Humanismo y Conectividad

Espontaneidad Zen

Miércoles 23 Julio, 2008 · 8 comentarios


Los condicionamientos sociales y culturales favorecen la identificación de la mente con una idea fija de sí misma como medio de su propio autocontrol, y de aquí resulta que el hombre se considera a sí mismo como “yo” y dice para sí: “yo soy”. Nace el ego. Luego el centro de gravedad mental se desplaza de la mente espontánea u original a la imagen del ego. Cuando esto ha ocurrido, se identifica a ese centro mismo de nuestra vida psíquica con el mecanismo de autocontrol. Entonces se hace casi imposible ver cómo “yo” puedo soltarme a “mí mismo”. Se encuentra uno totalmente incapacitado de efectuar acción mental alguna que no sea intencional, afectada o, en última instancia, no sincera. Todo lo uno hace para abandonarse, para soltarse, será una forma distrazada del esfuerzo habitual por seguir aferrado. No puedo ser espontáneo a propósito o hacer algo sin querer pero intentándolo.

Tan pronto como se torna importante para mí ser espontáneo, la intención de serlo se refuerza; no me puedo librar de ella, a pesar de ser el único obstáculo que se interpone en el camino de mi propia actualización. Es como si alguien me hubiera dado una medicina advirtiéndome que no surtirá efecto si pienso en una mesa al tomarla. Recordando que tengo que olvidarme de la mesa, me encuentro en la situación de “doble atadura” en la que “hacer” es “no hacer” y viceversa. “Sí” implica “no”, “seguir” implica “parar” y así siguiendo. Cabe preguntarme: “Si no puedo dejar de recordar la mesa ¿lo hago a propósito?” En otras palabras, ¿tengo la intención de ser intencional, tengo el propósito de hacerlo a propósito? De improviso me doy cuenta de que mi propia intención es espontánea, de que mi tendencia a controlar el yo, el ego, surge de mi incontrolado yo natural. Entonces, todas las maquinaciones del ego se desvanecen: queda aniquilado en su propia trampa. Veo que es realmente imposible no ser espontáneo. Porque lo que no puedo dejar de hacer lo hago espontáneamente, pero si al mismo tiempo trato de controlarlo lo interpreto como una compulsión. “Ahora no te queda que hacer otra cosa que reírte”, me digo.

Desde ese momento toda la cualidad de la conciencia se transforma, y yo me siento en un mundo nuevo en el que, sin embargo, es evidente que siempre he estado estando. Tan pronto como yo reconozco que mis acciones voluntarias e intencionales ocurren espontáneamente, “por sí mismas”, como respirar, oír y sentir, ya no caigo en la contradicción de tratar de ser espontáneo. No hay verdadera contradicción porque “tratar” es la “espontaneidad”. Viendo esto desaparece la sensación de estar coaccionado, atado, bloqueado.

Es como si me hubiera absorbido en una lucha entre mis dos manos y hubiera olvidado que ambas eran mías. Nada interfiere ya la espontaneidad cuando advierto que no hace falta tratar de hacer nada. Al descubrir que tanto los aspectos voluntarios como los involuntarios de la mente son en sí espontáneos por igual, se pone fin al dualismo de la mente y el mundo, el cognoscente y lo conocido. El nuevo mundo en el que me encuentro posee extraordinaria transparencia, está libre de barreras, y por esta razón me parece que yo en cierto modo me he convertido en el espacio vacío en el que todo está ocurriendo.

Entiendo entonces que una vida vacía y sin finalidad no sugiere nada deprimente. Por el contrario, insinúa la libertad de las nubes y de los arroyos montañeses, que vagan sin rumbo, y flores en desfiladeros impenetrables, hermosas sin nadie que las vea, y la marea del océano que siempre baña la arena sin objeto alguno.

