Y tu, ¿cuánto cuestas?

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Va un interesante documental acerca del consumismo, la irresponsabilidad empresarial al servicio de la sola ganancia pero no del desarrollo humano. Un documental sobre el poder de la publicidad, el control de las masas, el agotamiento de los recursos naturales…

¿Realmente necesitamos las cosas que creemos necesitar? ¿Es cierto todo lo que nos dicen los medios?

Creo que todos intuimos que no…

Y vos, ¿cuánto costás?, Será que todos tenemos precio y la cuestión es negociar…

Vale la pena ver este excelente documental, una mirada mexicana sobre lo que es la sociedad de consumo, sobre lo que representa para ellos tener de vecinos a los Estados Unidos de (Norte)América y viceversa, sobre el poder de consumo aspiracional y la degradación de la sociedad que el consumismo tiende a generar, razón más que válida como para verlo y subirlo al blog, espero les agrade…

Fuente: Vía Virginio Gallardo Yabra

Los catalizadores de la felicidad

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Hace unas semanas, en vísperas del día de la madre, estaba en un shopping center, abarrotado de gente. Las grandes tiendas estaban totalmente colmadas de gente desesperada que intentaba apropiarse de la última prenda de talla razonable que había disponible. El ir y venir de gente en estado de alienación crispó mi sentidos y por un minuto me detuve y permanecí intacto tratando de captar la energía de ese instante.

Parado, quieto intenté capturar la esencia del momento. Fue casi como haber tenido el privilegio de percibir una experiencia que expandió mi conciencia, justo en un espacio y un lugar que nada tienen que ver con ello. Experimenté una inducción en la conciencia que me permitió sentir casi tangiblemente el movimiento de la alienación.

Ya no se trataba de personas, ni de individuos socialmente atomizados sino de un flujo alienante de voracidad consumista, una cascada humana de intencionalidad acosada por la perversión de un ruido incoherente, fragmentado y disonante.

Capté por un instante, y no me refiero a un pensar asociativamente estructurado, que no había droga más malignamente inoculada que esa voracidad consumista. Me pregunté luego que era todo eso, qué está pasando en esta sociedad, cómo siquiera se puede ser feliz en un mundo tan perversamente absurdo. Entendí por un instante la razón por la cual muchos maestros de la humanidad prefieren replegarse y someterse al ostracismo voluntario del ascetismo.

¿Cómo puede ser que esta sociedad prohibe sustancias expansoras de conciencia casi inocuas como la marihuana y permite semejante atrocidad de la conciencia colectiva? Claro está, cualquier persona en su hogar puede plantar una matita de cannabis, pero para drogar a una sociedad toda se necesita de la complicidad de sectores enteros coludidos, esperando beneficiarse… ¿No será por eso que está prohibida?

Comprendí que existen poderosos venenos que matan la felicidad y que para que esta pueda alcanzarse plenamente, son necesarios catalizadores conscientes de intencionalidad y presencia, exactamente lo contrario que a mi alrededor me era mística y mocosamente manifestado.

Psicoeconomia, Psicoconsumismo

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Excelente video testimonial. Ojala lo disfruten.

El deseo es la culminación del concepto equivocado de la felicidad.

El modelo neoliberal supone que satisfacer el deseo es = felicidad.

¿Qué sentido tiene el crecimiento económico si eso no procura el bienestar de la gente?

¿Donde está la crisis?

La crisis está en cómo uno percibe.

Una crisis produce miedo, inquietud, confusión… y promueve la negación de la libertad.

Fuente: Curiosidad Social

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La cuenta infinita del sultán

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Las cuestiones económicas son esencialmente sociales, por este solo hecho interesan al psicoanálisis. El fracaso de los gobiernos y los especialistas en prevenir suficientemente la crisis financiera global ha provocado que la gente entrevea, por un instante al menos, que las fortalezas de la economía capitalista podrían no ser eternas. No es necesariamente una desgracia, darse de cara contra la pared a veces lleva a replantearse seriamente hacia dónde se camina en la vida.

No parece, sin embargo, que los conductores de la política y la economía, que son los mismos, estén yendo a fondo en sus análisis. Hasta ahora están concentrados en evitar que el descalabro frene el crecimiento de la producción, industrial, agraria, etc. No es el fondo de la cuestión porque, así como el crecimiento indefinido del crédito dio en la debacle financiera, también el de la producción puede acabar en una gran catástrofe. Las ciencias económicas son inmediatamente axiológicas. Desde hace poco más de tres siglos están rígidamente enlazadas al ideal de un crecimiento infinito de las ganancias, que requiere del aumento también infinito de la actividad económica, que demanda, a su vez, de recursos energéticos igualmente infinitos, etc. Es un programa imposible de cumplir. Este es el problema de fondo.

Mejor dicho: el problema de fondo es la desatención al problema de fondo, consecuencia de que las crisis económicas son consideradas como si fueran tsunamis o tornados, que suceden con independencia de las decisiones humanas. La intelligentsia que lidera el Occidente contemporáneo no lee en los hechos su propio desatino, que consiste en dirigirse hacia metas cuyo primer problema no es ser grandes ni lejanas sino inalcanzables.

La demostración es de pura lógica: no es posible llegar a la meta simplemente porque ésta queda siempre más allá, como el horizonte. La insensatez reside, precisamente, en dirigirse hacia el horizonte creyendo que se puede llegar a él. Hace falta una fe temeraria e insensata para eso. Sin embargo, el mundo está lleno de creyentes de semejante fe, que es, además, extremadamente contagiosa. Por eso una inyección de 800 mil millones de dólares en el mercado no es capaz de tirar el precio de esa moneda por el suelo, ni es fácil que alguien deje de creer en ella. El dólar bien puede ser Dios.

