Toda vida, toda existencia, toda manifestación es una condensación transitoria en que ciertos aspectos siempre móviles se cristalizan gracias a la acción de afinidades sutiles. El sustento de donde toda manifestación surge no es otra cosa que el propio cambio. Cambia, todo cambia, lo único que no cambia es el hecho de que todo cambia. Muy taoista…, ciertamente, por que el cambio se apodera poco a poco de la realidad, transformándose en ella.

Hoy en día, estamos alcanzando uno de esos momentos clave de la historia, en el que todo lo que fué se está volcando hacia todo lo que será y lo impensable se hace probable, estaremos rodeados de cada vez más Cisnes Negros.
Los prehomínidos existieron por unas 900 generaciones, los humanos inteligentes por 500. Han pasado más de 80 generaciones desde el nacimiento de Jesús. El control del fuego, la domesticación de los animales, el descubrimiento de la rueda, la fundición de metales, las herramientas, la imprenta, el dominio de la electricidad han sido algunos agentes del cambio social que estimularon a los seres humanos, a pensar de nuevas maneras, acerca de sí mismos y el mundo circundante, e influenciaron el desarrollo de sistemas sociales y culturales, hasta llegar a la sofisticación del mundo actual.
En los tiempos anteriores a la escritura el progreso dependía de la capacidad de los pueblos de recordar; la evolución era por demás lenta ya que estaba al arbitrio de la oralidad. Con la escritura, el conocimiento se independizó de su portador y del tiempo, pero no del espacio, había que disponer del sustrato del papiro, del pergamino, finalmente, del libro. Hoy, ESTAMOS CONECTADOS y el saber se ha liberado de estas restricciones. Cada nueva innovación, cada pensamiento novedoso, cada creación se hace inmediatamente accesible haciendo que la realidad se torne compleja, paradójica, complementaria y, a veces, contradictoria. El progreso acelera al progreso y en ese frenesí, nuestra manera estandarizadamente racional de pensar, que tiende a ser simple, lineal, unilateral y secuencial deviene en obsoleta.
Nuestra comprensión de la realidad se ha basado en una estructura lógica, que reivindica que el pasado causa al presente. Sin embargo, en el mundo interdependiente de hoy, los cambios no son lineales, y están plagados de rupturas, mutaciones y discontinuidades que, en esencia, son impredecibles. Nuestras expectativas sobre el futuro, son causantes de nuestras acciones presentes y por ello, aunque resulte paradójico, el futuro también causa al presente. Por eso, el tiempo de hoy es el tiempo orgánico y multidimensional de la interdependencia; la historia deviene en incesante actualidad prefigurando una sociedad continua.

Una característica de nuestro tiempo, es que no sabemos precisamente cuáles son las dimensiones reales de lo que sucede. La vieja lógica racional estructurada nos dice que si a = b y b = c entonces a = c. Nada es más matemáticamente incuestionable. Sin embargo, si tenemos en cuenta la vertiginosa velocidad de los cambios y el aturdimiento con que se actualiza la realidad, mientras efectuamos esa comparación a “puede haber sido” b y b “puede haber sido” c, con lo cual en el lapso de tiempo en que se compara a con c habrá llegado tal bagaje de información, que todo vínculo de causal entre a y c, queda a lo menos perturbado. Entonces, suponer que a = c puede ser un error que acarree una catástrofe.
Toda esta cuestión comenzó con la construcción de los primeros ferrocarriles y el telégrafo. A partir de allí, la velocidad se transformó en un parámetro nuclear del desarrollo económico y social y se convirtieron en el marcapasos del progreso moderno. La aceleración de la velocidad, la comunicación instantánea, la retro-alimentación y la sincronización entre puntos distantes se transformaron en la vitamina de la que se nutrió el sistema capitalista propio de la era industrial bajo la idolatría de la eficiencia. La historia de la tecnología tal vez no sea más que la historia de la disminución de las esperas. El automóvil, el avión, el teléfono, las lociones capilares, los fertilizantes, los laxantes, el viagra, entre tantos inventos, merecen ser citados.
Como dijera Alvin Toffler, en la sociedad actual, “saber es cambiar”, y la reproducción más y más rápida del saber, alimenta el impulso de la tecnología, lo que nos lleva a la creciente aceleración del cambio. Según el escritor Milan Kundera la velocidad nos permite bloquear el horror y la desolación del mundo moderno. Según comenta en su novela, “El Libro de la Risa y el Olvido”, “nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar y, para realizar ese deseo, se entrega al demonio de la velocidad; acelera el ritmo para mostrarnos que ya no desea ser recordada, que está cansada de sí misma, que quiere apagar la minúscula y temblorosa llama de la memoria”.
Inmersos en esta voracidad temporal, las explicaciones racionales/secuenciales acerca de las cosas, comienzan a reencauzarse por una nueva lógica; la del cambio, la conectividad, la interactividad, el movimiento y la impermanencia. Discernir entre una relación de causa y una de efecto es cada vez más difícil, por no decir inútil. Todo ocurre tan velozmente, que lo único que se puede saber de cualquier efecto, es que se produjo. Cuanto más se busca la causalidad, más se retrasa uno. Por eso, ya no se puede actuar de acuerdo con el resultado previsto de alguna cadena causal, más allá de que esta, ciertamente, exista; por eso el verdadero orden actual es la espontaneidad. La única manera de mantener el control sobre las cosas es dejándolo pasar, soltándolo. Ésta es la paradoja del control.

Revolución tecnológica, revolución informática, era digital, sociedad de la información, economía informacional; todas estas nociones se han instalado con gran rapidez y sugestiva facilidad, en los más diversos discursos y ámbitos de la sociedad. Aunque muchos no sepan con exactitud a qué se refieren estas nociones, cuáles son sus alcances, sus diferencias y más aún, la incidencia que están teniendo, han logrado concentrar el enorme poder simbólico de representar el gran cambio epocal, la aparición de una nueva etapa en la civilización y en las posibilidades de la especie humana. Se suele afirmar que estamos emprendiendo una profunda e inédita transformación, en todos los niveles de lo que entendemos por realidad, en la que los avances tecnológicos ocupan el lugar central por ser la palanca de nuestra evolución como especie inteligente.

A partir de fragmentos del libro: La Red y el futuro de las Organización: Más conectados….¿Más integrados? de mi autoría, Colección Empresa, Editorial Kier, 2008.
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