpida todo esto es absolutamente imposible. No existe modo racional de prever si, cuando, cómo y por qué, un estúpido llevará a cabo su perverso ataque. Frente a un individuo estúpido, todos quedan completamente desarmados.

Cuarta Ley Fundamental: Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas. Los no estúpidos, en especial, olvidan constantemente que en cualquier momento, lugar y circunstancia, tratar y/o asociarse con individuos estúpidos se manifiesta infaliblemente como un costosísimo error.

Quinta Ley Fundamental: La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe. El corolario de esta ley dice que: El estúpido es más peligroso que el malvado.

Si todos los miembros de una sociedad fuesen bandidos perfectos, la sociedad quedaría en una situación estancada pero no se producirían grandes desastres ya que los beneficios de unos son los perjuicios de otros. La maldad, por decirlo de alguna manera, es una forma de redistribución, aunque ésta, por cierto, no crea riqueza. Pero cuando los estúpidos entran en acción las cosas cambian completamente. La personas estúpidas ocasionan pérdidas a otras personas sin obtener ningún beneficio para ellas mismas y, por consiguiente, la sociedad entera se empobrece. Esto puede graficarse, trazando una recta de 45 grados que pase por los cuadrantes del bondadoso y el malvado. Toda acción que de lugar a un resultado por encima de dicha recta produce un beneficio mayor al perjuicio generado, mientras que en el caso contrario, todo es pérdida y cualquier beneficio es netamente inferior al perjuicio producido.

Giancarlo Livraghi, formula algunos corolarios interesantes a partir de estas 5 leyes:

Primer Corolario: En cada uno de nosotros hay un factor de estupidez, el cual siempre es más grande de lo que suponemos.

Segundo Corolario: Cuando la estupidez de una persona se combina con la estupidez de otras, el impacto crece de manera geométrica, es decir, por multiplicación, no adición, de los factores individuales de estupidez.

Tercer Corolario: La combinación de la inteligencia en diferentes personas tiene menos impacto que la combinación de la estupidez, porque (Cuarta Ley de Cipolla) ” la gente no estúpida tiende siempre a subestimar el poder de daño que tiene la gente estúpida”.

Esto se debe a que la estupidez no razona, no necesita pensar, organizarse o planear para generar un efecto combinado, mientras que la transferencia y combinación de la inteligencia es un proceso mucho más complejo.

Otro elemento peligroso en la ecuación (tal como lo señalaba Carlo Cipolla) estriba en que el aparato del poder tiende a colocar “malvados inteligentes” en la punta de la pirámide (que algunas veces resultan ser “malvados estúpidos”); y ellos, a su vez, tienden a favorecer y proteger la estupidez y mantener fuera de su camino lo más que puedan la genuina inteligencia.

El poder está en todos lados. Todos estamos sujetos al poder de otros y (si no en casos de extrema esclavitud) todos ejercemos poder sobre alguien. Sería demasiado complicado, para el propósito de este análisis, entrar en el terreno complejo de la multiplicidad de las relaciones humanas. Por este motivo me limito a los casos más obvios de “poder”: esas situaciones en las cuales cada uno tiene un rol definido de autoridad sobre un gran (o pequeño) número de personas.

En teoría, todos estamos más o menos de acuerdo sobre el hecho de que debería haber la menor cantidad posible de poder; y que quien tiene poder debería estar sujeto al control de las demás personas. Este es el sistema al cual llamamos “democracia”. O lo que en las organizaciones llamamos repartición de tareas, colaboración, motivación, compromiso, responsabilidad distribuida – al contrario de autoridad, burocracia, centralización, disciplina formal y lealtad.

Pero son muchas las personas que no desean una verdadera libertad. La responsabilidad es un peso. Es más cómodo ser un seguidor pasivo de las decisiones de otros ya que es más fácil culparlos en caso de fracaso. Por otro lado, algunas personas aman el poder, les da placer y gozo. ¿Será esa actitud estúpida?. Como se dedican con más energía a los notables esfuerzos y sacrificios necesarios para tener más poder y están dispuestos a asumir riesgos, a menudo estas personas llevan las de ganar. Hace unas semanas escribí sobre ello en un post anterior.

