¿Alimentamos a las personas o al consumismo de los combustibles?

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Crecen las filas de las personalidades y especialistas que cuestionan el uso de alimentos como combustibles. Investigaciones y análisis realizados por ecologistas y sociólogos exponen que la industria de los biocombustibles a gran escala será desastrosa para los agricultores, el medio ambiente, la preservación de la biodiversidad y los consumidores con menos recursos.

La conversión de cereales en combustibles: bioetanol y biodiésel, desplazará a miles de agricultores; disminuirá la seguridad alimenticia de muchos países, al contar con menos reserva de alimentos; acelerará la deforestación, por la tala de bosques; e incrementará la erosión de los suelos.

Tal y como pronostican los expertos, y ya va siendo realidad, la creciente demanda por el bioetanol derivado del maíz y el biodiesel del aceite de soja harán subir los precios de los granos y otros alimentos, como el trigo y el arroz, y ejercerán presiones al alza de los precios de la carne, la leche, y las aves de corral, al aumentar los costos de la cría de animales cuya dieta incluyen esos alimentos.

El incremento de la demanda de un combustible sustituto para los automóviles determinará, si no se utilizan otras alternativas, una mayor conversión de alimentos, como los cereales, en biocombustibles. Y lo que antes iba a parar a los estómagos de personas, entonces llenará los tanques de los vehículos de los más pudientes. Se trata de una amenaza de hambruna real para los más pobres, sin dudas un hecho grave, criterio que poco a poco van asumiendo otras personalidades, como el relator especial de las Naciones Unidas para la Alimentación, Jean Ziegler, quien advirtió, recientemente, que producir etanol a partir de alimentos, condenaría a la muerte por hambre a cientos de miles de personas en el planeta.

Claro está, alguien tiene que beneficiarse. Con estos aumentos en los precios de los productos agrícolas que, contrario a lo que sucede en los países en desarrollo, poco pesan en la canasta de consumo de los países más desarrollados, la masa se subsidios a la agricultura que el gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica paga a sus agricultures se verá reducida y, por lo tanto, verá menguado su déficit fiscal, a la vez que, so pretexto de haber reducido sus subsidios agrícola, presionará a los países más pobres a liberalizar más aún sus economías, exponiéndolos a una mayor fragilidad.

Hay que parar la maquinaria de la irracionalidad

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Consumo, ego e identificación

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La compulsión inconsciente de promover nuestra identidad a través de la asociación con un objeto es parte integral de la estructura misma de la mente egotista. Una de las estructuras mentales básicas a través de la cual entra en existencia el ego es la identificación. El vocablo “identificación” viene del latín “ídem” que significa “igual” y “facere” que significa “hacer“. Así, cuando nos identificamos con algo, lo “hacemos igual“. ¿Igual a qué? Igual al yo. Dotamos a ese algo de un sentido de ser, de tal manera que se convierte en parte de nuestra “identidad“. Uno de los niveles más básicos de iden­tificación está en las cosas: el juguete por el que llora un niño se convierte después en el automóvil, la casa, la ropa, etcétera. Tratamos de hallarnos en las cosas pero nunca lo logramos del todo y, en ese proceso, terminamos perdiéndo­nos en ellas. Tal es el destino del ego.

Quienes trabajan en la industria de la publicidad saben muy bien que para vender cosas que las personas realmente no necesitan deben convencerlas de que esas cosas aportarán algo a la forma como se ven a sí mismas o como las perciben los demás, en otras palabras, que agregarán a su sentido del ser. Lo hacen, por ejemplo, afirmando que podremos sobresalir entre la multitud utilizando el producto en cuestión y, por ende, que estaremos más completos. O crean la asociación mental entre el producto y un personaje famoso o una persona joven, atractiva o aparentemente feliz. El supuesto tácito es que al comprar el producto llegamos, gracias a un acto mágico de apropiación (digo yo, de identificación), a ser como ellos o, más bien, como su imagen superficial. En consecuencia, en muchos casos no compramos un producto sino un “refuerzo para nuestra identidad“.

Las etiquetas de los diseñadores son principalmente identidades colectivas a las cuales nos afiliamos. Nos las imponen costosas y, por tanto, “exclusivas“. Si estuvieran al alcance de todo el mundo, perderían su valor psico­lógico y nos quedaríamos solamente con su valor material, el cual seguramente equivale a una fracción del precio pagado.

