Abraham Maslow en su libro Religions, Values, and Peak Experiences (1964) definió como experiencia cumbre: “un estado de unidad con características místicas; una experiencia en la que el tiempo tiende a desvanecerse y el sentimiento que sobrecoge hace parecer que todas las necesidades se hallan colmadas”. Con esta definición quedan descriptos ciertos estados transpersonales y extaticos, caracterizados por la unificación, armonización e interconexión que percibe el experimentador quien se abre a la revelación de lo inefable del ser.
¿Qué significan las llamadas “experiencias cumbre” para nuestro espíritu ? ¿Qué son sino el acceso a un orden exquisitamente sutil, profundo y penetrante? Para ejemplificar esta calidad de experiencia, quiero mostrarles una escena de la película American Beauty. En la trama central de la historia, un jóven viene mostrando su tristeza frente a los efectos desoladores que para él ha tenido su relación con un padre autoritario y abusivo. El adolescente, a pesar de las secuelas negativas infringidas por esa relación familiar, es capaz de canalizar una profunda emoción de gracia estética generada por una repentina experiencia de contacto con la belleza que llega a sobrecogerlo. Pero, en realidad se trata de una belleza gestada por su propia interioridad.
El personaje está sentado en un sillón y se lo percibe ensimismado en su melancolía. De pronto se para y acciona la máquina de video para mostrarle la filmación a su amiga. En ese registro casero había quedado guardada una experiencia estética perturbadora, provocada por una circunstancia muy sutil, que aunque aparentemente leve, le significó una experiencia numinosa. Uno de esos hechos supuestamente intrascendentes, minúsculo y cotidiano, que de tanto ser visto ya nadie ve: una bolsa plástica que alguien abandonó en una calle cualquiera de la ciudad, es mecida por el viento… (Curiosidad aparte, Alan Ball el autor del guión original estaba sentado en la plaza del emblemático World Trade Center cuando vio una bolsa de plástico flotando en el viento, de allí la inspiración…)
Quieres ver la cosa más bella que he filmado?
Ocurrió uno de esos días en los que sientes que está a punto de nevar
y hay una cierta electricidad en el aire, que casi la puedes oír.
Y esa bolsa plástica que alguien había dejado caer sin querer sobre la vereda,
era mecida por un viento como si bailara un vals,
y la bolsa bailó movida por el viento durante quince minutos frente a mi cámara.
Y ese día me di cuenta que… había una vida entera detrás de las cosas,
y que una fuerza increíblemente benévola me decía
a través de esa danza de la bolsa abandonada
que no hay razón para tener miedo nunca.¡Es tanta la belleza…que siento que no la aguanto…!
Un video, una bolsa, un observador, uno de esos días, una danza, una eternidad en 15 minutos, una vida más allá de los objetos, una fuerza benévola, ninguna razón para temer, tanta belleza, un beso, una película, una belleza americana, un momento zen, una experiencia cumbre y nada.
Esta escena hace evidente que el arte es mucho más que la simple expresión de la búsqueda de la belleza. El impacto que puede generar en el alma humana puede suceder en ese lenguaje invisible que tienen los genuinos estados de gracia estética. En el personaje de la película (y creo también del espectador, de nosotros, aunque en ínfimo grado), ese estado de gracia se conjuga con la oportunidad autogestada de participar de una experiencia cumbre que lo redime aunque sea un instante de la amargura y el dolor que guarda en su corazón.
En la secuencia de las imágenes de la bolsa danzando con el viento se configura un tiempo de connotaciones mágicas, un espacio en el que el espíritu se toma una licencia que le permite evadir el dolor y la pesadumbre de su existencia cotidiana. La experiencia estética activa también es una proclama, una respuesta alegórica que permite soltarse las amarras de lo que en la profundidad de nuestro ser pudo haber quedado trunco o frustrado. Un evento cualquiera, ordinario, repetido, invisibilizado, puede significar una oportunidad liberadora que le permita al espíritu enriquecido abandonar su cautiverio.
El arte es una pregunta que a lo largo de la historia de la humanidad ha estado permanentemente abierta, atenta al descubrimiento de las cosas. El fenómeno artístico nos interroga en el vacío, revelando el alma oculta de las formas y de los hechos que para la ciencia no son realidad. Quizá, una bolsa plástica en cualquier calle de una ciudad sin nombre, sería por si misma un hecho insignificante que en su aparente levedad no agregaría nada al universo. Pero esa bolsa no vale por si misma, sino por lo que significa para el sujeto que la descubre y que en ese acto se vuelve capaz -en razón de su sensibilidad-, de resignificar la experiencia transgrediendo la limitación que tienen los hechos a nivel de su apariencia.
La emoción que despierta en el personaje habla de la expresión de una belleza implicada, que no tiene regularmente cabida en la mirada del mundo. Esa belleza -en verdad- está en el sujeto mismo y no en el objeto, una belleza subjetiva que existe sólo para quien la percibe en razón de la viveza de su espíritu y de la capacidad de captarla y vivirla.
La emocionalidad producida por tomar contacto con algo que nos sobrepasa en nuestra dimensión individual, nos sorprende y sobrecoge, provocando un estado parecido al despertar. Paul Valéry denominaba a este estado implexo (del latín, enlazamiento) entendiéndolo como la capacidad de sentir, reaccionar y hacer, de comprender y resistir de un sujeto que desde la practica de reflexividad intenta recomponer sus habilidades y orientar sus pensamientos en una búsqueda que le permite descubrir nuevas estrategias frente a la emergencia de lo real. Vivir la vida, como la vida se vive a sí misma.

Agradecimiento a María Teresa Pozzoli























































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