Recomendar en Menéame Recomendar en Digg it Recomendar en Reddit Enviar a Del.icio.us

Meméame del.icio.us Yahoo! MyWeb StumbleUpon Furl Blinklist Spurl Magnolia Simpy Blogmarks Netvouz Startaid Facebook Shadows

Smarking RawSugar Technorati Digg reddit Rojo Netscape Newsvine Mister Wong LinkArenaYigg Webnews folkd.com

Boton para agregar esto a favoritos socialesAgregar este boton de agregadores

Categorías: Conciencia Integral · Espiritualidad
Etiquetado: , , , , , , , , , , , , , ,

8 respuestas hasta el momento ↓

  • Chencho // Jueves 24 Julio, 2008 a 5:42 am | Responder

    Lo que si es verdad es que tu no estás nada vacío.
    Un saludo.

  • adriana apoletta // Martes 29 Julio, 2008 a 5:19 pm | Responder

    No vas a poder creer a donde me llevó todo esto y es a el concepto de entropía,¿que hace que el universo permanezca en su relativo ordenamiento?¿porqué estas estructuras biológicas? ¿porqué la armonía y los ciclos? Si todo tiende a la disgregación ¿Cuál es el sentido?

  • Andres Schuschny // Martes 29 Julio, 2008 a 7:23 pm | Responder

    Adriana,
    Mi interpretación es que el sentido del todo es la creación de complejidad en holoarquías crecientes. Se trata de una escalada de jerarquías dinámicas según las cuales los elementos subatómicos forman parte de los átomos, que a su vez forman parte de las moléculas, que a su vez forman parte de las células, que a su vez forman parte de los organismos, que a su vez forma parte de los ecosistemas, que a su vez forman parte de la biosfera y así siguiendo.

    En la esfera humana gnoseológica, la holarquía más fina en nosotros los seres humanos, sería según mi intuición la conciencia, que no podría haberse gestado sin la mediación de las otras holoarquías y cuyos grados u holarquías sucesivas van desde el dualismo primitivista de un barrabrava, los nacionalismos, los visión mundocentristas, la conciencia de ser uno en a diversidad, hasta los seres iluminados, diría yo con visión integral, universocentrista.

    En tal sentido, la emergencia de estas holoarquías (que crean de alguna forma energía en niveles ulteriores) combaten a la acción entrópica producto del dejarse llevar de los sistemas y cuyo correlato sería la anomía, la depresión y la acción no compasiva, el individualismo/egoista.

    No se, esa es mi visión del mundo, muy resumida y dicha sin demasiada reflexión.
    un abrazo
    Andres

  • adriana apoletta // Martes 29 Julio, 2008 a 7:46 pm | Responder

    Andrés :
    coincido totalmente , la conclusión que sacás”en tal sentido, la emergencia de estas holoarquías (que crean de alguna forma energía en niveles ulteriores) combaten a la acción entrópica ” implica “un compromiso del universo” aportando la energía para que se produzca esa constante “evolución” hacia “lo divino ” representado por los seres iluminados.
    Filogenéticamente hablando en la humanidad conviven seres humanos en diferentes holarquías, es fácil concluir entonces que el ego atenta entonces contra el descubrimiento de este proceso desde nosotros mismos.
    Gracias por su contestación
    Adriana

  • Andres Schuschny // Martes 29 Julio, 2008 a 8:03 pm | Responder

    Exacto,
    Recomiendo leer sobre la dinámica espiral de los memes de visiones del mundo creado por Clare Graves y luego desarrollada por Don Beck y Chis Cowan (http://es.wikipedia.org/wiki/Din%C3%A1mica_espiral) o las ideas acerca de la evolucion de la estructuras de conciencia tal como la intuyó Jean Gebser

    Muchas gracias por tu interesante participación!!

    un abrazo
    Andres

  • Adriana Paoletta // Miércoles 30 Julio, 2008 a 9:25 am | Responder

    Andres:
    Muy interesante las notas .Hay bibliograf’ia en castellano de los anteriormente citados?
    Gracias
    Adriana

  • Andres Schuschny // Miércoles 30 Julio, 2008 a 11:33 am | Responder

    Adriana,
    En español sobre la obra de Jean Gebser hay muy poco, sin embargo, en mi libro La Red y el futuro de las organizaciones, Más conectados…¿Más integrados? hay todo un capítulo dedicado a las ideas de Jean Gebser.