Las cosas con las cuales nos identificamos varían de una per­sona a otra de acuerdo con la edad, el género, los ingresos, la clase social, la moda, la cultura, etc. Aquello con lo cual nos iden­tificamos yace en lo superficial de nuestra conciencia, sin embargo, la com­pulsión inconsciente por identificarse es de índole estructural. Esta es una de las formas más elementales como opera la mente egotista.

Paradójicamente, lo que sostiene a la llamada sociedad de consumo es el hecho mismo de que el intento por reconocernos en las cosas no funciona: la satisfacción del ego dura poco y en­tonces continuamos con la búsqueda y seguimos comprando y consumiendo en una voraz espiral cuyo límite es la insatisfacción, la asidia y la infelicidad.

Claro está que en esta dimensión física en la cual habita nuestro ser superficial, las cosas son necesarias y son parte inevitable de la vida. Necesitamos vivienda, ropa, muebles, herramientas, transporte. Quizás haya también cosas que valoramos por su belleza o sus cualidades inherentes, cosas que nos conmueven. Debemos honrar el mundo de las cosas en lugar de despreciarlo. Pero no podemos honrar realmente las cosas si las utilizamos para fortalecer nuestro ego, es decir, si tratamos de encontrarnos a través de ellas. La iden­tificación del ego con las cosas da lugar al apego y la obsesión, los cuales crean a su vez la sociedad de consumo y las estructuras económicas donde la única medida de progreso es tener siempre más.

El deseo incontrolado de tener más, de crecer incesantemente, es una enfermedad. Es la misma disfunción que manifiestan las células cancerosas cuya única finalidad es multiplicarse sin darse cuenta de que están provocando su propia destrucción al destruir al organismo del cual forman parte.

Muchas personas agotan buena parte de su vida en la preocu­pación obsesiva por las cosas. Es por eso que uno de los males de nuestros tiempos es la proliferación de los objetos. Cuando perdemos la capacidad de sentir esa vida que somos, lo más probable es que tratemos de llenar la vida con cosas.

Vale la pena investigar nuestra relación con el mundo de las cosas observándonos a si mismo y, en particular, observando las cosas designadas con la palabra “mi“. Debemos mantenernos alerta y ver honestamente si nuestro sentido de valía está ligado a nuestras posesio­nes. ¿Hay cosas que inducen una sensación sutil de importancia o superioridad? ¿Acaso la falta de esas cosas nos hace sentir inferiores a otras personas que poseen más que nosotros? ¿Mencionamos casualmente las cosas que poseemos o hacemos alarde de ellas para aparecer superiores a los ojos de los demás y, a través de ellas, a nuestro pro­pios ojos? ¿Sentimo ira o resentimiento cuando alguien tiene más que nosotros o cuando perdemos un bien preciado?

Esa sensación de orgullo, la necesidad de sobresalir, el aparente fortalecimiento en virtud del “más” y la mengua en virtud del “menos” no es algo bueno ni malo: es el ego en plena manifestación. El ego no es malo, sencillamente es inconsciente. No conviene tomar al ego muy en serio. Es preciso darnos cuenta que el ego no es personal, no es lo que somos.

¿Qué significa realmente ser “dueños” de algo? ¿Qué significa el que algo sea “mío”?.
Son muchas las personas que es apenas en su lecho de muerte, cuando todo lo externo se desvanece, cuando se dan cuenta de que ninguna cosa tuvo nunca que ver con lo que son. Ante la cercanía de la muerte, esa consejera de la vida, todo el concepto de la propie­dad se manifiesta totalmente carente de significado. En los últi­mos momentos de la vida muchos se dan cuenta de que mientras pasaron toda la vida buscando un sentido más completo del ser, lo que buscaban realmente, el Ser, siempre había estado allí pero parcialmente oculto por la identificación con las cosas, es decir, la identificación con la mente sustraida al ego.

Para el ego, tener es lo mismo que Ser: tengo, luego existo. Y mientras más tengo, más soy. El ego vive a través de la com­paración. La forma como otros nos ven termina siendo la forma como nos vemos a nosotros mismos. La forma como otros nos ven se convierte en el espejo que nos dice cómo y quiénes somos. Necesitamos de los demás para conseguir la sensación de ser, y si vivimos en una cultura en donde el valor de la persona es igual en gran medida a lo que se tiene, y si no podemos reconocer la falacia de ese engaño colectivo, terminamos condenados a perseguir las cosas durante el resto de nuestra existencia con la vana esperanza de encontrar nuestro valor y nuestra falsa realización.

