La verdadera libertad yace en la espontaneidad

Existe la ilusión de que en la sociedad de hoy nos podemos sentir orgullosos de ser libres de expresar nuestros pensamientos y emociones, y damos por supuesto que esta libertad garantiza nuestra individualidad. Sin embargo, el derecho de expresar nuestros pensamientos y emociones tiene algún sentido si somos capaces de tener pensamientos propios.
Lamentablemente, en la sociedad actual, la educación conduce con demasiada frecuencia a la eliminación de la espontaneidad y a la sustitución de los actos originales por emociones, pensamientos y deseos impuestos desde fuera por el imperativo de eso que podemos llamar como “sentido común”, el imperativo de la “normalidad” diría Michel Foucault. Y si por alguna razón, aquello que la educación no llega a conseguir se cumple luego por medio de la presión social que nos obliga a portar la máscara de la imagen que la sociedad tiene de nosotros.
Vivimos bajo la creencia de que sabemos lo que queremos, cuando en realidad deseamos únicamente lo que se supone hemos de desear por mandato de la sociedad. Ello nos transforma ejecutores automáticos, en autómatas, que vivimos bajo la ilusión de ser individuos dotados de libertad. En la sociedad de hoy, tendemos a pensar, sentir y querer lo que creemos que los demás suponen que debemos pensar, sentir y querer, y en este proceso perdemos nuestra conexión con el nuestro yo esencial.
La pérdida del elusivo y genuino yo incrementa la necesidad de conformismo al sembrar la duda acerca de nuestra propia identidad. Esa duda nos hace rechazar la libertad que tenemos al abrirnos a la espontaneidad. Damos por supuesto lo que somos, pero somos lo que nos imponen ser. En ese proceso, la duda acerca de nuestro ser verdadero aumenta día a día y sucumbimos, transformándonos en víctimas de la alienación. Esa pérdida de la identidad hace más imperiosa la necesidad de conformismo, al punto en que uno puede estar seguro de sí mismo sólo en cuanto logra satisfacer las expectativas de los demás. Si no lo conseguimos, somos víctimas del aislamiento.
Al adaptarnos a las expectativas de los demás, al tratar de no ser diferentes, logramos acallar aquellas dudas acerca de nuestra identidad y ganamos así cierto grado de seguridad. Ese es el miedo a la libertad del que hablaba Erich Fromm. Por seguridad y tranquilidad abandonamos nuestra espontaneidad y nuestro impulso a ser quienes realmente somos.

La espontaneidad es un fenómeno relativamente raro en nuestra sociedad, aunque no carecemos completamente de ella (por ejemplo los artistas son capaces de expresarse con una solturo envidiable, también los niños; incluso podemos percibir en nosotros mismos por lo menos algún momento de espontaneidad). Hoy en día, y gracias a la creciente conectividad, estamos comenzando a superar las barreras de la auto-represión y una sociedad más libre comienza a emerger con cierto ímpetu.
La actividad espontánea es el único camino por el cual nosotros los seres humanos podemos superar el terror de la soledad sin sacrificar la integridad de nuestro propio yo y ser verdaderamente libres. La incapacidad para obrar con espontaneidad, para expresar lo que verdaderamente uno siente y piensa, y la necesidad consecuente de mostrar a los otros y a uno mismo la máscara de un pseudoyo, constituyen la raíz de los sentimientos de inferioridad y debilidad.
























Sólo una apreciación… La palabra “espontaneidad” se entiende de diversas maneras. Una de ellas es reaccionar impulsivamente (en lo que entendemos en la calle, no estoy consultando ningún diccionario) ante algo. En esta forma de actuar -más bien de reaccionar- no sólo no actuamos libremente, sino que somos totalmente esclavos de nuestras tensiones y creencias adquiridas
Ese es todo un tema, caer en cuenta de lo poquito “originales” que somos sobre toda nuestra visión de lo que nos gusta, nuestras ideas, nuestras creencias… Lo curioso es que si el mundo sigue desestructurándose y acelerándose con la velocidad que lo está haciendo, esta misma dinámica nos va haciendo ver lo falsas e ingenuas que son, ya que ya no sirven para interpretar y dar respuesta a lo que está ocurriendo, y a lo que nos está ocurriendo… El lado positivo es que esto nos hace volcarnos a las profundidades de nuestro ser (si antes no nos rompemos psicológicamente, véase el aumento de depresiones, trastornos psicológicos y suicidios)
Sigo leyendo todo tu blog y está muy interesante
Un saludo
Saeta,
Tenés toda la razón respecto de lo que comentás. En el post me referí a la espontaneidad en un sentido positivo, responsable y consciente, no a la actitud del que deja brotar lo instintivo en el sentido de lo brutal y banal. Espero que la aclaración sirva.
Cyber-saludos desde el otro lado.
Andres
Siempre me ha gustado la espontaneidad en mí y en los otros, la espontaneidad es frescura, alegría, naturalidad. Por esto me encanta ver a los niños, cuando aún son espontaneos. Y me gusta verlo en mí, cuando esto ocurre pero no ocurre lo suficiente. Por ejemplo: soy espontanea con un amigo en especial, y me doy cuenta que entonces me siento alegre, más firme, mas yo. La espontaneidad es el yo reluciente, casi limpido, que sale a la superficie y se libera. Yo diría que lo opuesto a la espontaneidad es la mediocridad. Y por desgracia estamos rodeados de mediocres. Y a mi, los mediocres me dan miedo…
Cuando soy espontanea soy de nuevo esta niña que no tenía miedo de nada, valiente, atrevida, fuerte.
Muy interesante tus temas. Es un placer leerte.
la espontanied se pierde conforme adquirimos miedo a la sociedad
La espontaneidad! Organización psiquica más elemental (Wincicott) La espontaneidad da a conocer lo “oculto” del ser.
que bobada