Mundo anti-socrático: Nadie se huele su propia mierda

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“La ignorancia frecuentemente proporciona más confianza que el conocimiento”
Charles Darwin

“Uno de los dramas de nuestro tiempo está en que aquellos que sienten que tienen la razón son estúpidos y que la gente con imaginación y que comprende la realidad es la que más duda y más insegura se siente”.
Bertrand Russell

“Al menos el 80% de la población piensa que esta entre el 20% más inteligente.”
Principio de Meta-Pareto

Parte de mi actividad destinada a “perder” mi tiempo libre lo insumo en reflexionar, casi en clave resentida, sobre el devenir de nuestra civilización. En esa línea, y fruto de ese tiempo diletante, concluí resumiendo que:

¿Será que la ignorancia es una nueva fuente de poder? Si, ciertamente, vivimos en un mundo verdaderamente anti-socrático en el que, contrariamente a la prédica que reza que el que más sabe tenderá a ponderar su experiencia como insuficiente, percibo que nos hemos convertido en individuos que, para posicionarnos en este mundo que hace de nosotros un producto comercial, tendemos a vanagloriarnos de nuestra experta-falsa sapiencia. Para ello, nos valemos del conocimiento o si es posible cercanía de las celebrities estelares que habitan los mundos temáticos de nuestro acontecer.

Aprovechamos la fama o, aunque más no sea, las frases o textos de otros a los que citamos para incubrir nuestra incultura. Nos valemos de citar a personajes famosos como una forma de absorber la fama que detentan y, si logramos publicar una selfie junto a ellos, mucho mejor aún. Si, dado que la honestidad intelectual no vende, nos hemos visto obligados a jactarnos de nuestra supuesta potenciada erudición.

En efecto, la red nos ha convertido a todos en “eruditos de medio pelo“, en habilidosos copy-cats de lo ajeno, en sapatrascas vendedores de saberes que no tenemos sino que copiamos, en relatores de PPTs basados en el conocimiento de otros a quienes no estamos dispuestos a reconocer y menos agradecer a menos que se trate de una gran celebrity cuya original cita nos beneficie por la irradiación de su influencia.

El actual sistema de interacción social tan viciado de marketing, tan colmado de careteada trucha nos ha vuelto a todos vendedores de espejitos de colores cuando no, de humo, y para ello, coaching o autocoaching mediante, nos hemos visto movidos a adaptar nuestro nivel de discurso a una liviana erudición amalgamada con buena onda, a convertirnos en exudadores de psicología positiva, en evangelistas de la (falsa) felicidad cuyo testimonio queda reflejado en esa hipócrita y deslucida sonrisa que cuelga de nuestros rostros a la hora de pretender algo (interesado) en el otro.

La meritocracia del autobombo con sonrisa de oreja a oreja, como forma de posicionamiento chupaplata, la mediocridad complaciente y liviana al servicio de la sugestión grupal, no para atender las necesidades de las personas sino para venderle “supuesto valor” a un mercado de incautos” colmado de competencia que conviene imitar pero ocultar.

Qué tiempos locos estos… en el que todos nos hemos vuelto vendedores de buzones de conocimiento… Viene a mi mente el personaje de Carolyn Burnham, la esposa de Lester, magistralmente interpretada por Annette Bening en la película American Beauty, esa ambiciosa vendedora inmobiliaria a la que sólo le importa el éxito profesional (a riesgo de sacrificar su esencia y la de otros) y para ello procura transmitir un semblante de éxito y buenaventura que la lleva a afirmar que «su compañía vende una imagen y es parte de su trabajo vivir esa imagen»…

Como nota al pie, resulta interesante destacar que la rosa de “American Beauty” es una variedad de rosa cultivada artificialmente para tener una apariencia perfecta. Tal como lo expresa la entrada de la Wikipedia, en las rosas, que aparecen en numerosos pasajes de la película, queda representada la “falsa belleza”, belleza que es sólo apariencia…

Lamentablemente nos hemos dado cuenta de que nuestro ilimitado acceso al conocimiento de otros nos permite moldear nuestro perfil profesional al punto de equipararnos a los verdaderos expertos, con la diferencia de que esos sabios, aquellos que realmente han absorbido saberes verdaderos, probablemente, terminen olvidados opacados por su inhabilidad de vender. Pues, a mayor sabiduría, mayores son las dudas y menores las certezas que se puedan expresarle a un mundo ávido de respuestas sean estas o no verdaderas…

Soy tan experto en mis saberes fragmentarios, soy tan sabio en mi semblante vendedor que hasta puedo darme el lujo de citar, cual magnánimo erudito, a “mis grandes amigos” David Dunning y Justin Kruger, esos interesantes investigadores de la Universidad de Cornell, quienes, si mal no recuerdo, hace ya unos cuántos años publicaron en el Journal of Personality and Social Psychology, el trabajo: “Unskilled and unaware of it: how difficulties in recognizing one’s own incompetence lead to inflated self-assessments“.

[Probablemente, ellos nunca se enteren de mi existencia, sin embargo y dado que me quiero posicionar marketineramente, no está mal citarlos como si fueran mis "grandes amigos".

No le digan a nadie que llegué a ellos a través de un tweet de Mikel Uriguen:

Sean uds. ahora cómplices de esta mi picardía: ellos no tienen por qué enterarse de esto. Vivimos en la Era de la Colaboración (y, agrego yo, de los oportunistas lameguita como yo). Así que no le digan a Mikel y a Jesús de la Gándara, autor del post de la Revista @hyperbolemag que les estoy robando el dato así termino pareciendo, a la vez, original y erudito … ]

[Copio ahora a la Wikipedia, pero de ello ustedes ni tienen por qué enterarse…].

Déjenme contarles que el efecto Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo según el cual los individuos con escasa habilidad o conocimientos sufren de un efecto de superioridad ilusorio que los hace considerarse más inteligentes que otras personas más preparadas, incorrectamente midiendo su habilidad por encima de lo real.

Según lo afirman mis grandes amigos Dunning y Kruger, que ganaron el premio Ig Nobel en el año 2000 por su trabajo, este sesgo, es atribuido a una inhabilidad meta-cognitiva del sujeto de reconocer su propia ineptitud, debido a que su habilidad real debilitaría su propia confianza y, ahora agrego yo, su capacidad de venderle a un mercado ávido de certezas. Los individuos competentes, es decir esos contra quienes tenemos que competir, suelen asumir que los otros tienen una capacidad o conocimiento equivalente al suyo dado que, el gran conocimiento que poseen, los sume en una espiral de dudas que los inactiva a vender sus saberes y a la vez, por saber tanto, se convierten en una amenaza competitiva potencial ante el ladrinculto. Déjenme explicar mi punto:

Por un lado, mis colegas Dunning y Kruger concluyen que: «La mala medición del incompetente se debe a un error sobre sí mismo, mientras que la mala medición del competente se debe a un error acerca de los demás».

Yo modificaría estas afirmaciones de la siguiente manera: «La mala medición del incompetente se debe más que a un error sobre sí mismo, a su inherente esfuerzo por no mostrarse incompetente, lo que lo hace competente en apariencia, es su esfuerzo de mostrarse; mientras que la mala medición del competente se debe no ya a un error acerca de los demás, sino a la incapacidad del competente de mostrarse competente ante los demás fruto de la exhibición de la duda».

Ergo, nuestro mundo, en el terreno de lo aparente, nos mueve al anti-socratismo. Del “Sólo se que no se nada” al “Sólo se que algo te tengo que vender” y, a partir de allí, podemos comenzar a citar la larga lista de truchoterapias, supuestos procesos de expansión del Ser en contextos de alta inflación, costosas ladri-capacitaciones, dinámicas copiadas de aquí y allá, certificaciones que hacen innecesaria la titulación universitaria, coaching ofrecido por vendedores de autos usados con certificación experta en risas falsas, talleres de la nueva arcaica era, libros de automentira, encuentros vivenciales al mejor postor, presencias ante guruses y saltimbanquis, y cuanto producto emerja del universo paralelo de la new loser era, el cambio de pinche paradigma y la expansión de la conchaciencia … Imágenes de delfines con fondo violeta-rosaceo, de hippie-budas y meditadores espaciales, coloridas madres tierras varias, lotos y fluorescentes flores, guerreros y guerreras de la luz y hasta fractales multicoloridos son bienvenidos…

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Continuando con la hipótesis esbozada por mis amigos Dunning y Kruger es que ante una habilidad típica que las personas poseen en mayor o menor grado:

  • Los individuos incompetentes tienden a sobrestimar su propia habilidad. En efecto, [digo yo] por que más allá de esa incompetencia tratan de vender una imagen exitosa con miras a posicionarse…
  • Los individuos incompetentes son incapaces de reconocer la habilidad de otros. Obviamente [digo yo] por que ven a los otros como una potencial competencia que hay que opacar, ocultar o negar…
  • Los individuos incompetentes son incapaces de reconocer su extrema insuficiencia [digo yo] por que esa sería su ruina…
  • Si pueden ser entrenados para mejorar sustancialmente su propio nivel de habilidad, estos individuos pueden reconocer y aceptar su falta de habilidades previa [digo yo] por que ante los hechos incontrastables, no queda otra que el mea culpa de aceptar la propia miseria …

Vivimos en un mundo colmado de incertezas, multiplemente conectado y a la vez cada vez más precario. Estamos desarrollando un mundo que converge a la universalización de la tercerización y el freelancing y, por ello, nos presiona a cada un@ a exhibir nuestra propia supuesta marca personal; nuestro mundo nos obliga a transmitir supuestas cualidades en nosotros que nos hacen mostrarnos como únicos y diferentes y, por lo tanto, “comprables” frente a los demás. En este mundo, que nos casi obliga a transmitir un semblante de rutilante éxito teatralizado bajo la apariencia de la “excelencia simulada“, lo verdadero en nosotros cede ante la necesaria alusión del marketing de nosotros mismos devenidos en producto comercial: nos vendemos al faústico impulso de la necesidad de ser comprados por un otro que ve en nosotros lo que nosotros no somos… En eso estamos, pero ¿a dónde vamos? … ¡¡¡Muchas gracias!!!