¿Cómo desprendernos del apego a las cosas? Ni siquiera hay que intentarlo. Es imposible. El apego a las cosas se desvanece por sí solo cuando renunciamos a identificarnos con ellas. Lo importante es tomar conciencia del apego a las cosas. Algunas veces quizás no sepamos que estamos apegados a algo, es decir identificados con algo, sino hasta que lo perdemos o sentimos la amenaza de la pérdida. Si entonces nos desesperamos y sentimos ansiedad, es porque hay apego. Si reconocemos estar identificados con algo, la identificación deja inmediatamente de ser total. Si uno es capaz de decirse: “Soy la conciencia que está consciente de que hay apego“, es ahí cuando comien­za la transformación de la conciencia.

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La disfuncionalidad del ser humano

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Si entendemos de manera profunda las principales corrientes filosóficas, las religiones y las tradiciones espirituales de antigüedad, encontraremos que debajo de las diferencias aparentes hay dos principios fundamentales en los cuales convergen prácticamente todas. Si bien las palabras utilizadas para expresar esos principios son diferentes, todas apuntan hacia una doble verdad fundamental.

El primer principio

La primera parte de esa verdad es el reconocimiento de que el estado mental “normal” de la mayoría de los seres humanos contiene un elemento fuerte de disfuncionalidad o locura. Maya para los hindúes, dukkha para los budista, el estado colectivo de la humanidad del “pecado original” para los cristianos.

Toda la historia de la humanidad ha estado colmada de guerras crueles y destructivas, motivadas por el miedo, la codicia y las ansias de poder, además de los episodios ignominiosos como la esclavitud, la tortura y la violencia generalizada motivada por razones religiosas e ideológicas. Durante el siglo pasado, la inteligencia de la mente humana se vuelca, en una interminable borágine, a la producción de armas de destrucción sin antes precedentes: los tanques, las bombas, las ametralladoras, los submarinos, los lanzallamas, los aviones, los portaviones, los destructores, los bombarderos continentales, los gases tóxicos, las armas químicas, los agentes de destrucción biológica, las bombas atómicas, las ojivas nucleares, un inventario horroso que no tiene fin.

  • ¡La inteligencia al servicio de la locura!.


Nunca antes como en el siglo pasado, tanta gente había sido mutilada, vejada, torturada, asesinada en un sinnúmero de guerras, matanzas, holocaustos, genocidios, exterminios masivos. Nunca antes habían sido tan destructivos, tan dolorosamente palpables, los efectos de la locura humana institucionalizada.

El número de personas muertas violentamente a manos de sus congéneres se elevaría, durante el siglo veinte, en varios cientos de millones, sino en miles…. Basta con ver las noticias de todos los días en la televisión para reconocer que la locura no solamente no ha menguado sino que todavía continúa hoy, en el siglo veintiuno.

Otro aspecto de la disfunción colectiva de la mente humana es la violencia sin precedentes desatada contra otras formas de vida y contra el planeta mismo: la destrucción de los bosques productores de oxígeno y de otras formas de vida vegetal y animal, el tratamiento cruel de los animales en las granjas mecanizadas y la contaminación de los ríos, los océanos y el aire. Empujados por la codicia e ignorantes de su conexión con el todo, los seres humanos insisten en un comportamiento que, de continuar desbocado, provocará nuestra propia destrucción.

Las manifestaciones colectivas de la locura asentada en el corazón de la condición humana constituyen la mayor parte de la historia de la humanidad. Es, en gran medida, una historia de demencia. Si la historia de la humanidad fuera la historia clínica de un solo ser humano, el diagnóstico sería el siguiente:

  • Desórdenes crónicos de tipo paranoide, propensión patológica a cometer asesinato y actos de violencia y crueldad extremas contra sus supuestos “enemigos”, su propia inconciencia proyectada hacia el exterior; demencia criminal, con unos pocos intervalos de lucidez.


El miedo, la codicia y el deseo de poder son las fuerzas psicológicas que no solamente inducen a la guerra y la violencia entre las naciones, las tribus, las religiones y las ideologías, sino que también son la causa del conflicto incesante en las relaciones personales. Hacen que tengamos una percepción distorsionada de nosotros mismos y de los demás. A través de ellas interpretamos equivocadamente todas las situaciones, llegando a actuaciones descarriadas encaminadas a eliminar el miedo y satisfacer la necesidad de tener más: ese abismo sin fondo que no se llena nunca.

