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El emergentismo, entre la ciencia humanista y lo que intuyo como espiritualidad

Martes 8 julio, 2008


A lo largo de los siglos XIX y XX y durante el desarrollo pleno de la modernidad, se fue imponiendo la teoría de la evolución construida sobre las ideas de Charles Darwin y Alfred Wallace. El descubrimiento del ADN desde los años cincuenta (Francis Crick, James Watson y Maurice Wilkins) dio paso a la síntesis neodarwiniana en que los cambios y adaptaciones ventajosas se interpretan desde una clave bioquímica donde la dinámica de las cruzas y las mutaciones, da lugar al (no-)orden viviente complejo.

El emergentismo de los sistemas complejos hoy tan en voga no se encuentra para nada en contradicción con el enfoque darwinista, ni puede considerarse un argumento a favor del creacionismo o del diseño inteligente, sino que, más bien conduce a una versión renovada del darwinismo, a la que probablemente no fueron ajenas las mismas intuiciones del propio Darwin. Lo notable es que esta suerte de darwinismo emergentista se reconcilia mucho más con el humanismo de nuestra experiencia ordinaria al no equipararnos a la dinámica predeterminada de un mundo-máquina reduccionista.

Al momento de su origen, la concepción reduccionista intentó ser aplicada a la biología con el objetivo de explicar la vida bajo el total amparo de la ciencia objetiva, procurando dar una visión consistente, dentro la imágen unitaria del universo que provenía de los paradigmas imperantes originados en la física newtoniana y que llevaban la delantera de varios siglos en su matematización cuantitativa. Los fenómenos biológicos debían explicarse, pues, por causas de naturaleza físico-química, dadas en el marco de las interacciones causales propias de las ciencias físicas determinísticas.

El término “reduccionismo” nació con un sentido en parte peyorativo, ya que servía para valorar que la pretensión explicativa de la vida desde la física suponía “reducir” o sub-ordinar la biología a la física y la química, sin entender el carácter propio que debía tener la epistemología biológica. Este enfoque insuficiente para explicar la vida era “reduccionista” porque reducía los fenómenos vitales superiores al orden inorgánico inferior de naturaleza física, derivando a una explicación determinista y, en el fondo mecánica, de los seres vivos.

Este reduccionismo clásico recibió dos apoyos de gran importancia. Primero el desarrollo de la bioquímica de los ácidos nucleicos (el ADN) que ha permitido entender que la vida se construye desde un mecanicismo estricto (herencia y embriogénesis). Segundo los formalismos computacionales que han conducido a las teorías computacionales de la vida: la complejidad observacional de ésta (muy difícil de explicar hasta ahora por el mecanicismo clásico del XIX) derivaría de que la evolución habría diseñado los seres vivos como computadoras “biológicas”.

El reduccionismo sigue siendo hoy la posición teórico-epistemológica de una gran parte de la biología. La idea pura y dura del “hombre máquina” sigue estando hoy vigente para muchos investigadores. El mecanicismo se ha convertido ahora en la metáfora de la computación fuerte, y parece más fácil explicar la complejidad mecánica de las respuestas humanas desde el modelo de la complejidad de las respuestas de los sistemas computacionales.

El mundo interior del hombre, su conciencia y la actividad psíquica (conocer, sentir, percibir, emocionarse, pensar, …), para el reduccionismo, es un epifenómeno, esto es, un fenómeno que está ahí pero que no juega ningún rol relevante en producir la conducta, sin capacidad causal descendente que controle la clausura total de las cadenas de interacción de índole física.

Sin embargo, hoy en día el emergentismo como vía alternativa de comprensión renueva el debate y
Matt Donnelly afirma que la visión emergentista había sido ya formulada ya por el mismo Darwin en El Origen de las Especies, al decir que “desde lo más simple un conjunto de formas sin fin, las más hermosas y maravillosas, han surgido y están en surgimiento (evolved)”. Nadie parece hoy dudar de que la historia natural muestra fenómenos incuestionales de emergencia (el mismo hombre es un ejemplo notable). Por ello, según la opinión del antropólogo Terrence Deacon, de la Universidad de California en Berkeley, entender los fenómenos de emergencia es para la ciencia una vía no sólo para explicarlos en su individualidad, sino para entender también a través de ellos las claves que explican en general el proceso evolutivo.

Según la exposición de la filósofa Nancey Murphy, en los años veinte había una controversia con tres alternativas: (i) el reduccionismo, (ii) el vitalismo (que hablaba de entelequias o principios vitales o cuasi-formas aristotélicas y el emergentismo) y (iii) el emergentismo.