Manifiesto por un desarrollo responsable

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El siguiente es un capítulo de mi autoría publicado en el libro Espiritualidad y Política editado por Cristobal Cervantes y publicado por la Editorial Kairos en el 2011. Puedes hojear el libro aquí. Mi intención al escribirlo fue poner de manifiesto la necesidad de replantearnos el concepto de “desarrollo sostenible” y mutarlo a lo que denominé como “desarrollo responsable“. Si como seres humanos somos los sujetos del desarrollo, y si tenemos la meta de promover genuinamente la sostenibilidad, más que de hablar de un “desarrollo sostenible” o de un “desarrollo sustentable“, conceptos libres de actores, deberíamos asumir como colectivo humano nuestro rol protagónico y por ello redefinir estos conceptos libres de sujeto y de compromisos personales y civilizatorios. Más que de niveles de sostenibilidad, deberíamos enfocarnos en los niveles de responsabilidad en la construcción del desarrollo. Por que a fin de cuentas, nosotros somos los verdaderos actores de la producción del desarrollo y si no atendemos las esferas sociales, económicas, ambientales e institucionales, es porque no estamos promoviendo un verdadero “desarrollo responsable“. Sepan disculpar si encuentran a este post muy extenso. Espero el artículo les agrade.

Imagen: Hollow Pursuits de Michael Kerbow

Toda la historia está hecha de crisis pero nunca como hoy, la crisis tomó dimensiones tan universales y se extendió a tantos aspectos de la vida social e individual. El surgimiento de la economía global ha dado lugar a una concentración de las fuerzas productivas en manos de algunas corporaciones multinacionales cuya propiedad pertenece a muy pocas personas y a la internacionalización de las operaciones financieras especulativas alcanzando una magnitud tal, que han hecho temblar las bases económicas y sociales de numerosos países. Semejante acumulación de poder sin precedentes en la historia se ha visto apoyada por la influencia omnipresente de los medios masivos de comunicación que hoy son controlados por pocos operadores privados, generando una capacidad de dominio sobre la mente de las personas, a quienes desinforman para manipularlas y ponerlas al servicio del consumismo y sumergirlas en la apatía e indiferencia a los problemas sociales y ambientales que padecemos.

Cerca de la tercera parte de la población económicamente activa del mundo está desocupada o sub-ocupada; la pobreza crece tanto en términos absolutos como relativos. A diario, miles de niños mueren de hambre debido a causas evitables ligadas a la pobreza y la desnutrición. Se dice que los niños y jóvenes son el futuro, la tercera parte de la población mundial, pero la mayoría no tiene otro porvenir que la miseria, ni otro presente que el sufrimiento. Un nuevo feudalismo se cierne en nuestro mundo, el 20 % más rico de la población mundial es dueño de aproximadamente el 80 % del PIB mundial. La desigualdad social, que siempre existió, se desbocó con la globalización alcanzando proporciones “grotescas” y poniendo en tela de juicio las teorías del derrame que postulan que el crecimiento económico puede resolver por “chorreo” los problemas de equidad e injusticia social imperantes.

Mientras que la riqueza es acaparada por una minúscula minoría, la mayoría de los habitantes del planeta permanece sumida en la extrema pobreza. La brecha entre los ricos y pobres crece en todas las sociedades, entre países y regiones. Pavorosamente, la mayoría de los pobres son niños y la mayoría de los niños son pobres sin ningún futuro. Las muertes por hambre se deben principalmente a desnutrición crónica. Mitigar el hambre no requiere de cuantiosos recursos, sin embargo las sociedades prefieren invertir esos recursos adquiriendo armas que son usadas en las guerras que destruyen el producto de la acción humana por generaciones. Nuestra civilización dispone de suficiente arsenal bélico para destruirlo más de 36 veces. Si se utilizará la cuarta parte de los presupuestos de defensa, se eliminaría el problema del hambre en todo el planeta. Sin embargo, como lo apuntó Gandhi, “el mundo tiene suficientes recursos para todos los seres humanos, pero no los tiene para satisfacer sus codicias”.

Los mercados financieros mueven diariamente más de 2 trillones de dólares premiando las ganancias de corto plazo y desalentando inversiones de largo plazo. La ganancia cortoplacista constituye el parámetro actual del comportamiento racional de las empresas. La pretensión de que todo tiene un precio, hace que el dinero sea el más alto de los valores que la sociedad enarbola, transformando al mercado en la institucionalización del individualismo, la codicia y la irresponsabilidad. Los mercados financieros, lejos de motorizar el financiamiento de proyectos generadores de empleo, se han transformado en verdaderos casinos globales. Las guerras de antaño se han transformado en mercado; el sufrimiento que éstas producían no se cuantifica en los campos de batalla sino en el campo social donde se libra la peor y más silenciosa de las batallas, la del hambre, la pobreza, la desigualdad y el desamparo.

Los múltiples estímulos que recibimos nos han anestesiado al punto de la insensibilidad frente al sufrimiento ajeno engendrando un individualismo desenfrenado por un sistema publicitario que se basa en la exaltación y culto a la personalidad y la superioridad. Hemos gestado una civilización que se vanagloria de sus superficiales y frívolas metas. Una sociedad no es necesariamente desarrollada porque disponga de cuantiosos medios materiales producidos al servicio del mero deseo aspiracional, sino cuando logra expandir las potencialidades humanas y comunitarias de los individuos que la conforman.

La mayor parte de la población mundial vive en ciudades con el aspecto contaminante que eso implica al corromper nuestra visión; esto se debe probablemente a la falta de contacto del ser urbano con un medio ambiente natural que le confiera paz y serenidad e inspire verdadera sabiduría, sensatez y cordura. Dado que, en las ciudades las personas quedan completamente escindidas del contacto con otras formas de vida que no estén domesticadas, el sentimiento de pertenecer al medio ambiente no puede cobrar vida y como resultado desconsideramos todo aquello que precisamente se necesita para vivir, como el agua, el aire y la vegetación. La contaminación de este mundo no solamente es química sino también espiritual. Padecemos una suerte de cercenamiento cognitivo que desnaturaliza nuestra íntima relación con la naturaleza, lo que queda reflejado en nuestras cotidianas acciones.

Es por eso que el desarrollo no debería comenzar en los mercados, sino en la gente. El desarrollo de las capacidades humanas, el aprendizaje de los modos de relacionarse y de hacer las cosas, la energía social y comunitaria que pueden ser desplegadas tras objetivos compartidos; más que factores materiales se requiere de la formación de nuevos comportamientos, de una ética de responsabilidad individual y social, de determinados hábitos de trabajo y métodos de organización humanizados espiritualmente sanos: un desarrollo que quisiera denominar como “desarrollo responsable”.

Sin embargo, el mundo de hoy nos impone la irresponsable cuantificación elefantiásica y el resultadismo cortoplacista. ¡Error! Es imperativo que la calidad complemente a la cantidad. Las cifras elevadas no siempre reflejan un espíritu optimista, pueden indicar monstruosidades, epidemias, desastres y extinciones. Vivimos hoy la paradoja de constatar que la aceleración del crecimiento económico suele estar acompañada de la desaceleración del desarrollo social y ambiental. Pensar sólo en el crecimiento económico como objetivo de la sociedad, es equivocado pues claramente tiene un cariz canceroso. El término mismo puede representar un peligro potencial, si lo que crece es la deuda, el desempleo, la pobreza, la contaminación, la población, el costo de la vivienda, el colesterol o la obesidad. Aumentar puede significar declinar. Lo que en un tiempo fue la medida de progreso, hoy tal vez sea una mala señal que evidencia desequilibrios futuros.