Son varias las enseñanzas espirituales que nos aconsejan deshacernos del miedo y del deseo, pero esas prácticas espirituales por lo general no surten efecto porque no atacan la raíz de la disfunción. Si bien el anhelo de mejorar y de ser buenos es un propósito elevado y encomiable, es un empeño condenado al fracaso a menos de que haya un cambio de conciencia. No podemos llegar a ser buenos esforzándonos por serlo sino encontrando la bondad que mora en nosotros para dejarla salir. Pero ella podrá aflorar únicamente si se produce un cambio fundamental en el estado de conciencia.

La historia del comunismo soviético, inspirado originalmente en altos ideales nobles, ilustra claramente lo que sucede cuando las personas tratan de cambiar la realidad externa, de crear una nueva tierra, sin un cambio previo de su realidad interior, de su estado de conciencia. Hacen planes sin tomar en cuenta la impronta de disfunción que todos los seres humanos llevamos dentro: el ego.

El segundo principio

En la mayoría de las tradiciones religiosas y espirituales antiguas existe la noción común de que el estado “normal” de nuestra mente está marcado por un defecto fundamental. Sin embargo, de esta noción sobre la naturaleza de la condición humana (las malas noticias) se deriva una segunda noción: La buena nueva de una posible transformación radical de la conciencia humana. En las enseñanzas del hinduismo y budismo, esa transformación se conoce como iluminación. En las enseñanzas de Jesús, es la salvación. Otros términos empleados para describir esta transformación son los de liberación y despertar. La psicología positiva ha comenzado en los últimos años a estudiar este proceso.

El logro más grande de la humanidad no está en sus obras de arte, ciencia o tecnología, sino en reconocer su propia disfunción, su propia enajenación. Algunos individuos del pasado remoto tuvieron ese reconocimiento. Un hombre llamado Gautama Siddhartha, el Buda, el iluminado, quien vivió en la India hace 2.600 años, fue quizás el primero en verlo con toda claridad. En la misma época vivió en China otro de los maestros iluminados de la humanidad. Su nombre era Lao Tse. Dejó el legado de sus enseñanzas en el Tao Te Ching, uno de los libros espirituales más profundos que haya sido escrito.

Reconocer la locura es, por supuesto, el comienzo de la sanación y la trascendencia. Esos y otros maestros les hablaron a sus contemporáneos. Les hablaron del pecado, el sufrimiento o el desvarío. Les dijeron, “Examinen la manera cómo viven. Vean lo que están haciendo, el sufrimiento que están creando“, “conózcanse a sí mismos“. Después les hablaron de la posibilidad de despertar de la pesadilla colectiva de la existencia humana “normal”. Mostraron un camino.

Aunque sus enseñanzas eran a la vez sencillas y poderosas, terminaron distorsionadas y malinterpretadas. Con el correr de los siglos se añadieron muchas cosas que no tenían nada que ver con esas enseñanzas originales. Algunos de esos maestros fueron objeto de burlas, escarnio y hasta del martirio. Otros fueron endiosados. Las enseñanzas que señalaban un camino que estaba más allá de la disfunción de la mente humana, el camino para desprenderse de la locura colectiva, se distorsionaron hasta convertirse ellas mismas en parte de esa locura.

Fue así como las religiones se convirtieron en gran medida en un factor de división en lugar de unión. En lugar de poner fin a la violencia y el odio a través de la realización de la unicidad fundamental de todas las formas de vida, desataron más odio y violencia, más divisiones entre las personas y también al interior de ellas mismas. Se convirtieron en ideologías y credos con los cuales se pudieran identificar las personas y que pudieran usar para amplificar su falsa sensación de ser. A través de ellos podían “tener la razón” y juzgar “equivocados” a los demás y así definir su identidad por oposición a sus enemigos, esos “otros“, los “no creyentes“, cuya muerte no pocas veces consideraron justificada. El hombre hizo a “Dios” a su imagen y semejanza. Lo eterno, lo infinito y lo innombrable se redujo a un ídolo mental al cual había que venerar y en el cual había que creer como “mi dios” o “nuestro dios“.