Ahora bien, supongamos que en el poder hay tantos estúpidos como en el resto de la sociedad. Surge una diferencia fundamental. Queda claro que las personas en el poder tienen más poder que las otras personas. Por otro lado, en el método de Cipolla se establece que los resultados de un comportamiento no deben ser medidos desde el punto de vista de quien hace las cosas (o no hace lo que debiera) sino desde el punto de vista de quien sufre sus efectos. Así pues, el daño (o el beneficio generado) será diferente, según el número de personas afectadas y a la intensidad de las consecuencias de una decisión.

Si en una “relación entre dos iguales” una persona consigue una ventaja equivalente al daño que inflige al otro, esa persona en la definición de Cipolla sería un “malvado” en el límite de la inteligente, mientras el otro es un “perfecto bondadoso” ya que el sistema, en términos distributivos, permanece en equilibrio. Claro está, que esto no es así cuando hay una asimetría de poderes ya que, dado que el poder afecta a un gran número de personas, se pierde todo posible equilibrio, incrementándose el factor de estupidez.

¿Cómo hace una persona para tener poder? A veces lo logra sin querer. A alguno se le da confianza porque se confía en esa persona. En ese modo el poder es atribuido a personas capaces, competentes y con un fuerte sentido de la responsabilidad. Este proceso tiene buenas probabilidades de generar poder “inteligente”. Una situación en la cual las personas elegidas hacen el bien a sí mismos y aún más a los otros. A veces se puede arribar al sacrificio, cuando las personas se hacen daño a sí mismas por el bien de los otros. Pensemos en las huelgas de hambre que iniciaba Gandhi, por ejemplo.

Sin embargo, suele haber menos ejemplos de “poder inteligente” de los que nos gustaría ser testigos. ¿Por qué será? El motivo radica en la existencia de la competencia. La competencia por el poder. Aquellos que no buscan el poder per se, sino que velan por el bien de los otros, tienen menos tiempo, recursos y energías para gastar en la conquista ciega del poder y por eso tienden a perderlo. Una suerte de selección adversa, como ya explique en otro post. Quienes están sedientos de poder se concentran en la lucha por éste, independientemente de sus efectos sobre la sociedad y peor aún, cuando lo obtienen, son inducidos a pensar que están en el poder por que son mejores, más capaces, más inteligentes, más sabios que el resto de la sociedad. No es que sean más inteligentes, ni más estúpidos, que los otros. Estas personas a menudo son hábiles y astutas. Sin embargo, siguiendo las ideas de Cipolla, debemos recordar que la estupidez y la inteligencia se miden sobre la base de sus efectos. Así pues, se podría concluir que el poder, como sistema, es mucho más estúpido de cuanto puede serlo una persona común. Lamentablemente, debemos convivir con el poder y, por ello, con su inherente estupidez.

Cómo eludir esta situación, Carlo Cipolla comentaba que en todas las etapas de la historia «cada país en ascensión posee un no común alto porcentaje de personas inteligentes que intentan mantener la fracción de estúpidos bajo control, y que, en el mismo tiempo, producen ganancias para si mismos y para otros miembros de la comunidad, suficientes para convertir el progreso en certidumbre». Así mismo, nos afirma que «en un país – o, digo yo, cualquier comunidad -en declive el porcentaje de individuos estúpidos es constante; igualmente en la restante población se nota, especialmente entre individuos en el poder, un alarmante crecimiento de malvados con un alto porcentaje de estupidez – y, entre aquellos que no están en el poder, un igualmente alarmante crecimiento de la cantidad de desproveídos. Semejante cambio en la composición de la población de los que no son estúpidos refuerza inevitablemente el poder destructor y lleva el país hacía su propia ruina». La reversión de esta tendencia a veces es posible, pero requiere una combinación de factores muy poco comunes, como la convergencia de personas inteligentes capaces de asumir poder con un empuje colectivo para introducir un cambio trascendente. Cierto es que un escenario turbulento y vertiginoso puede ofrecer mucho espacio al poder de la estupidez, aunque no es imposible que provoque procesos inteligentes.