Hay una paradoja subyacente entre dos poderosas visiones: la economicista, sustentada en el concepto de crecimiento material y la visión de la sostenibilidad, base mensurable de la “acción responsable”, basada en el concepto de desarrollo. Aunque frecuentemente se confunde entre estos dos conceptos, hay claras diferencias entre ellos: crecimiento es un aumento en tamaño o en número, mientras que desarrollo es un aumento en capacidad y potencialidad por lo que involucra el aspecto cualitativo. Así, por ejemplo, un basurero o un cementerio crecen, pero no se desarrollan, mientras que una persona puede desarrollarse aún después de haber dejado de crecer. Si bien la palabra “desarrollo” apunta claramente a la idea de cambio direccional, es válido afirmar que el desarrollo no significa necesariamente crecimiento cuantitativo. En la sociedad, el mejor reflejo del crecimiento económico es el nivel de vida, mientras que el mejor reflejo de su desarrollo es su calidad de vida. Claro está que la calidad es mucho más difícil de tratar que la cantidad, de la misma manera que el ejercicio de juzgar es una función más alta que la habilidad de contar y calcular.

La mayoría de los consumidores desconocemos hasta qué punto los productos que consumimos pueden afectar al medio ambiente y tal vez peor, ignoramos cómo muchas empresas operan explotando brutalmente a sus trabajadores, a veces niños, valiéndose de la precaria condición laboral admitida en muchos países bajo el imperativo de las ventajas competitivas. Mientras ello suceda el intercambio global de mercancías nunca será justo. La nivelación del mercado mundial exige un cambio profundo de conciencia, una transformación cultural que redefina el concepto de desarrollo desde una nueva perspectiva. Debemos idear un nuevo concepto, el del “desarrollo responsable”.

Vivimos en un mundo de obsolescencia programada donde se consumen miles de toneladas de bienes sin tener en cuenta la cantidad de basura que se genera y no se internalizan los costos de su procesamiento o aquellos derivados del empeoramiento de las condiciones ambientales. Muchas empresas, que en un tiempo fueron inspiradoras de progreso están provocando la obsolescencia intencional de bienes durables, convirtiéndose en instigadores de la destrucción medioambiental. Nuestras decisiones económicas descartan los impactos adversos que pudieran sufrir las generaciones futuras. El fenómeno del cambio climático debido a la acción antrópica, la creciente desertificación y pérdida de superficie cultivable, las crecientes tasas de extinción de especies con la consiguiente pérdida de biodiversidad, la fragmentación de nuestros bosques y la expansión de los basurales y las zonas arrasadas por la acción humana revelan un comportamiento alejado de toda responsabilidad.

Vivimos en un mundo de miseria. La gran mayoría de las personas no tienen las mínimas necesidades básicas satisfechas para tener una vida digna. Ya me he referido a la pavorosa pobreza y desigualdad que se expande por el mundo. Pero está también la miseria del consumista desbocado que no atiende al daño ambiental que contribuye a generar. Los lujos de nuestros padres son nuestras necesidades. Nunca como hoy, el hombre ha tenido a su disposición medios materiales tan eficaces pero nunca como hoy el hombre se ha visto a sí mismo tan privado de valores que le confieran sentido a su vida. La funcionalización de la vida nos convierte en meros engranajes de un sistema alocativo-productivo y nuestro sentido de pertenencia se limita al lugar que nos toca en determinado segmento del mercado. Trabajamos en lo que odiamos para consumir lo que no necesitamos. La sociedad moderna y el enajenado racionalismo de mercado se encargaron de producir gente enferma para tener una economía sana al servicio de la ganancia de unos pocos. Las personas nos hemos convertido en productores, consumidores, cifras, estadísticas, horas de trabajo y en esa transformación los sueños de democracia, libertad, solidaridad y ciudadanía han dado paso a una vida cotidiana de agresividad, codicia y competencia, una vida que sólo se realiza al penetrar los umbrales de esos no-lugares que son los shopping centers.

El modelo productivista de pensamiento ha servido al consumo (como etapa final en el proceso de producción) y no al consumidor que está cada vez más inmerso en esa miseria que origina la ausencia de sentidos y significados, la miseria de la indiferencia, la apatía, de la falta de solidaridad y tolerancia entre las personas. Peor aún, este modelo elefantiásico de crecimiento ha transformado en seres desechables a todos aquellos que no posean acceso al crédito; los pobres, por sus escasos niveles de ingreso, los ancianos y enfermos terminales, por la esperanza de vida limitada que tienen y las minorías étnicas, por estar al margen de la marea consumista.

Hay sociedades “pobres” que tienen demasiado poco, pero, ¿dónde está la sociedad “rica” que diga: “¡Ya, paremos un poco, dejemos de competir, ya tenemos suficiente!”? Como lo afirmaba Ernst Friedrich Schumacher (1911 – 1977) en “Lo pequeño es hermoso”, hemos llegado a una instancia en que debemos buscar como sociedad la forma de “maximizar las satisfacciones humanas por medio de un modelo óptimo de consumo y no maximizar el consumo por medio de un modelo óptimo de producción”. El esfuerzo que se necesita para este cambio nos impele a la acción individual y colectiva responsable; a una verdadera transformación cultural; a sustituir nuestros hábitos de consumo; a desconectarnos de la red de marcas mundiales que nos mantiene atrapados en el darwinismo aspiracional; a cambiar nuestra ciega búsqueda de confort por una exploración interna en busca de verdaderos significados que den sentido a nuestras vidas.

Vivimos en el mundo de la diversión, de la búsqueda de la evasión. Divertirse proviene del latín divertere que significa alejarse, ir más allá, evadirse. Todo aparece de improviso y desaparece velozmente. Se busca la rapidez, la superficialidad del impacto emotivo y toda la cultura se termina reduciendo al aislamiento del “zapping”, a la búsqueda de lo evanescente, de lo insustancial y, en ese proceso, la miseria se extiende a todos los órdenes de la vida. El hombre, cosificado en audiencia, desfallece ante la velocidad misma del hombre y se hace incapaz de recordar las atrocidades del mundo ante el bombardeo continuo de banalidades insubstanciales. Pasamos horas frente al televisor y así aprendemos que la pasividad ilusoria es “la” manera de relacionarnos con el mundo. Los mecanismos de producción cultural proponen una identidad precaria, mutable y desintegrada. Nos gratifica el éxito inmediato, cultivamos lo ilusorio, intentamos reflejar nuestro status en las marcas que consumimos para reconocernos y ser reconocidos por los demás.

Según numerosos estudios realizados en el ámbito de la psicología positiva, se ha demostrado que en la sociedad occidental, el poseer riqueza material y poder de compra no es precisamente sinónimo de felicidad y plenitud. Todo parece indicar que la correspondencia entre bienestar y bienes materiales es muy baja e incluso negativa. Si una persona se esfuerza por alcanzar un cierto “nivel de opulencia”, creyendo que la riqueza la hará más feliz, cuando lo logre proyectará escalar a otro nivel y así sucesivamente. La búsqueda de logros materiales tiene el límite de la situación de cada persona, pero los deseos no. Desde este patrón de comportamiento, a pesar de lo que se posea, siempre habrá insatisfacción y vacío existencial cuyo origen yace en lo que se denomina como “privación relativa”: una suerte de envidia, que hace que las personas evalúen sus posesiones no en términos de lo que necesitan para vivir bien, sino que se realiza la comparación con aquellas otras que tienen más, y como resultado se llega a la frustración y la infelicidad. La búsqueda desenfrenada de bienes materiales, lejos de proveernos plenitud, desvían o mejor dicho desvarían nuestras energías haciendo que nuestra sensibilidad hacia valores como la amistad, el trabajo comunitario, la cooperación, la introspección, el arte, la literatura, la filosofía, la reflexión, la meditación, etc., decrezca. No somos nuestro empleo, no somos el auto que tengamos, no somos los viajes que hacemos, no somos el dinero de nuestras billeteras y mucho menos los bienes que poseemos…

Millones de personas toman píldoras para dormir, para despertarse, para adelgazar, para la ansiedad, para la depresión, para estimularse, para la musculación… Más de 450 millones de personas en el mundo sufren de depresión. El consumo de antidepresivos, hipnóticos, sedantes, tranquilizantes, psico-estimulantes, ansiolíticos y neurolépticos se incrementa cada año. La farmacoterapia termina produciendo dependencia psicológica. Mucho se ha dicho sobre las adicciones: Adicciones al alcohol, al tabaco, a las drogas, a las comidas, al sexo, ciberadictos, trabajólicos, adictos a la TV, etc. La propagación de tantas adicciones no hace otra cosa que mostrarnos el grado de enfermedad que nuestra sociedad está alcanzando. Más aún, la vida en los centros urbanos nos impone otras adicciones y nos ha habituado a un estado de conciencia tan apático que nos hemos convertido en adictos a la mediocridad, a la anomia, al desgano, la indiferencia y la insensibilidad.