    Respecto de la obra de Beck, Graves y Cowan te recomiendo visitar
    iBaires y contactarlo a Nicolas Novoa. No se si publicaron en español

    Saludos
    Andres

  • viajes astrales // Lunes 6 Abril, 2009 a 11:28 am | Responder

    La disfuncionalidad del ser humano
    Sábado 19 Abril, 2008 · 2 comentarios
    Si entendemos de manera profunda las principales corrientes filosóficas, las religiones y las tradiciones espirituales de antigüedad, encontraremos que debajo de las diferencias aparentes hay dos principios fundamentales en los cuales convergen prácticamente todas. Si bien las palabras utilizadas para expresar esos principios son diferentes, todas apuntan hacia una doble verdad fundamental.

    El primer principio
    La primera parte de esa verdad es el reconocimiento de que el estado mental “normal” de la mayoría de los seres humanos contiene un elemento fuerte de disfuncionalidad o locura. Maya para los hindúes, dukkha para los budista, el estado colectivo de la humanidad del “pecado original” para los cristianos.
    Toda la historia de la humanidad ha estado colmada de guerras crueles y destructivas, motivadas por el miedo, la codicia y las ansias de poder, además de los episodios ignominiosos como la esclavitud, la tortura y la violencia generalizada motivada por razones religiosas e ideológicas. Durante el siglo pasado, la inteligencia de la mente humana se vuelca, en una interminable borágine, a la producción de armas de destrucción sin antes precedentes: los tanques, las bombas, las ametralladoras, los submarinos, los lanzallamas, los aviones, los portaviones, los destructores, los bombarderos continentales, los gases tóxicos, las armas químicas, los agentes de destrucción biológica, las bombas atómicas, las ojivas nucleares, un inventario horroso que no tiene fin.
    ¡La inteligencia al servicio de la locura!.

    Nunca antes como en el siglo pasado, tanta gente había sido mutilada, vejada, torturada, asesinada en un sinnúmero de guerras, matanzas, holocaustos, genocidios, exterminios masivos. Nunca antes habían sido tan destructivos, tan dolorosamente palpables, los efectos de la locura humana institucionalizada.
    El número de personas muertas violentamente a manos de sus congéneres se elevaría, durante el siglo veinte, en varios cientos de millones, sino en miles…. Basta con ver las noticias de todos los días en la televisión para reconocer que la locura no solamente no ha menguado sino que todavía continúa hoy, en el siglo veintiuno.
    Otro aspecto de la disfunción colectiva de la mente humana es la violencia sin precedentes desatada contra otras formas de vida y contra el planeta mismo: la destrucción de los bosques productores de oxígeno y de otras formas de vida vegetal y animal, el tratamiento cruel de los animales en las granjas mecanizadas y la contaminación de los ríos, los océanos y el aire. Empujados por la codicia e ignorantes de su conexión con el todo, los seres humanos insisten en un comportamiento que, de continuar desbocado, provocará nuestra propia destrucción.

    Las manifestaciones colectivas de la locura asentada en el corazón de la condición humana constituyen la mayor parte de la historia de la humanidad. Es, en gran medida, una historia de demencia. Si la historia de la humanidad fuera la historia clínica de un solo ser humano, el diagnóstico sería el siguiente:
    Desórdenes crónicos de tipo paranoide, propensión patológica a cometer asesinato y actos de violencia y crueldad extremas contra sus supuestos “enemigos”, su propia inconciencia proyectada hacia el exterior; demencia criminal, con unos pocos intervalos de lucidez.

