Tal como lo expresa Henri Bergson, la percepción son los sentidos menos algo: menos aquello que no nos interesa. La percepción es siempre la sensación filtrada por la memoria. “La sensación es esencialmente actualidad y presente; pero el recuerdo, que la sugiere desde el fondo del inconsciente de donde emerge a duras penas, se presenta con ese poder sui generis, de sugestión que es la marca de lo que no es, de lo que todavía querría ser… El recuerdo aparece en todo momento haciendo de doble de la percepción, naciendo con ella, desarrollándose al mismo tiempo y sobreviviéndola porque es de naturaleza distinta a ella” (Bergson, “Materia y Vida”, Ed. Atalaya, página 51).
Mi interpretación de esta idea me hace suponer que la función del cerebro, el sistema nervioso y los órganos sensoriales sería principalmente eliminativa, no productiva; reductora, no amplificadora. Pensar es categorizar, lo que supone olvidar el todo para recordar el símbolo, diría un observador de Funes en el pensar de Borges.
Cada persona, en cada momento, sería capaz de recordar cuanto le ha sucedido y de percibir cuanto está sucediendo en forma intacta. Sin embargo, la función del cerebro y del sistema nervioso sería protegernos, impedir que quedemos abrumados y confundidos, por la tremenda masa de conocimiento que es en gran parte inútil y sin importancia pero, dejando fuera la mayor parte de lo que de otro modo percibiríamos y admitiendo únicamente la muy reducida y especial selección que tiene probabilidades de sernos prácticamente inútil. De allí, surgiría el “ego”, la sensación de sí mismo.