Vivimos en una sociedad que desalienta la audacia, que pretende encolumnarnos detrás de las expectativas hedonistas y consumistas que el modelo productivista nos trata de imponer desde la televisión. Hedonistas, porque parecería que el máximo objetivo a alcanzar es el placer de la tenencia material. Un placer que al buscar su satisfacción donde no debe, ensancha la frustración. No es en un nuevo perfume donde hallaremos la posibilidad de encontrar una pareja, ni en un automóvil la solución a nuestras inhibiciones. Consumistas, porque se pretende equiparar la potencia del ser humano con su capacidad de compra. El éxito estaría en relación directa con el inventario de objetos suntuarios que se poseen y en esa carrera ilusoria, las cosas dejan de servir a las personas, pasando las personas a ser siervos de ellas. En la sociedad de hoy, la imagen está por encima del pensamiento, se privilegia lo que se “ve“. Así, una 4X4 es mucho más visible que la ternura, la solidaridad o la honestidad. La radiografía de muchas personas a las que “les va bien” se caracteriza por el pensamiento moldeable, las convicciones sin firmeza, la pusilanimidad en sus nulos compromisos, la indiferencia ante la necesidad ajena, el relativismo moral, la ideología pragmática; suelen tener normas de conducta basadas en lo que está de moda y en la idolatría a la imagen, vidas que se asemejan a una desteñida publicidad televisiva.
Estamos perdiendo de vista aquello que nos hace feliz. Nos gustaría ser más altos, o más delgados, o más rubios; más algo respecto de los demás. Jamás estamos satisfechos con el dinero que ganamos y raramente con el trabajo que hacemos. La disconformidad no es, en sí misma mala, ya que puede estimular la búsqueda. El problema es que la sociedad del consumo ha inoculado en nosotros un plus de insatisfacción para transformarnos en los ávidos consumidores que el mercado requiere para su funcionamiento. La devastadora espiral del consumo que desvela a la economía de mercado se basa en que nadie esté conforme con lo que tiene y dicha insatisfacción, por sutiles mecanismos, va en dirección de su propio beneficio. Convertimos al consumo en nuestra droga, nuestro calmante existencial.

Hemos asimilado ideas que, como los muebles de una vieja casa, permanecen en el mismo lugar durante décadas y, dirigen cada movimiento en los hábitos de nuestro pensar y accionar. Las albergamos, pero sin saberlo, nos gobiernan. Somos una sociedad de enajenados que sólo cumplimos con el ajeno deseo social que nos pauta cómo trabajar, cómo amar, cómo distraernos, en definitiva, cómo ser no siendo. Incluso hemos degradado palabras imprescindibles para el desarrollo de una ética trascendente, palabras como virtud, amor, felicidad, compasión, plenitud y responsabilidad. Nos hemos convertido en ignorantes sin ninguna formación en un tema que, entre todos los concebibles pareciera ser el más trascendente, el conocimiento de uno mismo, la fuente generadora de toda acción responsable emanada de la sabiduría esencial.

Vivimos en una sociedad hipermóvil. Nuestra organización ya no se basa en asociaciones prolongadas basadas en la lealtad, la responsabilidad y el compromiso. Estamos movidos por asociaciones pasajeras, que son a la vez competitivas, interesadas, parasitarias y depredadoras. Perdimos de vista el placer por compartir. El amor al prójimo ha sido reemplazado por el miedo al prójimo. El miedo a que nos quiten el trabajo que tenemos, miedo a que no nos den el trabajo que necesitamos, miedo a que nos roben lo que poseemos, miedo a que nos maten porque nos interponemos en la frenética tarea por juntar más y más cosas. Nos encerramos en nuestros hogares, instalamos alarmas, tendemos cercos, compramos armas de fuego, y en nuestra soledad nos dedicamos falazmente a acaparar y consumir. Estamos gobernados por el deseo y el miedo, el contrasentido de la responsabilidad consciente.

La corrupción y el “sálvese quien pueda” están presentes en cada momento. Corrupto es aquel que se apropia de lo que no le pertenece, aprovechando alguna situación de poder. El hedonismo social engendró políticos que buscan “acomodarse” sin considerar a sus representados. La búsqueda del poder, ese gran afrodisíaco egocéntrico, tiene por objeto acceder a la enorme maquinaria estatal para distribuir empleo entre los obsecuentes del ganador. La participación política ha sido reducida a un vacío en el que el marketing político reemplaza a las ideas y el dinero a los votos. Los medios masivos de comunicación son funcionales a este vaciamiento de contenido social ya que intencionalmente fabrican y moldean la opinión pública al servicio de intereses espurios.

Tal vez como nunca en la historia estamos siendo testigos de una tremenda paradoja, la creciente inseguridad que experimentamos frente al futuro es percibida como una consecuencia del desarrollo económico, o sea precisamente del esfuerzo colectivo cuyo sentido no es otro que proporcionarnos dicha seguridad. Es pertinente preguntarnos si la modernización de la vida, sin ningún tipo de consideración por los valores humanísticos y espirituales, ha producido resultados positivos. Los problemas sociales y económicos que nos aquejan, no son producto de la escasez de recursos materiales o de la perversidad que nos infiere la naturaleza y el contexto, sino de nuestra deficiente condición para darnos cuenta que cada uno de nosotros es parte del problema. No vemos que no vemos. Las revoluciones no cambian una sociedad. Los verdaderos cambios históricos y sociales ocurren cuando un número suficientemente grande de individuos en una sociedad, madura hacia un nuevo pensar.

Ningún sistema social o económico o teoría económica alguna se sostiene por sus propias bases: están inevitablemente erigidas sobre una plataforma metafísica, es decir un punto de vista básico que se tiene sobre la vida, su significado y su propósito. Los sistemas sociales no son sino las encarnaciones de las más esenciales actitudes, cualidades y aspiraciones del ser humano. Hasta hoy, nos hemos adoctrinado en el empleo ingenioso de la tendencia humana a la codicia, el individualismo y el egoísmo como motivador de nuestra acción. No hay razón para separar el desarrollo humano de la eficacia en el ámbito de los negocios y el trabajo. No hay necesidad de negar que el consumo, la riqueza, la educación, la investigación y muchas otras cosas son necesarias en cualquier sociedad, pero lo que si es necesario hoy es una revisión de los fines a los que se supone sirven estos medios. Se trata de constituir las bases de una civilización sostenible que considere al sujeto como meta y punto de partida: un “desarrollo responsable” asentado en la interiorización del potencial humano y que se erija en una verdadera guía para la acción individual impecable.

Necesitamos consolidar un enfoque sistémico-holístico que reinterprete e interrelacione los conflictos de la actualidad en el ámbito de la política, la economía, la ética contemporánea, la ecología y la psicología con vistas a un renacimiento personal fuente de la transformación cultural que recree un nuevo modelo de ser humano que ilumine el camino de los tiempos venideros. Un nuevo viraje en donde lo humano represente “EL” valor primordial del que pende lo económico y no a la inversa. Resulta imprescindible promover una percepción integral en donde el hombre pueda vivir adaptando sus intereses al medio y no el medio a sus intereses. Se trata de construir, no sólo un nuevo orden económico más justo, sino uno existencial. Sistemas económicos alternativos libran batallas en una guerra que no pueden ganar, a menos que encuentren algún fruto surgido de una visión más humana y espiritual. Es necesario promover una transformación cultural que fortalezca los valores humanísticos y espirituales con miras a convertirlos en la auténtica infraestructura de la sociedad.

Es necesario sintetizar una teoría del desarrollo integral responsable, que sea comprensible para todos y cuyo resultado promueva la realización del esfuerzo común de todos en beneficio de todos. Más allá de las super-estructuras de los gobiernos y burocracias, hay vastos recursos en los pensamientos y la cultura de la gente, que aún no son tenidos en cuenta. Es la diversidad la que posibilita a la sociedad expresar su propio potencial subyacente; por eso hoy adquiere particular relevancia la necesidad de descentralización. Las ideologías que buscan implacablemente el control y la dominación, descartan toda posibilidad de trascendencia. Se hace necesario descentralizar el poder político y económico con miras a una mejor redistribución de la riqueza, entendida esta en el sentido más amplio de la palabra; porque la riqueza espiritual, hoy más que nunca, también cuenta. Es allí donde se inicia el proceso de desarrollo, en el interior de cada uno. Retornar a una concepción comunitaria de la sociedad, en donde los individuos participan y re-significan valores e ideales, no basados únicamente en leyes y reglamentos, sino asentados en lazos afectivos, amorosos, solidarios y humanitarios.

La meta por lograr es un cambio de valores en el que se desplace la competencia por la cooperación, el crecimiento material por el desarrollo espiritual, el resentimiento mutuo por la cocreación participativa. Se necesita de una cultura política de profunda implicación ciudadana que dé lugar a compartir los beneficios del progreso material, cultural y espiritual de la humanidad y que se base en cuatro metas esenciales: generar ideales colectivos altruistas, educar al ser humano, instruir en las buenas prácticas de la virtud e incorporar a las personas en movimientos de participación social con sentido comunitario.

El mundo del mercado trata de vendernos algo que en realidad, no tiene: acceso a una vida plena. La economía puede ofrecer muchas cosas para experimentar una vida plena: bienestar material, comodidades, confort, entretenimiento, diversión y ciertas formas de conocimiento. Sin embargo no puede proporcionar empatía social, valores y sentimientos profundos de comunión con el prójimo. Están quienes necesitan y quienes pueden dar. Sin embargo, la clave está en darse cuenta que todos somos “compartidores”, ya que la satisfacción de una necesidad material de unos, sería la satisfacción de una necesidad espiritual de otros. Trabajar juntos y responsablemente para reparar los daños de la escasez, tanto material como espiritual.