    El miedo, la codicia y el deseo de poder son las fuerzas psicológicas que no solamente inducen a la guerra y la violencia entre las naciones, las tribus, las religiones y las ideologías, sino que también son la causa del conflicto incesante en las relaciones personales. Hacen que tengamos una percepción distorsionada de nosotros mismos y de los demás. A través de ellas interpretamos equivocadamente todas las situaciones, llegando a actuaciones descarriadas encaminadas a eliminar el miedo y satisfacer la necesidad de tener más: ese abismo sin fondo que no se llena nunca.
    Son varias las enseñanzas espirituales que nos aconsejan deshacernos del miedo y del deseo, pero esas prácticas espirituales por lo general no surten efecto porque no atacan la raíz de la disfunción. Si bien el anhelo de mejorar y de ser buenos es un propósito elevado y encomiable, es un empeño condenado al fracaso a menos de que haya un cambio de conciencia. No podemos llegar a ser buenos esforzándonos por serlo sino encontrando la bondad que mora en nosotros para dejarla salir. Pero ella podrá aflorar únicamente si se produce un cambio fundamental en el estado de conciencia.
    La historia del comunismo soviético, inspirado originalmente en altos ideales nobles, ilustra claramente lo que sucede cuando las personas tratan de cambiar la realidad externa, de crear una nueva tierra, sin un cambio previo de su realidad interior, de su estado de conciencia. Hacen planes sin tomar en cuenta la impronta de disfunción que todos los seres humanos llevamos dentro: el ego.
    El segundo principio
    En la mayoría de las tradiciones religiosas y espirituales antiguas existe la noción común de que el estado “normal” de nuestra mente está marcado por un defecto fundamental. Sin embargo, de esta noción sobre la naturaleza de la condición humana (las malas noticias) se deriva una segunda noción: La buena nueva de una posible transformación radical de la conciencia humana. En las enseñanzas del hinduismo y budismo, esa transformación se conoce como iluminación. En las enseñanzas de Jesús, es la salvación. Otros términos empleados para describir esta transformación son los de liberación y despertar. La psicología positiva ha comenzado en los últimos años a estudiar este proceso.
    El logro más grande de la humanidad no está en sus obras de arte, ciencia o tecnología, sino en reconocer su propia disfunción, su propia enajenación. Algunos individuos del pasado remoto tuvieron ese reconocimiento. Un hombre llamado Gautama Siddhartha, el Buda, el iluminado, quien vivió en la India hace 2.600 años, fue quizás el primero en verlo con toda claridad. En la misma época vivió en China otro de los maestros iluminados de la humanidad. Su nombre era Lao Tse. Dejó el legado de sus enseñanzas en el Tao Te Ching, uno de los libros espirituales más profundos que haya sido escrito.
    Reconocer la locura es, por supuesto, el comienzo de la sanación y la trascendencia. Esos y otros maestros les hablaron a sus contemporáneos. Les hablaron del pecado, el sufrimiento o el desvarío. Les dijeron, “Examinen la manera cómo viven. Vean lo que están haciendo, el sufrimiento que están creando“, “conózcanse a sí mismos“. Después les hablaron de la posibilidad de despertar de la pesadilla colectiva de la existencia humana “normal”. Mostraron un camino.
    Aunque sus enseñanzas eran a la vez sencillas y poderosas, terminaron distorsionadas y malinterpretadas. Con el correr de los siglos se añadieron muchas cosas que no tenían nada que ver con esas enseñanzas originales. Algunos de esos maestros fueron objeto de burlas, escarnio y hasta del martirio. Otros fueron endiosados. Las enseñanzas que señalaban un camino que estaba más allá de la disfunción de la mente humana, el camino para desprenderse de la locura colectiva, se distorsionaron hasta convertirse ellas mismas en parte de esa locura.
    Fue así como las religiones se convirtieron en gran medida en un factor de división en lugar de unión. En lugar de poner fin a la violencia y el odio a través de la realización de la unicidad fundamental de todas las formas de vida, desataron más odio y violencia, más divisiones entre las personas y también al interior de ellas mismas. Se convirtieron en ideologías y credos con los cuales se pudieran identificar las personas y que pudieran usar para amplificar su falsa sensación de ser. A través de ellos podían “tener la razón” y juzgar “equivocados” a los demás y así definir su identidad por oposición a sus enemigos, esos “otros“, los “no creyentes“, cuya muerte no pocas veces consideraron justificada. El hombre hizo a “Dios” a su imagen y semejanza. Lo eterno, lo infinito y lo innombrable se redujo a un ídolo mental al cual había que venerar y en el cual había que creer como “mi dios” o “nuestro dios“.