Pero, de qué se trata el emergentismo. Su lema científico esencial consiste en decir que el conjunto es siempre más que la suma de las partes. Así, la materia, al unirse de acuerdo con las leyes de la física da lugar a “sistemas” cuyas propiedades son nuevas y no se reducen a ninguna de las propiedades de las partes integrantes aisladas. Las propiedades emergentes se gestan por una organización sistémica de orden superior al que poseen sus elementos constitutivos.

Por muchos , Darwin es considerado por muchos como el primer emergentista. George Henry Lewes seguiría sus pasos en la formulación del emergentismo anglosajón. Hans Driesch en Alemania y Henri Bergson en Francia hicieron propuestas orientadas hacia el vitalismo al comenzar el siglo XX. Por ese entonces, en los años veinte, se produce un renacer del emergentismo con Samuel Alexander, C. D. Broad y Stephen Pepper . Desde los años treinta hasta los sesenta se produjo una atención preferente al reduccionismo, en parte producida por el conductismo y las teorías computacionales aplicadas en ciencias humanas (con los aportes de Herbert Simon y Marvin Minsky por ejemplo).

A lo largo de los sesenta y en los setenta aparecieron nuevos autores que contribuyeron al avance conceptual del emergentismo. Recordemos a Ernest Nagel y Philip Warren Anderson. Ya en los ochenta y noventa aparecen nuevos emergentistas como Michael Silverstein, Terrence Deacon, Philip Clayton y otros. En 1992 comienzan las importantes aportaciones de Stuart Kauffman en el estudio de las leyes de la autoorganización a partir de la simulación computacional con redes booleanas aleatorias, Per Bak al estudiar los sistemas auto-organizados críticamente, John Holland al plantear los órden ocultos de tras de los sistemas auto-organizados, etc. Estas investigaciones aparentan apoyar al reduccionismo, pero hoy se considera que son armonizables con las posiciones del emergentismo sistémico.

El estado actual de las aportaciones puede seguirse por el libro de Philip Clayton y Paul Davies The Re-emergence of Emergente (2006).

David J. Chalmers ha propuesto dintinguir dos formas de emergentismo, el débil y el fuerte. La débil responde al reduccionismo clásico: es la misma evolución mecánica de los sistemas físicos la que hace emerger propiedades nuevas y sorprendentes, pero se trata sólo de nuevos estados y estructuras físicas. No emerge algo nuevo, sino una mayor complejidad de lo físico. En este emeregentismo cree Daniel C. Dennett y lo llama “emergencia inocente”.

Paul Davies es uno de los representantes de la emergencia fuerte. Para esta la continuidad evolutiva de la física hace “emerger” propiedades nuevas no reducibles a las anteriores y que, además, tienen efectos sobre los mismos sistemas físicos que las han producido. Davies ha propuesto incluso que la ciencia debe diseñar experimentos para comprobar la emergencia en sentido fuerte. Esta debiera dejar de ser algo filosófico y pasar a ser algo constatado por las evidencias científicas.

Que las nuevas propiedades reales de los sistemas surjan en la evolución por “emergencia sistémica” es una hipótesis explicativa. Ahora bien, si emergencia supone la continuidad del proceso evolutivo, la ciencia debe mostrar que el soporte físico que constituye el universo pueda llegar a producir las propiedades emergentes. Según Philip Clayton, el emergentismo no tiene, evidentemente, ningún “valor probatorio” en relación a la cosmovisión teista religiosa. No obstante ello, entiende que frente al reduccionismo, la hoy crecientemente extendida teoría emergentista representa un punto de vista que contribuye a hacer más verosímil la idea un proceso re-creador, en oposición al reduccionismo clásico que reducía al hombre a una dimensión mecánica, incompatible con el humanismo de la libertad y de la responsabilidad.

Alguna opinión personal

En mi opinión, este universo es de una coherencia asombrosa desde donde “emergen” olas de holoarquías sucesivas. Expliquemos un poco. El concepto de jerarquía fue introducido en la edad media para referirse a los órdenes celestiales. Estos órdenes representaban grados crecientes de conocimiento, virtud e iluminación. De hecho, la misma palabra proviene de “hieros” significa sagrado y “archo” significa autoridad. Cada rango jerárquico era considerado más incluyente y abarcativo. Evoquemos, por ejemplo, la Divina Comedia del Dante. En este sentido, la jerarquía se entendía como el gobierno de lo sagrado; nada que ver con la degradación que el término sufrió al ser extrapolado al (no-)orden político subsecuente.