Imaginemos un mundo donde las personas aprendan por siempre, un mundo donde lo imaginado sea más interesante que lo conocido y tanto la curiosidad como la intuición contara más que el conocimiento instrumental. Imaginemos un mundo donde lo que regaláramos fuera más valioso que lo que retuviéramos, porque eso es lo que recibimos de otros; un mundo donde la alegría no fuera sólo una palabra, y no estuviera prohibido jugar después de alcanzar la adolescencia. Imaginemos un mundo donde el negocio de las empresas fuera imaginar los mundos donde todos los seres humanos quisieran vivir algún día. Imaginemos un mundo creado por la gente, con la gente y para la gente.
Es necesario superar la fragmentación social mediante la articulación, el aislamiento mediante la asociación y el encuentro en el que los valores de la convivencia humana, gobiernen por sobre la codicia de la ganancia no compartida. Es necesario construir un sistema global de economía solidaria, una economía que no se asiente en la codicia del enriquecimiento a costa de los demás, sino que represente una nueva moral, que vincule nuestra búsqueda de auto-realización con el bienestar del prójimo. Es preciso mostrar con experiencias exitosas, que la economía solidaria y la innovación social, bases del “desarrollo responsable”, es una mejor alternativa a la salvaje lucha darwinista por la supervivencia que propone el mercado deshumanizado. Es necesario confirmar que las pretensiones de legitimidad de los intereses particulares pueden dirimirse en un espacio democrático, compartido y participativo. Esta estrategia sólo puede consolidarse mediante una verdadera transformación cultural que comience en las personas.

Se trata de que cada uno de nosotros, los sujetos del “desarrollo responsable”, reinvente una relación comprometida con la realidad en su propio ámbito. Cada uno de nosotros, cada idea, cada emprendimiento, cada acción e iniciativa, cada conversación, importa. El mundo nos necesita más que nunca, necesita que tratemos sus problemas desde la raíz, penetrando sus más profundas causas y no, sólo atendiendo sus síntomas. Se requiere de nosotros que atendamos consciente y responsablemente las consecuencias de nuestras acciones, y así seamos capaces de imaginar y crear las condiciones para que el ser humano no viva en beneficio del desarrollo, sino el “desarrollo responsable” en beneficio del hombre.

Fuente: Capítulo de mi autoría publicado en el libro Espiritualidad y Política editado por Cristobal Cervantes y publicado por la Editorial Kairos en el 2011. Puedes hojearlo aquí.

“Comunicación responsiva”

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Por medio de este post, agradezco la invitación que me hiciera Silvia Albert para participar en el evento y publicación: Perspectivas wellcomm de la comunicación 2014. Se trata de la 5ta. edición de una iniciativa que procura atisbar la tendencias vinculadas al mundo de la comunicación a partir del ejercicio de identificar talento y reunirlo con el objetivo de destapar e identificar las claves que marcarán la evolución del sector de la comunicación, periodismo, social media y gestión de talento durante el año y proponer las bases de un nuevo debate. Aquí puedes ver el texto completo y todos los aportes de los participantes.

El leit motiv de este año es: Inspiración, innovación y Cambio y tiene la intención de provocar al sector, inspirarlo, removerlo, apuntando a ese cambio hacia el que debemos dirigirnos. Se ha armado una lista de twitter con todos los participantes de la edición.

Partiendo de una tendencia emergente y muy difundida hoy en el ámbito del diseño web denominada como “responsive design” o diseño “responsivo” o adaptativo, intenté extrapolar el concepto y llevarlo al ámbito de la comunicación. Es por eso que titulé a la presentación como “Comunicación Responsiva”. El diseño responsivo es una configuración diseño web que responde al tamaño del dispositivo desde el que se está visualizando la web, adaptando las dimensiones del contenido y mostrando los elementos de una forma ordenada y optimizada sea cual sea el soporte desde el cual el contenido se visualiza: una PC, un celular, una tableta o una TV de gran porte.

El concepto llevado al ámbito de las comunicaciones parte de la premisa de que cuando se analizan muchos problemas en la gestión de las empresas, tanto en lo que se refiere a la relación con los stakeholders externos (clientes, accionistas, gobierno, sociedad civil…), como a nivel interno (empleados, gerentes, proveedores…), es posible identificar tensiones derivadas de descuidos comunicacionales que dan lugar a notables fallas de coordinación. Estos problemas se derivan de una variadísima gama de fricciones estructurales, socio-culturales o tecnológicas. Una “comunicación responsiva” eficaz priorizaría el proceso de escucha activa sobre el mensaje comunicado para adaptarlo contextualmente a las características y necesidades del interlocutor. Sea mediante la utilización de canales de chat, la interacción en medios sociales, la difusión de comunicados de prensa, o la publicación de infografías o videos, la “comunicación responsiva” requeriría destilar los patrones de comunicación esenciales que se desean transmitir para adaptarlos coherentemente al tipo de discurso que mejor cuadra con el receptor considerando el tipo de audiencia y género, el país en el que reside, la cultura que lo abriga y las características del medio desde el cual se difundirá el mensaje.

Muchos de los conflictos actuales devienen de la incapacidad de asimilar una escucha asertiva. Hoy sabemos que la comprensión del otro es más efectiva que el intento por controlarlo. Pero para comprender hay que asumir un rol más facilitador que influenciador. Una buena “comunicación responsiva” supondría un delicado equilibrio entre cuándo comunicar y cuándo escuchar, lo cual sólo puede acontecer mediante la inclusión participativa del otro a partir de acciones más que de palabras.

Para articular la “comunicación responsiva”, sería necesario usar modelos e identificar mapas que nos permitan segmentar los diversos «sistemas de valores», «modelos mentales» o «visiones de mundo», cómo prefiero llamarlos yo: vMemes o Memes de valores. En Crearquia, nos basamos en el modelo de la Dinámica Espiral Integral (sDi) para realizar los diagnósticos culturales. Los vMemes o Memes de valores son configuraciones básicas o atractores estadisticamente representativos a través de los cuales una población, que no sólo es demográficamente diversa sino también está psicográficamente dispersa, absorben y establecen los sistemas interpretativos de la realidad circundante. Creemos pensar que nuestra forma de ver e interpretar la realidad es la misma que poseen los demás. Sin embargo, ello es un error que se puede pagar caro a la hora de comunicar.

Si la cultura puede ser pensada como el protocolo o estandar comunicacional de una sociedad, cada uno de nosotros opera con un sistema operativo particular que se adapta a este. Dicho sistema operativo particular permite ver, interpretar y actuar según sus posibilidades bio-psico-socio-culturales. Entender cómo funciona ese sistema operativo, que tipo de “versiones” existen, cómo interactuar con cada una de ellas es parte de la configuración de un mapa necesario de realizar a la hora de tomar decisiones estratégicas, intervenir y comunicar. Desde Crearquía trabajamos convencidos de que no sólo es posible realizar ese mapeo cultural a partir de analizar el perfil de valores de una audiencia, los indicadores de cambio de estado y descubrimiento, sino también diseñar intervenciones comunicacionales y activas a partir de un propósito definido y a medida de las necesidades y motivaciones de los sistemas de valores o vMemes emergentes. De esta forma, las fricciones culturales se atenúan a través de un mayor nivel de inclusión comunicacional y participativa. El debate recién empieza …

Ver el Documento: Innovación, Inspiración y Cambio. Perspectiva Wellcomm 2014

TEDxAvCataratas

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El fin de semana pasado tuve el enorme placer de participar junto a Erika, mi amada mulher, en el Evento TEDxAvCataratas que organizó Sebastian Sastre junto a un notable equipo de colaboradores. El evento se realizó en el sorprendente auditorio del Parque Nacional de Iguaçu, en Foz de Iguaçu, un increible lugar para un maravilloso evento.

La organización fue impecable. Notable fue el set-up de filmación que contaba con un dispositivo de travelling y una grua de filmación que hicieron de la experiencia una verdadera inmersión TED a pleno.

Durante el día previo al evento, tuvimos la oportunidad de visitar las Cataratas del Iguazú junto a la mayoría de los oradores. Las Cataratas, tan imponentes y bellas como uno podría imaginarlas.

Según nos contaban, en esta época el caudal de las aguas se duplica respecto de la media anual. En algunos tramos del sendero del parque, se podía sentir el estremecimiento producido por las aguas, la naturaleza expresándose con furia y libertad y su energía vibrando en cada uno de los visitantes, casi una antesala de las emociones que, como sucede con todo evento TEDx, se pretende generar.

Llegado el día del magno evento, durante la mañana pudimos pasar revista a algunas de las TEDTalks más emocionantes.

Sin saberlo Ken Robinson, Elizabeth Gilbert, Jill Bolte Taylor, Sugata Mitra, Derek Sivers, Vilayanur Ramachandran, Charles Limb fueron quienes nos envolvieron en la magia de TED. Llegó la oportunidad para que João Belmont nos introdujera en el mundo de la creatividad y desmitificar alguno de sus aspectos ya que todos tenemos el potencial de ser creativos, sólo se trata de alcanzar un estado intencional para que ello acontezca.

A través de la proyección de un video, pudimos tomar contacto con las ideas y proyectos de Waldo Vieira esbozando lo que es la Concienciología, su concepto de democracia pura y su proyecto habitacional cultural denominado Cognópolis o “Ciudad del conocimiento”.