Y aún así… a pesar de todos los actos de locura cometidos en nombre de la religión, la Verdad hacia la cual esos actos apuntan, continúa brillando en el fondo, pero su resplandor se proyecta tenuemente a través de todas esas capas de distorsiones e interpretaciones erradas. Sin embargo, es poco probable que podamos percibirlo a menos de que hayamos podido aunque sea vislumbrar esa Verdad en nuestro interior. A lo largo de la historia han existido seres que han experimentado el cambio de conciencia y han reconocido en su interior Aquello hacia lo cual apuntan todas las religiones. Para describir esa Verdad no conceptual recurrieron al marco conceptual de sus propias religiones. El gnosticismo y el misticismo cristiano, el zen, el tantra y el dzogchen en el budismo, el sufismo en el Islam, el jasidismo y la cábala en el judaismo, el vedanta en el hinduismo, entre tantos otros. Estas escuelas eliminaron una a una todas las capas sofocantes de la conceptualización y las estructuras de los credos mentales, razón por la cual la mayoría fueron objeto de suspicacia y hasta de hostilidad de parte de las jerarquías religiosas establecidas.

A diferencia de las religiones principales, sus enseñanzas hacían énfasis en la realización y la transformación interior. Fue a través de esas escuelas o movimientos esotéricos que las religiones recuperaron el poder transformador de las enseñanzas originales, aunque en la mayoría de los casos solamente una minoría de personas tuvieron acceso a ellas.

Muchas personas ya han tomado conciencia de la diferencia entre la espiritualidad y la religión. Reconocen que el hecho de tener un credo (una serie de creencias consideradas como la verdad absoluta) no las hace espirituales, independientemente de cuál sea la naturaleza de esas creencias. En efecto, mientras más se asocia la identidad con los pensamientos (las creencias), más crece la separación con respecto a la dimensión espiritual interior. Muchas personas “religiosas” se encuentran estancadas en ese nivel. Equiparan la verdad con el pensamiento y, puesto que están completamente identificadas con el pensamiento (su mente), se consideran las únicas poseedoras de la verdad, en un intento inconsciente por proteger su identidad. No se dan cuenta de las limitaciones del pensamiento. A menos de que los demás crean (piensen) lo mismo que ellas, a sus ojos, estarán equivocados; y en un pasado no muy remoto, habrían considerado justo eliminar a esos otros por esa razón. Hay quienes todavía piensan así en la actualidad.

La nueva espiritualidad, la transformación de la conciencia, comienza a surgir en gran medida por fuera de las estructuras de las religiones institucionalizadas. Siempre hubo reductos de espiritualidad hasta en las religiones dominadas por la mente, aunque las jerarquías institucionalizadas se sintieran amenazadas por ellos y muchas veces trataran de suprimirlos. La apertura a gran escala de la espiritualidad por fuera de las estructuras religiosas es un acontecimiento completamente nuevo.

En la actualidad estamos presenciando un surgimiento sin precedentes de la conciencia, pero también el atrincheramiento y la intensificación del ego. Algunas iglesias, sectas, cultos o movimientos religiosos son básicamente entidades egotistas colectivas identificadas tan rígidamente con sus posiciones mentales como los seguidores de cualquier ideología política cerrada ante cualquier otra interpretación diferente de la realidad. Pero el ego está destinado a disolverse, y todas sus estructuras osificadas, ya sea de las religiones o de otras instituciones, corporaciones o gobiernos, se desintegrarán desde adentro, por afianzadas que parezcan. Las estructuras más rígidas, las más refractarias al cambio, serán las primeras en caer.

El desafío de la humanidad en este momento es el de reaccionar ante una crisis radical que amenaza nuestra propia supervivencia. La disfunción de la mente humana egotista, reconocida desde hace más de 2.500 años por los maestros sabios de la antigüedad y amplificada en la actualidad a través de la ciencia y la tecnología, amenaza por primera vez la supervivencia del planeta. Hasta hace muy poco, la transformación de la conciencia humana (señalada también por los antiguos sabios) era tan sólo una posibilidad a la cual tenían acceso apenas unos cuantos individuos aquí y allá, independientemente de su trasfondo cultural o religioso. No hubo un florecimiento generalizado de la conciencia humana porque sencillamente no era todavía una necesidad apremiante. Un porcentaje todavía relativamente pequeño pero cada vez más grande de personas ya está experimentando en su interior el colapso de los viejos patrones egotistas de la mente y el despertar de una nueva dimensión de la conciencia.

Fuente: Post-producción a partir de fragmentos del libro: Una nueva tierra, de Eckhart Tolle.

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