(basado en extractos del libro Allegro ma non tropo de Carlos Maria Cipolla (1922 – 2000) y del artículo de Giancarlo Livraghi , El poder de la Estupidez)

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10 comentarios dejar un →
  1. Lunes 29 septiembre, 2008 10:36 pm

    Con todo respeto reproduzco su articulo en mi blog. refiriendolo a usted

  2. Domingo 30 noviembre, 2008 8:11 pm

    Saludos.
    Sobre la estupidez, su definición, sus efectos y el poder:
    Este analisis de la estupides humana que explica el comportamiento de la sociedad, permite explicar el comportamiento politico en las recientes elecciones de Venezuela, donde se perdieron estrategicas gobernaciones, porque los electores decidieron “castigar” al partido de gobierno porque hicieron una mala gestion de gobierno, aun cuando nuestro presidente advirtio que estaba en juego algo mas que una simple gobernacion. El voto castigo se convirtio en voto estupido por que estan perdiendo como individuos y como sociedad, los beneficios alcansados con el gobierno saliente al cual castigaron con su voto.

  3. Sábado 14 marzo, 2009 11:14 am

    Fantástico. Conocía a Cipolla y su obra y creo que has hecho un excelente resumen. Enhorabuena.
    JM

  4. Sábado 14 marzo, 2009 5:28 pm

    Creo que es Dawkins en “El gen egoista” que establece una tabla de relaciones similar pero en términos de egoismo-altruismo. Por lo demás no es que me entusiasme Dawkins y que quede clarísimo (no sé en qué cuadrante pondría a los fanáticos del anti-fanatismo)
    Gracias por compartir esto, Andrés, da que pensar.

  5. Lunes 16 marzo, 2009 7:05 am

    José Miguel, Ana, muchas gracias por vuestros cometarios!! Ojala sigan visitando el blog.
    un abrazo
    Andres

  6. Martes 16 junio, 2009 10:38 am

    Leí a Cipolla hace tiempo y me encantó, se que hay una continuación sobre el mísmo temapero no tengo claro si la escribió el mismo Cipolla u otro autor. El cuadrante que clasifica la estupidez se me quedó grabado y me ha sido muy útil para tomar cierta perspectiva ante los problemas. Debería ser obligatorio en los colegios

  7. Rogelio pensado Enlace permanente
    Domingo 6 marzo, 2011 9:50 pm

    Al concluir 1999 a nivel mundial hubo una encuesta-concurso para determinar quienes habian sido los humanos mas inteligentes del milenio que terminaba y despues de mucha polémica se llegó a la conclusión que en realidad habria varias categorias de inteligencia que calificar ,premiar y escoger, teniendo resultados sorprendentes: 1.- inteligencia corporal ganador el bailarín Nurayev,2.-inteligencia fisico-matemetica ganador: albert einstein, 3.- expresion pictórica ganador pablo picasso, 4.- inteligencia musical wolfang amadeus mozart,5.- inteligencia interior-emocional ganador marcel proust,6.-inteligencia exterior-emocional ganador gandhi, y 7.-inteligencia escrita :cervantes y shakespeare empatados; dificil de aceptar, yo pensaría enotras inteligencias además : militar, financiera, política y tecnologica para no dejar fuera a los inventores de la tv, el teléfono, la luz electrica, el internet, las naves espaciales ,la penicilina , el concreto y muchos inventos que han llevado al hombre a ser mas evolucionado y a degradarse estúpidamente cada vez mas. Lo que no pensaron fué en hacer un concurso a la estupidez, donde seguramente los ganadores hubieran sido otros que han llevado a la humanidad al estado de cosas que hoy padecemos,Cipolla tiene razón en parte porque la estupidez tiene categorías y muchas veces a lo largo de nuestras vidas somos huestedes el y yo o cualquiera ,hacer estupideces inimaginables, porque por ejemplo un joven piensa un rato con el estómago un rato con los genitales, y un ratito con el cerebro y puede en ese universo diario, embarazar, atropellar y y perder hasta la cordura,etc,etc. por lo tanto hay mucha polemica en el tema PERO … que bueno traer el tema ,finalmente ,en la historia, esrita siempre por los ganadores ,muchos llamados ilustres fueron muy estupidos y viceversa. Salu2

  8. José Miguel Pueyo, psicoanalista Enlace permanente
    Martes 15 marzo, 2011 6:33 am

    Sobre algunos modos emotivoconductuales
    de comprender la estupidez y de ser felices,
    según la psicóloga Paz Torrabadella

    Por José Miguel Pueyo, psicoanalista

    Con la que está cayendo quién se atrevería a decir que «coleccionamos excusas para sentirnos infelices». Por sorprendente que pueda parecer no se trata de un gazapo, pues sin necesidad de entrar en más detalles, esa consideración aparece en dos ocasiones, una en la cabecera y otra en el cuerpo de la entrevista que la periodista Ima Sanchís, hizo a la psicóloga Paz Torrabadella. (La Contra. La Vanguardía, jueves 10 de marzo de 2011), con ocasión de la publicación de su libro Estupidez emocional. Editorial Vía libro. Barcelona: 2011.