Luego tuvimos la ocasión de ir al comedor del Parque Nacional de Iguaçu, contiguo a la famosa Garganta del Diablo, a metros de la frontera con Argentina y gozar de un excelente almuerzo en formato “rodizio”.

Llegó la tarde y se acercaba el momento de mi presentación.

La sesión llevaba el título de “Liderazgo e Innovación”. Se comenzó presentando un video de Itay Talgam mostrando cómo dirigen los grandes directores de orquesta. Luego llegó el momento de las presentaciones de Ricardo Jordão Magalhães sobre storytelling, marketing y emprendimiento, la de Juan Bernabó, un gran emprendedor argentino que vive en San Pablo, quien habló sobre innovación disruptiva continua. Luego llego el momento de mi presentación. Confieso que estaba bastante nervioso ya que debía realizar mi “palestra” en un portuñol “estilizado”.

La presentación procuró ser una suerte de elogio u homenaje a los “hackers“; a quienes considero son los actores sociales que hoy por hoy encarnan los valores, las complejidades y, por qué no, las contradicciones, del actual momento histórico que nos toca vivir, el cual caracterizó como un verdadero cambio epocal, cuyo único precedente histórico, tal vez sea el renacimiento que termina con la edad media.

Habiendo estudiado tantas metodologías para facilitar el emprendimiento y desarrollo de las start-ups, como son el design thinking, el Lean Start Up, el Business Model Canvas, los métodos de desarrollo ágil, la programación extrema, el scrum, la estrategia de búsqueda de los océanos azules, etc., mi intención fue concluir que todas esas (y otras metodologías) se han desarrollado bajo el “chapeau” de lo que yo denominé como “hacking thinking“, razón por la cual, me permito concluir que es el concepto de hacking y la forma en que los “hacker” desarrollan su actividad, el verdadero modelo mental o visión de mundo que hoy marca la pauta de todas las transformaciones y disrupciones que estamos atestiguando. Actualizaré este post e incluiré el video de mi presentación cuando este se encuentre disponible.

Luego de un coffee break que me encontró más relajado, vino la sesión más emotiva de todas. Superación, actitud e inspiración fueron el leit motiv. Fue el momento de las presentaciones de Eduardo Marinho, quien contó su historia personal que lo llevó de ser un privilegiado miembro de una familia bien acomodada de Brasil a descreer del sistema, tan productor de infelicidad y miedo, y convertirse en un verdadero “filósofo de la calle” morador de favelas, lo que lo llevó a conectarse con la pobreza, con el arte, la energía de la calle, con la vida…

Finalmente, tuvimos la oportunidad de conocer una historia de vida conmovedora de un padre y un hijo. Se trata de Adolfo Celso Guidi y Vitor Giovani Thomaz Guidi. Vitor, a partir de los 4 años, comenzó a tener manifestaciones de una extraña enfermedad. Ningún médico en Brasil logró hacer el diagnóstico. Dejando todo, partieron para Buenos Aires donde le diagnosticaron Gangliosidosis una enfermedad degenerativa que muy rápidamente lo dejó postrado. Dado que se suponía no había cura para tal dolencia y que inevitablemente Vitor no viviría más de 2 ó 3 años, Adolfo, con tezón, comenzó a estudiar la enfermedad y encontró la manera de evitar el deceso de su hijo. No obstante, producto del proceso y de la total dedicación de Adolfo a su hijo, estuvieron a punto de perderlo todo. Hoy en día, Adolfo, no sólo cuida de su hijo, sino que ayuda otros dos niños que tienen la misma enfermedad que Vitor.

Como suele suceder con TED: uno se sorprende, se emociona y vibra. Las ideas e imágenes se suceden y convierten en un elemento aglutinante de una tribu que, tal vez sin saberlo y secretamente, ya está formada y actuando. Se trata de tanta gente que, apasionada por las ideas, ya somos conscientes de que vivimos un momento histórico que, no sin amenazas y riesgos, tanto está por construirse. Se trata de encontrar una nueva manera de organizarnos para construir la felicidad, de un nuevo humanismo. Esa es la propuesta que intuyo nos platea TEDx. Sea utilizando el enorme potencial que las tecnologías, sea potenciando la conectividad entre las personas y aprovechando ambos para realizar y hacer, como un modo de plenificar la propia vida.

A Sebastian Sastre, Wagner Dantas, Detrudes Dias, Luis Poletti y el resto del equipo, a los patrocinadores y todos quienes contribuyeron a que TEDxAvCataratas sea posible, no me queda más que agradecerles.

Las avalanchas de la Transmodernidad

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Artículo publicado recientemente en la Revista Crítica: Las avalanchas de la transmodernidad, Autores: Andrés Schuschny, ISSN 1131-6497, Nº. 985, 2013 (Ejemplar dedicado a: Redes sociales ¿necesidad o adicción?), págs. 57-60

Supongamos que tenemos un balde lleno de arena seca y lo damos vuelta de manera súbita en una mesa. Nada extraño parece ocurrir; simplemente vemos como resultado que se formó una pila de arena. Consideremos ahora que, muy sutil y suavemente, vamos lanzando desde arriba de a un granito de arena por vez. ¿Qué ocurriría? Eventualmente, se sucederán pequeñas avalanchas o deslizamientos de arena. La adición sucesiva de granitos de arena provoca un aumento de la tensión que termina causando avalanchas que se propagan a lo largo y ancho de la pila y cuyo tamaño puede variar de lo ínfimo a lo dramático. La pila alcanza un estado estacionario, donde la cantidad de arena añadida esta balanceada por la cantidad de granos de arena que se salen de la pila. En este “estado estacionario”, existen avalanchas de todos los tamaños. Si registráramos el historial del tamaño de las diferentes avalanchas que se producen cuando vamos añadiendo granitos de arena a la pila, ciertamente veríamos que, dadas las características de este sistema complejo, no existirá un tamaño típico o medio en las avalanchas. pila de arenaCiertamente, la mayoría de las avalanchas serán de pequeña magnitud, pero veremos también que se suceden (algo más esporádicamente) avalanchas de tamaños intermedios y, de vez en cuando, avalanchas cuya magnitud son comparables al tamaño de toda la pila de arena. La distribución del tamaño de las avalanchas no tiene ninguna semejanza con la famosa campana de Gauss, aquella que nos permitía definir el valor promedio y el tamaño del fenómeno parametrizado por la varianza de la distribución. En efecto, sistemas como la pila de arena poseen una varianza que resulta infinita.

Así como la pila de arena, existen numerosos fenómenos que no poseen un tamaño característico a partir del cual se nos facilite su parametrización y, por lo tanto, se posibilite su control (estandarizado o gaussiano) tal como si se tratara de un mecanismo maquínico. La universalidad de ciertos comportamientos se reafirma en diversos y distintos sistemas donde la contingencia, la rareza, la multiplicidad de eventos y los saltos de escala son la pauta de organización de estos sistemas. Sea que se trate de la volatilidad de los mercados financieros, las intensidades de las guerras, las visitas a las páginas web, las citaciones en publicaciones científicas, el tamaño de las empresas, la distribución de la riqueza, el tamaño poblacional de las ciudades y pueblos y la magnitud de las convocatorias a las más diversas movilizaciones ciudadanas; todos estos ejemplos comparten mucho de lo que se describe con la simple analogía de la pila de arena. Cada uno de estos sistemas es un todo consistente de un inmenso número de componentes en mutua interacción. Se trata de sistemas complejos que se auto-organizan en lo que se denomina como un “estado crítico”, altamente interactivo y relacional donde una perturbación menor puede conducir al acontecimiento de eventos, o avalanchas, de todos los tamaños posibles. En física de los sistemas complejos el fenómeno lleva el nombre de: Criticalidad Autoorganizada. Se trata de una de las explicaciones más elegantes que hay acerca del porqué la evolución de muchos sistemas complejos da lugar a distribuciones denominadas “power law” o leyes de potencias cuyas colas son anchas, es decir cuyos valores extremos son mucho más probables que bajo condiciones gaussianas, dado son distribuciones estadísticas que teóricamente poseen una varianza infinita, lo que hace que los fenómenos que se basan en estas distribuciones no poseen un tamaño típico o característico.

Vale pues de comprender sutilmente este tipo de procesos y de detenerse a reflexionar sobre sus posibles implicancias. Ciertamente, la utilización de la pila de arena no es más que una metáfora explicativa, un modelo de juguete que, como enunciamos, puede abarcar una gran variedad de fenómenos atribuibles a otros numerosos contextos. Está claro que ya no nos resulta sorprendente afirmar que vivimos un período histórico trascendente signado por colosales cambios, disrupciones y rupturas, discontinuidades y crisis. A distintas velocidades y con distinta magnitud, es posible afirmar que en todas las sociedades, el cambio siempre se vio encaminado por el impulso de tres elementos básicos: (i) la tecnología, (ii) las instituciones y (iii) los sistemas de valores. Sin embargo, vale destacar que, si bien los sistemas sociales, políticos y económicos evolucionan de modo incremental, hoy somos plenamente conscientes de que la tecnología revoluciona de manera exponencial. Destaquemos, que lo determinante de una innovación hoy, no es ya la creatividad que deriva en una tecnología, sino la capacidad de sus creadores de convencer a la sociedad de la necesidad de su uso y, al adoptarlos por una creciente mayoría, de persuadir al resto de la necesidad de transformar aquello que esa tecnología provoca transfigurar. Indudablemente, los cambios tecnológicos afectan inicialmente, como resultaría obvio, a aquellos vinculados con esa tecnología; sin embargo, más allá de cierto umbral, la disrupción de los cambios acontece en otros ámbitos de la sociedad.

