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Después de la tormenta …

Miércoles 25 febrero, 2009

El temor absoluto en que queda el espíritu cuando se han derribado los mitos hace que constantemente los mitos resuciten. Ante el asombro de un supuesto renacido Voltaire, muchas instituciones que él claramente calificó de absurdas continúan existiendo como si jamás ninguna crítica les hubiera hecho la menor mella y el mundo que nos rodea jamás hubiera sido examinado a la luz de la razón o de la ciencia. Ante el impredecible embate de la vida civilizada, el mortal implora al dios que cree conocer y renuncia a ejercer su juicio si el dios le concede sanación, el amor perdido o el trabajo que necesita.

Con todo el “progreso” no hemos dejado de ser menesterosos, de hecho parece que tenemos más necesidades que nuestros ancestros que se conformaban con muchísimo menos de lo que algunos de los más humildes de entre nosotros poseen. Ambicionamos más, se nos ofrece más, incapaces de distinguir entre lo esencial y lo accesorio, nos entregamos a la lucha encarnizada por la alta tecnología que a nosotros no nos sirve ni entendemos o por un estatus al que realmente nadie pone atención, al menos nadie que realmente nos importe.

También la vida en un mundo complejo dificulta a veces la propia supervivencia. La crisis provocada por el más imbécil de los presidentes de Estados Unidos ha puesto el futuro de demasiadas familias en juego, por más que se busque el trabajo no se encuentra y todos saben que no hay angustia más grande que perder el miserable, pero necesario empleo. Ni siquiera la más terrible enfermedad tiene el carácter culposo que tiene la cesantía, tal vez con la única excepción del SIDA.

¿Se puede juzgar entonces a quienes se vuelquen a la esperanza “trascendental” que venden –porque no la regalan –las creencias obsoletas? Ciertamente que no. Ante la urgencia es demasiado pedir un juicio frío y preclaro, especialmente en personas que han sido mal entrenadas por una educación interesada y que viven bombardeados por una propaganda que soterradamente les dice: “no pienses, limítate a consumir”.

Sin embargo, aquellos que aún permanecen despiertos pueden ver una terrible y perversa maquinación que hace que la fantasía de “Matrix” parezca incluso benigna. No son máquinas, sino hombres quienes manejan el mecanismo que hace que muchos pobres sirvan a la prosperidad de pocos ricos. NO SON LAS LEYES INEXORABLES DE LA ECONOMÍA las responsables de la actual crisis económica. La economía NO es la Naturaleza y sus leyes NO son leyes naturales. Los responsables de esta y de todas las crisis caen a tierra suavemente gracias a sus “golden parachutes”; seguros e indemnizaciones que tienen pactadas desde tiempo inmemorial y que les garantizan a ellos y a los suyos cómodos retiros. Algunos, los más conscientes de entre ellos, sufren la horrible culpa de haber llevado a miles o millones a la pobreza, a otros ni siquiera les importa y se dedican a jugar al golf.

El hombre antiguo se preguntaba por la muerte, esa enigmática posibilidad última. El hombre “posmoderno” no tiene siquiera el tiempo para recordar que es mortal y se olvida del Ser de una manera mucho más trágica que aquella que la que expone Heidegger. De hecho, Heidegger viene siendo una sutileza. No se ocupa de su ser en el mundo, de su lugar en medio del mundo, sino que sólo lucha para permanecer en él. Ya sea para sobrevivir o para mantener su estúpido estatus –esto último muy válido en caso de ser chileno y vivir en Huechuraba. Mientras, la terrible maquinaria de la explotación, en complicidad con las iglesias, mantiene su dominación y sacó una nueva mercancía para que nos matemos por tener, para que de esa forma nos olvidemos para siempre de nosotros mismos y nunca cometamos la osadía de pensar siquiera un poquito.

La negación de las instituciones a las que hemos acudido desde siempre requiere de un reemplazo. Pocos son aquellos que pueden mirar al infinito a la cara y simplemente gozarse de su contemplación. La gran mayoría sufre de horror inenarrable. Por eso los hombres serios, desde Voltaire hasta Nietzsche siempre han sabido que su pensamiento, si no el pensamiento en general, nunca llegará a las masas, aunque Voltaire realmente esperaba que el progreso lo hiciera algún día democrático. Pero el progreso no era una ley natural, con suerte era una conquista y muchas veces era muy dudable que el avance fuera realmente hacia adelante. Tal vez no fuera progreso, sino decadencia.

Si pudiera existir una fe, esta fe tendría que ser una fe que no violentara la inteligencia. Una fe que tendría el derecho de afirmar aquello que la razón no puede alcanzar, pero QUE NO PODRÍA ARROGARSE EL DERECHO A CONTRADECIRLA. La fe, sin embargo, suele aparecer en ausencia de conocimiento y se niega a desaparecer cuando el conocimiento entra en sus dominios. La configuración del Universo era una cuestión de fe hasta Galileo. Si es verdad que las cosas tienen un precio acaso sea la fe el precio de la libertad. Es hora de pensar de otra manera y sentir de otra manera… aunque lamentablemente la libertad, por el momento, seguirá siendo una conquista de pocos.

Fuente: Escrito por mi amigo Arturo Ruiz

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