    Y aún así… a pesar de todos los actos de locura cometidos en nombre de la religión, la Verdad hacia la cual esos actos apuntan, continúa brillando en el fondo, pero su resplandor se proyecta tenuemente a través de todas esas capas de distorsiones e interpretaciones erradas. Sin embargo, es poco probable que podamos percibirlo a menos de que hayamos podido aunque sea vislumbrar esa Verdad en nuestro interior. A lo largo de la historia han existido seres que han experimentado el cambio de conciencia y han reconocido en su interior Aquello hacia lo cual apuntan todas las religiones. Para describir esa Verdad no conceptual recurrieron al marco conceptual de sus propias religiones. El gnosticismo y el misticismo cristiano, el zen, el tantra y el dzogchen en el budismo, el sufismo en el Islam, el jasidismo y la cábala en el judaismo, el vedanta en el hinduismo, entre tantos otros. Estas escuelas eliminaron una a una todas las capas sofocantes de la conceptualización y las estructuras de los credos mentales, razón por la cual la mayoría fueron objeto de suspicacia y hasta de hostilidad de parte de las jerarquías religiosas establecidas.
    A diferencia de las religiones principales, sus enseñanzas hacían énfasis en la realización y la transformación interior. Fue a través de esas escuelas o movimientos esotéricos que las religiones recuperaron el poder transformador de las enseñanzas originales, aunque en la mayoría de los casos solamente una minoría de personas tuvieron acceso a ellas.
    Muchas personas ya han tomado conciencia de la diferencia entre la espiritualidad y la religión. Reconocen que el hecho de tener un credo (una serie de creencias consideradas como la verdad absoluta) no las hace espirituales, independientemente de cuál sea la naturaleza de esas creencias. En efecto, mientras más se asocia la identidad con los pensamientos (las creencias), más crece la separación con respecto a la dimensión espiritual interior. Muchas personas “religiosas” se encuentran estancadas en ese nivel. Equiparan la verdad con el pensamiento y, puesto que están completamente identificadas con el pensamiento (su mente), se consideran las únicas poseedoras de la verdad, en un intento inconsciente por proteger su identidad. No se dan cuenta de las limitaciones del pensamiento. A menos de que los demás crean (piensen) lo mismo que ellas, a sus ojos, estarán equivocados; y en un pasado no muy remoto, habrían considerado justo eliminar a esos otros por esa razón. Hay quienes todavía piensan así en la actualidad.
    La nueva espiritualidad, la transformación de la conciencia, comienza a surgir en gran medida por fuera de las estructuras de las religiones institucionalizadas. Siempre hubo reductos de espiritualidad hasta en las religiones dominadas por la mente, aunque las jerarquías institucionalizadas se sintieran amenazadas por ellos y muchas veces trataran de suprimirlos. La apertura a gran escala de la espiritualidad por fuera de las estructuras religiosas es un acontecimiento completamente nuevo.
    En la actualidad estamos presenciando un surgimiento sin precedentes de la conciencia, pero también el atrincheramiento y la intensificación del ego. Algunas iglesias, sectas, cultos o movimientos religiosos son básicamente entidades egotistas colectivas identificadas tan rígidamente con sus posiciones mentales como los seguidores de cualquier ideología política cerrada ante cualquier otra interpretación diferente de la realidad. Pero el ego está destinado a disolverse, y todas sus estructuras osificadas, ya sea de las religiones o de otras instituciones, corporaciones o gobiernos, se desintegrarán desde adentro, por afianzadas que parezcan. Las estructuras más rígidas, las más refractarias al cambio, serán las primeras en caer.
    El desafío de la humanidad en este momento es el de reaccionar ante una crisis radical que amenaza nuestra propia supervivencia. La disfunción de la mente humana egotista, reconocida desde hace más de 2.500 años por los maestros sabios de la antigüedad y amplificada en la actualidad a través de la ciencia y la tecnología, amenaza por primera vez la supervivencia del planeta. Hasta hace muy poco, la transformación de la conciencia humana (señalada también por los antiguos sabios) era tan sólo una posibilidad a la cual tenían acceso apenas unos cuantos individuos aquí y allá, independientemente de su trasfondo cultural o religioso. No hubo un florecimiento generalizado de la conciencia humana porque sencillamente no era todavía una necesidad apremiante. Un porcentaje todavía relativamente pequeño pero cada vez más grande de personas ya está experimentando en su interior el colapso de los viejos patrones egotistas de la mente y el despertar de una nueva dimensión de la conciencia.

Dejar un comentario