Conforme a estas ideas, cada uno de nosotros sería potencialmente Inteligencia Libre. Pero, en la medida que somos animales, lo que nos importa es sobrevivir y para que la supervivencia biológica sea posible, esa Inteligencia Libre debería ser regulada mediante la válvula reductora que suponen el cerebro y el sistema nervioso, mediadores del “ego”.
Para formular y expresar el contenido de este reducido conocimiento, el hombre ha inventado esos sistemas de símbolos y Filosofía implícitas que denominamos lenguajes. Cada individuo se convierte, enseguida en el beneficiario y la víctima de la tradición lingüística en la que ha nacido:
- El “beneficiario” puesto que el lenguaje nos procura el acceso a las acumuladas constancias de la experiencia ajena;
- La “víctima” puesto que ello nos confirma la supuesta creencia de que ese reducido conocimiento es el único conocimiento y nos deja hechizado su sentido de la realidad en forma que cada cual se inclina demasiado a tomar sus conceptos por datos y sus palabras por cosas reales.
Este mundo, nuestro mundo, sería el universo del conocimiento reducido, expresado y, por decirlo así, petrificado por el lenguaje. Los diversos otros mundos con los que los seres humanos entran de modo errático en contacto, serían otros tantos elementos de la totalidad del conocimiento pertenecientes a la Inteligencia Libre a la que me referí.
La mayoría de las personas solo llegamos a conocer, la mayor parte del tiempo, lo que pasa por esa estrecha rendija reductora que consagra lo limitadamente percibido como genuinamente real por el lenguaje adquirido.
Sin embargo, ciertas personas parecen nacidas con una especie de abertura adicional que permite trampear a la rendija reductora. Pienso en todo esto pues días atrás vi un documental en el discovery channel y que reproduzco a continuación, sobre los savants. Se trata de personas con serias incapacidades mentales, innatas o adquiridas por enfermedad u accidente pero que acaban desarrollando misteriosamente una increíble habilidad intelectual que sobresale superlativamente.
Parte1: http://www.youtube.com/watch?v=EeeOAadTEZg
Parte2: http://www.youtube.com/watch?v=xcnaaQhOMyk
Parte 3: http://www.youtube.com/watch?v=gsDpaREOn5c
Parte 4: http://www.youtube.com/watch?v=1pIbs4lW6_o
Las habilidades más usuales de los Savant se centran en 4 categorías principales:
- (i) Arte: facilidad innata de tocar instrumentos músicales, pintar y realizar esculturas.
- (ii) Cálculo de fechas: Algunos savant pueden memorizar calendarios enteros, y recordar datos referentes a cada uno de esos días. Hubo un caso en el que unos hermanos gemelos (ambos autistas), eran capaces de calcular fechas 40000 años hacia atrás y hacia delante en el tiempo.
- (iii) Cálculo Matemático: Capacidad para la realización de complejísimos cálculos matemáticos de forma instantánea y con gran precisión, como por ejemplo el cálculo de números primos o el realizar divisiones con 100 decimales.
- (iv) Habilidades Mecánicas y Espaciales: Capacidad para medir distancias exactas sin la ayuda de instrumentos, construcción de detalladas maquetas, memorización de mapas y direcciones, etc.
- (v) Otras habilidades: más inusuales pueden ser la facilidad para el aprendizaje de múltiples idiomas, fuerte agudización de los sentidos, perfecta apreciación del paso del tiempo sin necesidad de relojes, etc…
Casos como el de Kim Peek ,que inspiró el personaje de Dustin Hoffman en la película “Rain Man“, desafían lo imaginable. Él es capaz de leer extraordinariamente rápido, leyendo simultáneamente las dos hojas de un libro con cada uno de sus respectivos ojos. Kim recuerda el 98% de los 12.000 libros que ha leído, lee dos páginas en 8 segundos (usa cada ojo para leer una página distinta) y apenas tarda 1 hora en memorizar un libro, reteniendo de un modo preciso e instantáneo información sobre datos históricos, geografía, literatura o cualquier tema. Kim es además un “gps” humano: Con todos los mapas de EEUU en su cabeza, puede decir exactamente cómo llegar de una ciudad a otra, girando exactamente en tal o cual calle. En definitiva, una enciclopedia humana.
Las personas pueden adquirir transitoriamente un poder de percepción también notable, sea espontáneamente, sea como resultado de deliberados “ejercicios espirituales“, sea por la hipnosis o las drogas psicodélicas o por lo que hoy se empieza a conocer como estimulación magnética transcraneal. Estoy convencido de que en virtud de esa abertura auxiliar permanente o transitoria, se traspasan los límites del espejo, más allá del ego y el lenguaje, y se discurre por una percepción de “cuanto sucede” que no suprime ni excluye el contenido total que se es capaz de captar. ¿Serán los savants una prueba de ello?
Liberada la persona del mundo de los sí mismos, del tiempo, de los juicios morales y las consideraciones utilitarias, de la auto-afirmación de sí mismo, de la presunción, de las palabras excesivamente valoradas y de las nociones adoradas idolátricamente hay un conocimiento que los místicos de todas las tradiciones espirituales han intuido. En la fase final de la desaparición del ego hay un “conocimiento oculto” de que Todo está en todo, de que Todo es realmente cada cosa.
Para decirlo menos poéticamente: la experiencia humana está determinada tanto por la naturaleza de la mente y la estructura de sus sentidos como por los objetos externos cuya presencia la mente revela. Los hombres se creen víctimas de su experiencia porque se separan a “sí mismos” de sus mentes, pensando que la naturaleza del compuesto mente-cuerpo es algo que involuntariamente “ellos” han recibido desde fuera. Nuestro problema surge del hecho de que el poder del pensamiento nos permite construir símbolos de cosas separados de las cosas mismas. Así, podemos hacer un símbolo, una idea de nosotros mismos aparte de nosotros mismos. Como la idea es mucho más comprensible que la realidad, y el símbolo mucho más estable que el hecho, aprendemos a identificarnos con nuestra idea de nosotros mismos. De aquí nace el sentimiento subjetivo de un “yo” que “tiene” una mente, de un sujeto interiormente aislado a quien le ocurren involuntariamente las experiencias. Emerge la rendija reductora simbolizada en eso que llamamos ego.
Sin embargo, ese “yo” no es más que una idea, útil y legítima si se la toma por lo que es, pero desastrosa si se la identifica con nuestra naturaleza real. Cuando ya no nos identificamos con la idea de nosotros mismos, toda la relación entre el sujeto y el objeto, el cognoscente y lo conocido, sufre un cambio repentino y revolucionario. Se convierte en una relación real, una reciprocidad en la que el sujeto crea al objeto tanto como el objeto crea al sujeto. El cognoscente ya no se siente existiendo aparte de la experiencia. La fronteras de hacen porosas haciendo que toda pretensión de
“sacar” algo de la vida, o de la experiencia, se vuelva absurda. Para decirlo de otra manera, resulta claro que en el hecho concreto no tengo otro yo que la totalidad de las cosas de que soy consciente.
La sensación de aislamiento subjetivo se debe también a que no vemos la relatividad de los sucesos voluntarios e involuntarios. Esta relatividad se percibe fácilmente observando el propio aliento, pues con un pequeño cambio del punto de vista es tan fácil sentir que “yo respiro” como que “me respira”. Tenemos la impresión de que nuestros actos son voluntarios cuando vienen después de una decisión, e involuntarios cuando ocurren sin decisión. Pero si la decisión misma fuera voluntaria, cada decisión debería ser precedida de una decisión de decidirse, en una regresión infinita que afortunadamente y gracias a ese filtro reductor que opera en la conciencia, no ocurre. No obstante, somos libres de decidir porque la decisión “ocurre”. Decidimos sin tener la más mínima idea de cómo lo hacemos. En realidad, la decisión no es ni voluntaria ni involuntaria. “Tener la sensación” de esta relatividad es sufrir otra extraordinaria transformación de nuestra experiencia en conjunto, lo cual puede describirse de dos maneras. Tengo la sensación de que estoy decidiendo todo cuanto ocurre, o, por el contrario, siento que todo, inclusive mis decisiones, ocurre espontáneamente.
Parecería, pues, que liberarse de la distinción subjetiva entre “yo” y “mi experiencia”, al comprobar que mi idea de mí mismo no es mí mismo, es descubrir la relación real que existe entre mí mismo y el mundo “exterior”. Sería como descubrir la totalidad en cada parte, el todo en cada esto. El individuo, por una parte, y el mundo, por otra, no son más que los límites o términos abstractos de una realidad concreta que está “entre” ellos, como la moneda concreta está “entre” las abstractas superficies de sus dos lados.

Al identificarse con la idea de sí mismo el hombre adquiere un precario y espacioso sentimiento de permanencia. En efecto, esta idea es algo relativamente fijo; se basa en una serie cuidadosamente elegida de recuerdos de su pasado, recuerdos que han conservado y fijado el carácter. La convención social estimula la fijeza de la idea porque la utilidad misma de los símbolos depende de su estabilidad. Por tanto la convención lo alienta a asociar su idea de sí mismo con papeles simbólicos y estereotipados, igualmente abstractos, puesto que así podrá formarse una idea de sí mismo bien definida e inteligible. Pero en la medida en que se identifica con la idea fija, se da cuenta de que la “vida” es algo que corre a su lado y lo deja atrás, cada vez más rápido a medida que se hace más viejo, a medida que su idea se hace más rígida, más cargada de recuerdos. Mientras más trata de apresar el mundo, más lo siente como un proceso en movimiento.

Basado en textos de Henri Bergson, Materia y Vida, Editorial Atalaya, España; Aldous Huxley, Las puertas de la percepción, Cielo e infierno. Barcelona, 1997 y Alan Watts, El Camino del Zen.























































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