El horror estadístico de la “simplejidad”

Se puede decir que, en términos muy generales, la estadística como disciplina, consiste en trabajar con agregados o colecciones, con fenómenos de masas. Esto deja de lado, por construcción, toda consideración que se refiera a los individuos. Por ejemplo, nadie puede decir por qué una persona elige casarse o quitarse la vida (o chiste del destino tal vez ambos), sin embargo, las cantidades de matrimonios y suicidios en un determinado lugar resultan ser cifras sorprendentemente estables a lo largo de los años. Claramente, un curioso orden emerge de los grandes agregados numéricos. En la sociedad, la estadística revela una estabilidad tal, que nos hace pensar que muchos fenómenos responden a determinadas leyes las cuales, incluso tendrían un notable poder predictivo.
Gracias a la estadística nos fuimos alimentando del conteo categórico de la gente, puesto de manifiesto en los censos o en el muestreo expresado en encuestas, sondeos de opinión y focus groups. Creamos conjuntos o agregados en función de estereotipos que identificamos con individuos homogéneos en sí y grupos heterogéneos entre sí.
La mismísima instrumentalización del Estado moderno se vio moldeada por las estadísticas. Intuyo que no es paradógico que ambos términos compartan la misma etimología. Pensemos en cómo prácticas como las encuestas electorales han cambiado la naturaleza de la política, en cómo se calcula y utiliza la información económica y ¡qué hablar! del marketing tradicional. Durante mucho tiempo la forma de analizar e investigar a la sociedad consistió en el estudio del “hombre tipo”, el agente representativo como lo llaman en economía, con caracteristicas demográficas y psicográficas acotadas al extremo de la simplificación. Toda variación con respecto a ese “agente promedio” implicaba una desviación que no era más que un error a despreciar, o peor aun una patología “anómala” a evitar.
Para realizar todo esto nos hemos valido de la función de distribución normal, la famosa campana de Gauss, que se caracteriza por 2 parámetros, el valor medio o promedio, que establece la centralidad alrededor de la cual se ubican los valores más frecuentes y la varianza o desviación estándar que define el rango de variabilidad del fenómeno. Apoyados en ciertos teoremas (como el teorema central del límite o la ley de los grandes números) descubrimos que bajo ciertas condiciones la función de distribución normal o estándar puede usarse como aproximación de otras distribuciones siempre y cuando consideremos grandes agregados poblacionales.

La normalidad o estandarización estadística no ha sido una práctica neutral. Lo normal es aquello que es tenido como media estadística, como tipología específica, como patrón que surge por adecuación a una frecuencia, al acostumbramiento, que se le termina otorgando el carácter de meta, de objetivo a ser procurado y, por lo tanto, crea un sentido de valoración del que emerge la “intención normativa” de ser la expresión de las exigencias colectivas. Recíprocamente, si lo normal es afirmado como un valor, como una meta u objetivo, su contrario, lo “patológico”, lo “alterado”, lo “anormal” será rechazado al verse como un disvalor. Si lo normal es lo preferible, lo deseado, su contrario deberá ser inevitablemente aquello que está revestido de lo repelente, patológico o detestable.
La fuerza explicativa de la frecuencia que queda expresada en la campana de Gauss ha contribuido a configurar el patrón o estado normal de muchos aspectos de la sociedad, estados estos que se presume pueden ser anticipados y previstos y cuyos desvíos corregidos o normalizados. Aunque sea metafóricamente, la estadística paramétrica, la de promedios y desviaciones, da lugar a un entrecurzamiento entre lo “normal” y “patológico”, entre un deber ser moldeado por la fuerza de la frecuencia y los desvios considerados como alteraciones indeaseadas de esa constancia a ser procurada.
Todo este énfasis puesto de manifiesto en la frialdad de los números y medidas puede ser asociado una suerte de campaña contra la subjetividad cuya expresión puede constatarse, por ejemplo, en la escolarización. Tal como apuntó Ivan Illich, en la escuela, el alumno agrupado por edades, deviene en número y se termina confundiendo instrucción con educación y diploma con capacidad.
No es casualidad de que la objetividad que nos ofreciá la estadística haya tenido su apogeo en momentos en que la sociedad con ímpetu masificador e impersonal excluyó el potencial de la subjetividad, dando lugar a movimientos como el existencialismo y la proliferación del psicoanálisis: la Modernidad industrialista. La neutralidad estadística neutraliza en la normalidad. Ser objetivo, en cierto sentido, es estar estandarizado, es volverse intercambiable. Ese es el horror estadístico de la “simplejidad” (palabra que me expresa el forzamiento a la sujeción que transforma al individuo en un dividuo sujeto normalizado).
























Justo hoy leía que los griegos (clásicos) ya jugaban a los dados. Mi opinión simplista y diletante sobre la estadística es la siguiente:
tenemos una bolsa con 1 bola blanca y 99 negras. Si sacamos la blanca, nos fusilan (o cualquier otra cosa horrible). Si sacamos la negra, salvamos la vida. Al meter la mano en la bolsa, el cortisol se activa. Bien.
Ahora tenemos la misma bolsa, pero 1 bola blanca y 999.999.999 negras. Según la ley de la probabilidad el porcentaje de posibilidades de morir es nimio, se ha reducido en un 1/10.000.000 de veces. La pregunta es ¿sentiremos 1/10.000.000 menos miedo?
Hola Andy !!
Muy buen artículo, además de que los números explican números en el caso de la estadística pura, también se puede utilizar en comportamientos, y he observado que las sociedades (por ejemplo México) tienen ciertos valores (familia, machismo, trabajo, etc.) a diferencia de los japoneses que predominan otros valores, lo que las personas llaman “cultura”.
Ahora bien, si juntamos la estadística de los mexicanos, los argentinos, los estadounidenses y cada vez se hace más amplia la campana… podemos decir que hay muchísimos comportamientos a escojer… y si las personas se “sienten obligadas” a comportarse de cierta manera que marca su sociedad pero que no les gusta, por lo tanto no son libres… Entonces libertad es tratar de comportarse cercano a la media pero estadísticamente estar fuera de la campana de gauss.
La estadística nos permite “modelizar” la realidad; la “modelización” no es la realidad, es una interpretación de la realidad. Teniendo presente esta idea; es claro que ninguna estadística es neutral.