    Sabido es que las excusas son esos razonamientos con los que uno intenta justificar y en ocasiones protegerse de algunos comportamientos como inclinaciones reprobables, fallos o errores. A juzgar por lo que leo en el libro de esta psicóloga, lo que no se conoce tan bien es que la generalización suele enmarañar el problema que se pretende despejar, y que como en otros asuntos también en éste conviene dejar al margen la ideología así como conocer los aspectos fundamentales de la naturaleza del sujeto humano. Tampoco es aconsejable pasar por alto que muchas personas no se quejan en vano; que existen verdades sin cuento como la prevaricación y el latrocinio, las masacres en los países árabes, el abuso de niños por gentes de la iglesia, y que un atentado terrorista deja paso a un tsunami, etc, etc., aspectos que sin duda Paz Torrabadella conoce, pero que en un asunto como el que trata no conviene obviar, y así es también respecto a las distintas varas de medir a la hora de calibrar los daños.

    Quizá la explicación a algunas de las ideas que recoge este libro haya que buscarlas en el pensamiento del que parece ser uno de los maestros de la autora, Albert Ellis, fundador, junto con Aaron Beck, de la psicología cognitivo conductual, y creador él mismo de una de las terapias que se ofertan en el mercado de la salud mental y del llamado desarrollo personal, la Terapia Racional Emotivoconductual (TREC). Podría ser así porque contra el «debería haber hecho esto o aquello, y como no lo hice me excuso», todo indica que entiende que lo racional y positivo sería decir «acepto que no lo hice, pero aun tengo tiempo de hacerlo, y debo pensar que en realidad no lo necesito para estar contento y satisfecho». Se trata de un programa que tiene su fundamento teórico en uno de los conceptos mayores de la psicoterapia de ese clínico estadounidense, la «terribilitis», esto es, la creencia de que los padecimientos de una persona, desde la ansiedad hasta la depresión pasando por las obsesiones, la inseguridad y la insatisfacción, obedecen a que esa persona «terrabiliza». Según Albert Ellis, enfermamos, sufrimos o nos comportamos estúpidamente por la tendencia a valorar las cosas que nos suceden como terribles, así como porque no conocemos su verdadero alcance y, sobre todo, porque no aceptamos nuestros errores y gastamos toda nuestra energía en excusarnos. El tratamiento, en buena lógica con esas conjeturas, consiste en persuadir al paciente mediante razonamientos que lo mejor que puede hacer para resolver sus inquietudes o las conductas estúpidas es no ponerse nervioso, tener calma, mantener la tranquilidad frente a toda adversidad, entender, en suma, que nada es demasiado terrible, y, por supuesto, que lejos de negar las debilidades debe aceptarlas, pues en la aceptación está la clave de la resolución de los problemas. Esta idea central del tratamiento racional emotivo conductual no deja de ser lógica, pero también antigua y como se habrá advertido muy elemental; y, en realidad, no estaría mal si pudiera resolver algo más que lo que el sentido común o la persuasión resuelven, que como se conoce es muy poco. Resumiendo, no negar lo que nos sucede, conocerlo racionalmente y aceptarlo, aunque puede ser un buen comienzo, no es suficiente; y el camino, a diferencia de lo que propone Paz Torrabadella, no es acoger las cosas con humor, el autocontrol emotivo-racional y menos aun esperar de los otros una intuición clarificadora.