El gran dilema se presenta cuando nos damos cuenta de que hemos desarrollado visiones de mundo o modelos mentales que ya no responden al imperativo de esta transformación emergente que testimoniamos. Durante todo el período de la modernidad en que se desarrolló el paradigma tecno-industrial se constituyó una mirada del mundo que nos alienó ante la omnipotente presencia de la máquina y lo masificado. Construimos una sociedad (gaussiana) de masas que nos deshumanizó y nos arrastró al sufrimiento del existencialismo, al psicoanálisis y la asidia: la versión unidimensional del ser humano producido a escala. El mundo se entregó al invariable orden disciplinario de la normalización y condenó aquello que era señalado como “anormal”. Todo era sujeto a medición ocupando una ubicación desprivilegiada en un universo gaussiano de campanas cuantificadas por valores medios y varianzas. Así se constituyeron los Estados-Nación organizados alrededor de valores generalizados como los que circundan los conceptos de patria, familia y tradición, los mercados masivos o la colectivización generalizada, la producción seriada y masificada, la escolarización supervisada al servicio del disciplinamiento generalizado, la cultura de masas promovida por las mediaciones verticales gestionadas por los diarios, la radio o la televisión, el sentido común, la opinión pública, etc.

Llegaron luego los años ’60 con todo su emerger libertario motivando la inauguración del movimiento posmoderno, signado por el relativismo cultural, el da lo mismo, la fragmentación, el aislamiento y el desorden del ruido. Decretándose el “fin de los metarrelatos”, el movimiento posmoderno se desarrolló olvidando o descartando la complejidad de las redes, suprimiendo el potencial de auto-organización de la sociedad y su complejidad inherente.

Hoy, nos toca peregrinar la transmodernidad: un mundo que ya no puede apelar a la dicotomización entre lo “normal” y lo “patológico”; un mundo de “pilas de arena” y “cisnes negros”, de sorpresas y shocks, un mundo conectado global y localmente en forma simultánea, y signado por la multimedialidad, la hipertextualidad y la interactividad multicultural; un mundo en el que puede que, por ciertos períodos de tiempo, como ínfimas e irrelevantes avalanchas de la pila, no sucedan acontecimientos importantes o significativos pero que, de vez en cuando y fruto de la acumulación de tensiones y expectativas, emerjan colosalmente grandes disrupciones que alteran el “no-orden” de lo establecido: sean estas signadas por la súbita aparición de innovaciones disruptivas y tecnologías emergentes originadas por un grupo de emprendedores, “hackers de garaje”, sean por la viralización de rumores que desatan crisis financieras, ataques especulativos o corridas bancarias, sean por la irrupción casi espontánea de una tribu urbana, una subcultura marginal que de repente y porque sí, se erige súbitamente en fundadora de un nuevo paradigma “cool”, sean por la auto-convocatoria de movimientos o movilizaciones sociales, tal como sucedió con la primavera del norte de África o el movimiento 15M. Se trata de un mundo estimulado por el bombardeo de una variedad capaz de liberar, si las condiciones de tensión social lo favorecen, las fuerzas de lo emergente, sin control alguno y más allá de toda escala, evadiendo cualquier tentativa de normalización o definición de tamaño característico. Se trata de un mundo que inusitadamente se activa en el nivel macro por una innumerable cantidad de micro-fenómenos (como sucede con los granitos de arena) y que cuando el sistema yace tensionado puede engendrar macrofenómenos de naturaleza catastrófica, revolucionaria y transformadora.

Fruto de nuestro pasado “normalizador”, persiste aun el mito de que cada micro-cambio individual, que colectivamente conforma esta avalancha de cambios sin precedentes, se puede analizar, tratar y predecir. Como sucede con la pila de arena, cada micro-cambio, es tanto interactivo como acumulativo. Esos cambios no son lugares de llegada, sino parte de un sendero, en el que a cada paso todo se modifica. El cambio transcurre en múltiples niveles, cambia el juego que nos toca jugar, cambia nuestra forma de percibir el juego, cambian las reglas del juego, cambia la manera en que cambian las reglas del juego y, más profundo aún, cambiamos nosotros mismos. En un principio, el cambio puede ser visible y ocurrir tan sólo en lo exterior. Luego aparecen y se engendran nuevos tipos de instituciones, nuevos sectores económicos, nuevos actores sociales, nuevos modos de interacción social. Indefectiblemente el cambio nos alcanza a nosotros. El sendero de la evolución es irreversible y no retorna hacia atrás.

Este mundo transmoderno cala en lo profundo y nos sumerge en la ansiedad de un incesante flujo de aprendizaje sin límites, exponencial y desordenado. Si esta idea es la idea del mundo real, donde se sucede lo dinámico y complejo, debemos entonces aceptar el cambio y la fluctuación como inevitables y signarnos por el devenir de un tiempo orgánico, multidimensional e interdependiente; la historia acontece en incesante y fluctuante actualidad donde pequeños actos o eventos localizados, pueden prefigurar la transformación de toda la sociedad en la que estos acontecen. Una pequeña movilización en un barrio frente a un reclamo de carácter local, un post de un blog, un comentario en twitter o un video en youtube tienen (en potencia), en un contexto de estrés, la capacidad de desencadenar una secuencia inesperada de eventos.

El real impacto de estos eventos puede ser cuestionado pues no alcanza con la simple viralización de contenidos. Porque, si de transformación e innovación social se trata, llegó la hora de que brote un renovado concepto de ciudadanía y, para que ello suceda, es necesario que la sociedad encuentre la debida inspiración y guía. Toda transformación epocal se ha visto signada por un actor social que la legitima y encarna. Si el pasado de la modernidad, del paradigma tecno-industrial estuvo representado por la figura del empresario, la transmodernidad que hoy vivimos, está siendo encarnada por el referente social que, poco a poco, ya ocupa espacios de preeminencia en la elite. Me refiero al programador informático, al emprendedor tecnológico, al hacker. Los hackers, en su disfrute y pasión por superar retos y buscar alterar las limitaciones llevando al extremo la creatividad, nos muestran el camino para liberar el potencial de la sociedad. Los hackers, alejados de toda posible estandarización, en tanto personajes fuera de toda norma, con su inspiración, nos incitan a alterar el orden de la época, nos muestran que, como los granitos de arena que caen sin cesar, es a través de la experimentación, la recurrencia de la prueba y el error, de la exploración y el prototipado, el sendero merced al cual se llegará a la necesaria transformación cultural.

Revolución tecnológica, revolución informática, era digital, cultura hacker, sociedad de la información, sociedad-red; todas estas nociones se han instalado con gran rapidez y sugestiva facilidad, en los más diversos discursos y ámbitos de la sociedad. Aunque muchos no sepan con exactitud a qué se refieren estas nociones, cuáles son sus alcances, sus diferencias y más aún, la incidencia que están teniendo, han logrado concentrar el enorme poder simbólico de representar este gran cambio epocal que he expresado, la aparición de una nueva etapa en la civilización y en las posibilidades de la especie humana. Se suele afirmar que estamos emprendiendo una profunda e inédita transformación, en todos los niveles de lo que entendemos por realidad, en la que los avances tecnológicos ocupan el lugar central por ser la palanca de nuestra evolución como especie inteligente. Se trata pues de hackear la realidad, de hackear el sufrimiento, de transubstanciar las energías hoy, anodinamente aquietadas, del enorme potencial de lo humano con miras a cocrear el futuro venidero.

Fuente: Artículo publicado recientemente en la Revista Crítica: Las avalanchas de la transmodernidad, Autores: Andrés Schuschny, ISSN 1131-6497, Nº. 985, 2013 (Ejemplar dedicado a: Redes sociales ¿necesidad o adicción?), págs. 57-60

Reflexiones sobre el (no)presente y futuro del gobernar

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Aprovechando una visita que realicé a mi querida Buenos Aires, hace unas semanas mi amigo Luis Babino, Presidente de la Fundación CiGob (Fundación Desarrollo de Ciencias y Métodos de Gobierno) me invitó a esbozar algunas ideas acerca del entrecruzamiento entre la innovación, el diseño y la gestión de gobierno.

Partiendo de mi perspectiva lindera con lo “hacker”, confieso que no me resultó nada fácil reflexionar sobre la materia intentando trascender la mera crítica al estado actual de la “cosa pública”. Es tan grande la brecha que (en lo personal) observo entre el mundo de la innovación y la tecnología, hoy catalizada por esos “espíritus salvajes” que moran en el mundo emprendedor y el mundo de la política tradicional.