Tanto la teoría evolutiva como la teoría de los sistemas utilizan el termino jerarquía en tanto escala de órdenes de sucesos de acuerdo a su capacidad holística, es decir, lo que es totalidad en un estadio pasa a ser parte en el estadio siguiente. Una letra es parte de una palabra, que es parte de una frase, que es parte de un párrafo, que es parte de una teoría filosófica, que es parte de un paradigma epocal, etc. Tal como lo comentá mi amigo Nicolas Novoa, fue Arthur Koestler quien acuñó el término “holón” para referirse a lo que siendo totalidad en un contexto es simultáneamente parte en otro contexto. Luego, Ken Wilber , un encumbrado “todólogo” consideró, en su libro Sexo, ecología y espiritualidad (1996), que una jerarquía normal es un orden de holones crecientes que representan un aumento de totalidad y capacidad integradora. Así, todas las jerarquías se compondría de holones, de ahí que sugirió el térmion “holoarquía” como la palabra apropiada.

Por eso, en mi visión de las cosas, en este nuestro universo/mundo es que todo lo que ocurre en un lugar puede suceder en otros lugares, todo lo que sucedió alguna vez, puede suceder también después ya que todo estaría finamente conectado. No hay nada que sea «local», limitado a cuando y donde sucede. Todas las cosas serían globales, ya que la memoria de todas las cosas tiende a extenderse hacia otros sitios y otros tiempos. Así, el universo no sería un lugar y un tiempo de cosas y sucesos separados, de espectadores externos de un espectáculo impersonal y objetivo. No es ni siquiera materialista. La materia, es decir, la clase de «relleno» del que están hechas las partículas que se unen en núcleos que se unen en átomos que se unen en moléculas que se unen en células que se unen en tejidos que se unen en organismos que se unen en ecosistemas que se unen en mundos, ni siquiera toda esa materialidad es una realidad objetiva, en el sentido de definida.

Todo es energía, o ¿no era cierto que E=mc2?, esto es: energía vital, potencialidad acción para Ser, funciones de ondas de funciones de ondas multi-superpuestas en multiples holones. El que no crea esta afirmación, que estudie un poco de la mecánica cuántica y, aunque sea, tenga la amplitud de criterio como para extrapolar alguna metáfora. Entonces, la creencia de que cuando sepamos cómo se comporta la materia lo sabremos todo, es una pretensión colosal; fue la pretensión exuberante del reduccionismo ya que desde esta perspectiva nunca será posible responder a la pregunta de ¿cómo algo tan inmaterial como la conciencia puede surgir de algo tan inconciente como la materia? En mi opinión, de algún modo y en una cierta medida, toda la materia tiene una potencialidad consciente y no se puede afirmar, por otro lado, que la conciencia sea categóricamente inmaterial. En ese caso, no existe una división categórica dualista entre la materia y la mente sino que se vinculan a través del emergentismo. La materia (potencial consciente) es un nivel inferior de organización (las neuronas en el cerebro) de donde emerge materia consciente con un nivel mayor de organización (el cerebro como un todo).

Por eso, la perspectiva reduccionista del mundo está hoy siendo superada; más bien, trascendida. ¡Hay más cosas en el universo en las que los científicos clásicos nunca habían pensado! Y muchas de las cosas que hay en este mundo son más increíbles que las que los escritores de ciencia ficción han podido imaginar nunca. Aunque no seamos capaces de percibirlo, estoy convencido de que todo lo que sucede en el universo afecta, aunque sea de manera sutil, a todo lo demás. Todo interactúa con los campos físicos de las 4 interacciones elementales hasta el nivel de la química y más; los campos biológicos que se organizan en nichos y ecosistemas; los campos mentales, sociales y culturales que dan lugar a las sociedades; los campos de la comunicación interconectada que están dando lugar a una inteligencia planetaria. Todo se organiza en múltiples y complejos órdenes emergentes: el orden de la complejidad.

Y como predico que: todo está conectado con todo, se nos presenta una disyuntiva: (i) elegir la ceguera egotista validada por el individualismo, sublimación del reduccionismo o (ii) abrirnos con alteridad al encuentro con la otredad (pertenezca esta al mundo natural, social o mental). Esta es la posibilidad que tenemos como especie conciente, posibilidad esta que interpreto desde nuestra micro-escala humana de acción individual, como el resultado más acabado del humanismo librepensador.


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