    La época y la cultura, así como la idiosincrasia de las personas tienen un papel relevante a la hora de calificar de estúpido a algo o a alguien. Se trata de un capítulo básico y esencial cuyo desarrollo se echa en falta en este libro, lo que impide que el lector reconozca la luz que aporta al estudio de la estupidez, las excusas y la felicidad los estudios históricos y transculturales. Una nota tanto sólo sobre la estupidez según las épocas, así como indicar que existen excusas de muy distintas clases, y, en fin, que esa palabra recoge acepciones que hablan del comportamiento humano no sólo en diferentes momentos de la historia sino también en distintos momentos de la vida de una persona, hubiese dado un tono de realidad a este trabajo. Y no menos meritorio habría sido indicar que no es habitual provocarse los síntomas de una enfermedad, lo que se conoce como Síndrome de Munchausen, y que las personas no suelen ir simulando dolencias para obtener algún beneficio como evitar un trabajo o conseguir una compensación económica; tanto más porque en los tiempos actuales, aunque quizá no menos que en otros, las desgracias y los padecimientos aparecen sin necesidad de que uno se los provoque.

    Como dice Paz Torrabadella la vida tiene una dosis de sufrimiento. Lo que elude es que en eso repite a Freud; y no está acertada cuando afirma que el sufrimiento se encuentra en la enfermedad y en la muerte. Como antes fue la psicopatología, ahora es la clínica diferencial la que enseña, cierto es que de la mano de Freud, que no todo en el síntoma neurótico es sufrimiento. El síntoma neurótico es bifásico, ya que la cara consciente, que corresponde al sufrimiento, no es sin cara la inconsciente, que corresponde a lo que llamamos goce porque remite al perdido en la infancia y reencontrado en el retorno de lo reprimido que es el síntoma. En cuanto a la muerte, baste indicar aquí que para muchos constituye una liberación del sufrimiento; y que se la puede buscar, todavía hoy, por aquello que promete la religión del Libro: el goce absoluto y eterno.

    El lector de este libro sin duda hubiera agradecido otro de los factores que habría arrojado luz a las cuestiones que plantea, como es que ante la insatisfacción que caracteriza al deseo y otros avatares de la naturaleza humana, lo que desde hace muchos siglos y aun milenios hacen las personas es procurarse algún lenitivo, esto es, un objeto-excusa-justificación para soportar la vida, como se dice, y hoy más que nunca para suturar la herida narcisista que muchos tuvimos la suerte de sufrir en la más tierna infancia. La expresión «Si Dios no existiera habría que crearlo» denuncia la precariedad, también emocional, del hombre, así como lo que tenemos en común con nuestros congéneres. Trátase de una falta estructural que se manifiesta en la salud tanto como en la enfermedad, pues es la causa de la insatisfacción que caracteriza al deseo, el gran y auténtico motor de cuanto existe. La falta por la que vive el deseo explica la necesidad de lenitivos, los cuales constituyen tentativas imaginarias, como acabo de indicar, para suturar la herida narcisista que supuso la separación del alienante abrazo materno y la pérdida de la primera experiencia de satisfacción. Entonces, la fórmula «Coleccionamos excusas para sentirnos infelices», podría ser transformada en «Coleccionamos excusas para sentirnos felices», puesto que todos buscamos excusas, esto es, paliativos y apoyaturas para poder vivir la vida que nos ha tocado en suerte. Eso es lo único que a los humanos nos está permitido encontrar; aunque hay excusas y excusas hay, como dice el poeta y quien no lo es tanto. En otros términos, lo que coleccionamos son excusas, sí, pero en el sentido de que en la realidad no existe otra cosa, ya que está conformada por objetos imaginarios. Mientras que sólo el amor-pasión nos hace creer que algo de la realidad es lo Real del goce perdido. Es al lugar de la falta, al lugar vacante del que perdimos en el tiempo lógico del complejo de Edipo, conocido desde Lacan como objeto a, el objeto perdido para siempre y que por esa razón se constituye en causa del deseo, que vienen las excusas de todo tipo y los objetos imaginarios, o sea, las satisfacciones sustitutivas de lo perdido. He aquí, en la realidad, bien plantadas las aficiones, el arte, el amor por esto o aquello, las gratificantes relaciones sociales, el ansia de tener más dinero, o ser mejor en esto y aquello, la religión, una ideología política, etc, etc., objetos, discursos y personas que nos reconfortan de la insatisfacción del deseo y de la herida narcisista. En fin, son estos y otros objetos los que nos hacen creer que estamos más plenos, con ellos nos imaginamos más satisfechos y más realizados, más felices, nos sentimos mejor, como habitualmente se dice. Sin embargo, algunas personas sufren sin saber que sufren la verdad. Son aquellos que no quieren más excusas, que aborrecen los objetos imaginarios. Es como si supieran que los objetos de la realidad son sustitutos del perdido para siempre; y al no aceptar el trueque se desvinculan de la realidad, pues para ellos esos objetos han perdido el brillo que habitualmente sugestiona, podríamos decir que engaña o engatusa al sujeto supuesto normal. Es, pues, en estos casos cuando la pretendida excusa «todo es una mierda» se revela con toda su rotunda verdad estructural. En este punto tal vez habría que indicar que el psicoanálisis no es una terapia revolucionaria sino una cura subversiva, tan subversiva como lo es el sujeto humano respecto al medio sujeto de la psicología cognitivo conductual por agotarlo en el yo consciente; y que tampoco es un tratamiento de la adaptación a la realidad o de la sublimación, pues el psicoanálisis renuncia a ese engaño al entender que la única y auténtica vía de liberación emocional es revelar de qué se queja en verdad la persona que nos pide ayuda para su malestar. Por consiguiente, la estupidez emocional no es la causa del sufrimiento, como pretende esta psicóloga, sino un efecto más de la conformación de la subjetividad en la historia familiar.