En primera aproximación, percibo a lo público, a la gestión de las organizaciones del sector público, como una maquinaria monolítica, como un pesado mecanismo ralentizado por prácticas burocráticas centralizadas heredadas del pasado jalonado por el milagro de Gutenberg y, cuyos marginales espacios de acción o movimiento han sido secuestrados por esa clase social tan necesaria como verazmente criticada, la de los políticos de turno.

Claramente, la labor de movilizar la innovación y de promover la mutación que este cambio epocal obliga, en el marco del sector público es una tarea colosal. Colosal por la aparente carencia de efectividad y de agilidad de muchas instituciones públicas, colosal por la falta de compromiso con el cambio de esa clase política que, aprovechando las ineficiencias del sistema, supo acomodarse y que hace que muchas instituciones públicas se tornen incapaces de experimentar, innovar y aprovechar al máximo los beneficios de las tecnologías hoy ubicuas y penetrantes; colosal por la ausencia, en muchos casos, de transparencia y accountability (rendición de cuentas); colosal pues se trata de instituciones que suelen transitar el mundo de los déficit crónicos, cuyos limitados recursos, a duras penas suelen alcanzar para financiar presupuestos regulares conformados casi totalmente por salarios.

No fue fácil interrelacionar la mirada que poseo acerca de la gestión ágil que se supone se plantea en el mundo de la innovación en la frontera con el funcionamiento del sector público, particularmente en el contexto de una región como la latinoamericana, tan demandante de transformaciones culturales y de necesaria evolución de su clase dirigente. Con todo, los vídeos que pongo a continuación (los de mi presentación) son un intento, en clave mayéutica / interrogativa, que procura ir en esa dirección. Sepan entender el salpicado de ideas y, tal vez, mi propia inconsistencia al expresarlas, aunque creo que algo de lo que expreso posee la coherencia necesaria para ulteriores elucidaciones. Ojalá les agrade la presentación y les despierta alguna que otra intuición. Todo comentario, como siempre, será tremendamente bienvenido:

Fuente: Sitio de la Fundación CiGob

Yo y la “moralidad líquida” emprendedora: “Faltan vínculos más firmes y duraderos”

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La semana pasada Clarisa Herrera del blog Pulso Social me realizó un reportaje en relación a mi anterior post: La Moral Líquida. Por lo que conversaba con ella, pareciera que el tipo de dinámica perversa que comento en dicho texto resulta estar presente en el mundo del emprendimiento con más frecuencia de la que debiera estar. Es por eso que ella se tomó el trabajo de conversar por skype un rato conmigo y resumir lo que modestamente intenté expresar en dicho reportaje. Con su autorización, transcribo a continuación el contenido de lo que se publicó en el post de Pulso Social, cuyo título es:

Andrés Schuschny y la “moralidad líquida” emprendedora: “Faltan vínculos más firmes y duraderos”

Este es otro de los artículos donde vuelvo a la primera persona porque la experiencia, me toca muy de cerca.
Desde un medio como PulsoSocial, que está inmerso y forma parte de la cultura emprendedora de la región, nos acercamos diariamente a emprendimientos que desaparecen de un día para otro sin dejar rastro, a inversores y aceleradoras que prometen desde la palabra más no desde los hechos, a “mentores” que coleccionan conferencias y presentaciones y hasta organizan cursos y capacitaciones, sin sustento real, sin credenciales válidas, sin resultados concretos.

Todos estos personajes “pululan”: se les da lugar, forman sinergias, se cuelan en las redes de networking, entusiasman a jóvenes emprendedores y engañan hasta referentes e importantes figuras de la industria, todo ello en el marco de la mayor impunidad.

Encontrar el resonante y catártico post de Andrés SchuschnyLa moral líquida” (un referente en el mundo de las ideas y el emprendedorismo en Argentina y Chile; parte de su CV lo describe como Licenciado en Física / PhD. en Economía, profesor, blogger, conferencista y con presencia en la ONU, hace pensar que se ha encontrado con “algo” de lo anteriormente mencionado y su perspectiva de lo “líquido” para abordar el fenómeno, es ciertamente interesante.

Brevemente, el sociólogo polaco Zygmunt Bauman define “lo líquido” como la retórica propia de la “Modernidad líquida” que nada tiene que ver con lo moderno en el sentido de la post-revolución industrial: la Modernidad Líquida se define por un contexto de época donde lo frágil es la norma. Existe un gran escepticismo respecto de las instituciones clásicas y sus grandes discursos normativos (Iglesia, Estado, partidos políticos, escuela, etc) que da lugar a un individuo que recae en sí mismo como tabla de salvación, atemorizado por construir relaciones y vínculos duraderos que en cambio pasan a ser fragmentados, transitorios, precarios, inestables, al servicio “del mejor postor del momento” con las nocivas consecuencias que eso pueda tener.

Schuschny traslada el concepto al ecosistema emprendedor tras comentar la desilusión e impotencia que genera trazar lazos que implican al menos tiempo (y quién sabe qué más) con gente que parece desbordar de virtudes y propuestas entusiastas y que eventualmente muestran lo superficial, oportunista y “líquido” de sus propuestas:

Clarisa Herrera: Todo quien conoce esta comunidad ve esta situación: cantidad de oferta y emprendedor entusiasta y poca demanda y éxito ¿qué consecuencias trae?

Andrés Schuschny: Hay un universo de oportunidades increíble pero escasez de foco a la hora de rentabilidad. La zona gris es que muchos desarrollan actividades sin todavía tener un sustento real de lo que hacen, sin pisar firme. La sociedad no tiene la capacidad de absorber tanto emprendimiento y los fondos apuestan a varios sabiendo que sólo uno o dos tendrán éxito. Hay mucho riesgo e inseguridad. Los jóvenes son entusiastas por naturaleza y a veces están en esta zona gris que es habitada por un montón de gente “con las antenas paradas” esperando a ver qué se puede hacer.

CH: ¿Qué relación hay entre emprender, lo “líquido” y el éxito?

AS Hay tantas posibilidades de generar oferta a medida de la necesidad del momento que eso genera vínculos líquidos o débiles: “estoy en contacto con esta persona por si tal cosa pero no le doy toda la atención o esfuerzo” y así con un montón de gente. Habría que generar emprendimientos más gelatinosos que líquidos, que haya un vínculo un poco más poderoso entre la gente que interactúa. Cuanto más se estrechan los vínculos, más posibilidad de generar algo real hay.

CH: ¿Hay algún factor contextual que impulse esta “liquidez” a nivel local?

AS: Los fracasos en LatAm aún no se capitalizan, sólo los éxitos, la cultura del fracaso en US se valora mucho, por eso en la región es más feroz y hostil fracasar. Es un ecosistema adverso donde también hay mucho de pertenecer, de comunidad aspiracional, una cierta codicia de estar ahí. Se explotan múltiples posibilidades al mismo tiempo porque se quiere tener éxito a toda costa, se tiene miedo al fracaso, no está permitido.

CH: ¿Te parece que hay alguna forma de normar estos vínculos líquidos? ¿Cómo evitar desilusionarse o ser engañado?

AS: Así como se normaron los derechos de propiedad con los Creative Commons y hay distintos tipos de licencia, hay que buscar una forma de normar, esto en el sentido de buscar distintos tipos de asociación, aunque sea en términos de lenguaje: declaraciones, distinciones, proclamas, promesas de acción, qué tiempo se le dedicará y qué se espera en tanto tiempo, una especie de template de cómo hacer acuerdos líquidos. Debe quedar claro que “si sale algo, te corresponde tal cosa”, un acuerdo relativamente explícito. Hay mucho de “hagamos esto, hagamos lo otro” pero cuando llega la hora de la verdad, de repartir porcentajes, de distribuir dinero vienen los problemas, de eso no se habla. Hay muchos nodos de oportunidad que se van abriendo y quedan ahí, sin concretar.

CH: ¿Qué tiene para aportar el mundo de lo colaborativo, lo asociativo en contraposición al mundo empresarial, del éxito y la productividad?

AS: Hay un mundo más del éxito, del triunfo y hay un mundo más verde, más open source, colaborativo, como que lo procomún es la solución a muchos problemas. Este último es muy lindo en la teoría pero a veces no obtiene los resultados que se buscan, es más teórico. El más yuppie o ligado al éxito es más efectivo y productivo, que busca el resultado. El otro mundo puede aparecer a veces como “charlatán”, como utópico. Yo justamente lo que siento es que hay que formar una síntesis que tome la efectividad del mundo del éxito y los valores del otro, del más colectivo. Esta síntesis no está, el contexto es bastante desfavorable y creo que son los grandes emprendedores, los exitosos, los que tienen que ser el faro que ilumine para que lado va la cosa.

Fuente: Andrés Schuschny y la “moralidad líquida” emprendedora: “Faltan vínculos más firmes y duraderos”

Clarisa Herrera
Clarisa Herrera
Licenciada en Comunicación Social. Periodista especializada en marketing, tecnología y analista de medios. Docente de Periodismo y Comunicación. Investigadora de tendencias, hábitos y comportamientos sociales aplicados a negocios. Bailo Jazz. En Twitter: @theguapa
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