    En la línea de los libros de autoayuda, el que hoy sucintamente comento promete presentarnos lo que necesitamos para protegernos de la estupidez y superarla. Sin embargo, si algo queda claro en ese trabajo es la fe de la autora en esa mitad del sujeto humano que, como acabo de apuntar, es el yo consciente, así como en la persuasión racional como procedimiento terapéutico. Obviar las causas inconscientes de los problemas de las personas a las que se pretende ayudar, la formación de los síntomas y su función, es, desde el punto de vista del psicoanálisis, una manera como otra cualquiera de condenar a esas personas a las ataduras que les impiden progresar. Nada puede la racionalización de un problema psíquico contra su razón etiológica, y, por supuesto, menos aún ser consciente de cómo me siento para controlar el problema, como se nos dice siguiendo en esta ocasión una idea del creador de la terapia bioenergética y seguidor de Wilhelm Reich, Alexander Lowen, ya que entendía que la felicidad era la conciencia de la propia mejora. De cualquier forma, compartir, poner en común temas personales con otros, puede estar bien y es lo que de ordinario ocurre alrededor de una mesa, pero lejos de ser una gran herramienta terapéutica, como nos dice esta psicóloga, lo que suele producir es una identificación al ideal del otro, al ideal del semejante, o nada, y sobre todo nada que tenga que ver con la verdad como causa de lo que uno es y de la razón por la que sufre. Contra la imbecilidad, la tontería y los problemas psíquicos, nada puede la intuición y la buena fe de los consejos; y es la clínica la que advierte que con esas herramientas lo desaparecido retorna habitualmente con otra forma y en cualquier momento.

    Así suele ocurrir cuando se omite que algunas personas han dicho cosas no triviales sobre el sufrimiento, la felicidad y la estupidez. En realidad, hubiese bastado con leer las tres primeras páginas de El malestar en la cultura, 1929 [1930], de Freud, para advertir que muchas de las creaciones del hombre tienen por objeto hacerle soportable los achaques de la edad, la enfermedad y la insatisfacción estructural; y tampoco hubiese estado de más recordar en este asunto el Por qué la guerra, la respuesta del primer psicoanalista a esa pregunta que el año 1932 le planteaba Albert Einstein. Estoy convencido que un paso más en esa dirección hubiera permitido comprender las razones de los límites de la persuasión cognitivo conductual contra esa pasión del yo que en ocasiones es la estupidez; comprender su función, pues como construcción sintomática a la medida del goce, una persona puede encontrar en ella un resguardo contra lo siniestro, no por ello menos familiar. Y comprender también que si la estupidez es una excusa lo es entre otras razones porque excusa de toda responsabilidad, función que imprime un carácter diabólico a la repetición. Freud decía que no había nada más caro que la enfermedad y la estupidez. Así es, entre otras cosas, porque la estupidez introduce la ideología en el tratamiento, factor que no sólo obstaculiza la curación de una determinada persona al alejarla de su verdad, ya que paralelamente suele producir daños en ocasiones irreparables a la inteligencia.

    Girona – Madrid, marzo 2011

  9. Miércoles 18 enero, 2012 7:57 pm

    Exelente!! XD

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