Herejía aparte, la craneoteca económica ha introducido la infinitud en el mundo de una manera más contundente que nunca. La distancia que separa las contabilidades financieras de las realidades humanas ha sido convertida en un abismo insuperable. Han bajado a la tierra medidas sobrenaturales, nadie puede experimentar en sí mismo 800 mil millones de nada, salvo como mero número, contándolo, que tampoco puede porque carece de vida suficiente para hacerlo.

El príncipe Al-Waleed, que sólo es el treceavo entre los ricos, no tiene la menor chance de abarcar siquiera con su mirada la lista de cosas que puede comprar con sus apenas 20 mil millones de capital. No hay que sorprenderse, el mundo viene preparándose para esto desde hace mucho tiempo. En el siglo VI, el rey Tamba de Benarés tenía un harén con 16.000 mujeres. ¿Cuántas de ellas habrá llegado a conocer? Los sultanes modernos no tienen tantas, han sustituido muchas por más palacios, automóviles, acciones de bolsa, jugadores de fútbol y otros chiches, pero tampoco llegan a disfrutar más de unas pocas docenas de lo que en cada caso se trate. No es necesario ir tan lejos, los chicos de clase media hoy tienen cinco o diez veces más juguetes que los que realmente les despiertan interés. Criamos pequeños sultanes.

Los 48 mil millones de dólares que tiene Bill Gates muestran que el intento de computarlo todo también tiene aspiraciones de infinitud, pero él, quizás aburrido de no llegar a ninguna parte, ha optado por dedicarse a la beneficencia. Como todavía no vimos los resultados, no sabemos si ésta es distinta de la que practicaban los sultanes de antes, cuyas inquietudes sociales hacían que dedicaran ingentes fortunas a llenar de lujos a las concubinas de sus harenes imaginando que las harían felices. Tal vez no hicieran algo diferente al padre rico de la nena deprimida que le da dinero para que se alegre saliendo de compras, o que nuestros economistas con sus fórmulas para solucionar la actual crisis, todas necesitadas de que la gente se empeñe en ganar y gastar más, sin fin a la vista.

Desde que el matemático Gérard Desargues, en el siglo XVII, demostró la igualdad entre la recta infinita y la circunferencia, es posible colegir que perseguir el horizonte es dar vueltas en redondo. Si el pensamiento económico no ha sido nutrido suficientemente, no se es capaz de razonar, por ejemplo, que el llamado “carácter cíclico de la economía” es solidario de la marcha pertinaz hacia un infinito inalcanzable.

Para la economía actual, de la extensa y polifacética riqueza de actividades de que es capaz el ser humano sólo cuentan aquéllas cuyos valores están atados al incremento de las ganancias. La creatividad, el genio y el talento interesan únicamente en la medida en que se muestran capaces de engrosar cuentas bancarias, sean de algunos o de todo el mundo. El tema no es ajeno a la comedia: el avaro de Molière, al esconder el cofre, mantiene su contenido separado de la vida. Cuando finalmente se logre que las finanzas rebosen de liquidez, se seguirá acopiando mucho más pero con menos estrés. Nada de vida: con lo que se guarda en el cofre no es posible hacer otra cosa que llevar la cuenta, para vivir habría que llegar primero al horizonte.

Fuente: Artículo escrito por Raúl Courel, quien fue decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, donde dirige una investigación sobre psicoanálisis y psicosis social. Publicado en el Diario Página 12

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Más allá del consumo

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La economía en que nos hemos montado está basada en dos ejes fundamentales: el consumo de bienes y servicios y las ganancias de dinero virtual en el mercado financiero. Si se consume hay demanda de productos, hay producción y hay empleo.

Y cuando el dinero que se recibe no es suficiente para consumir, se pide prestado y pagamos el préstamo a lo largo del tiempo, con la esperanza de ir mejorando. Cuanto más tiempo tardamos más interés pagamos. Con nuestro dinero las instituciones financieras compran más dinero, que venden por más dinero. Lo importante es que sigamos consumiendo y sigamos pagando los intereses y el capital que nos prestan para seguir consumiendo. Si nos prestan más de lo que podemos pagar, nos quitan lo que compramos, empezando por la casa, que es nuestro mayor patrimonio. La cuestión es que nuestra casa, además de una inversión, es nuestro espacio de vida. Pero las finanzas son lo que son y el mundo es lo que es. El problema surge cuando nos han prestado tanto que ya no podemos pagarlo con lo que nos pagan. Y aunque nos lo quiten los prestamistas, acumulan tantas propiedades que no pueden colocarlas y al perder valor lo pierden ellos además de nosotros. Como los financieros también habían pedido prestado garantizando el préstamos con el valor de lo que nos habían vendido, cuando ya no podemos pagar no sólo pierden dinero, sino el valor que lo garantizaba. Por tanto, también pierden su dinero los que lo habían invertido a través de las instituciones financieras. Como los créditos son el combustible de todo el sistema, cuando las finanzas quiebran se para la máquina.

Y lo que empezó conmigo incapaz de pagar mi hipoteca acaba con mi empresa no pudiendo obtener el crédito con que contaba para pagarme a mí. Entonces tiene que despedirme, con lo que yo no cobro y no puedo consumir. Como yo no consumo, mi compadre no produce, porque ¿a quién le va a vender su empresa? Así se generaliza la crisis. Para evitar que alcance proporciones catastróficas hay que inyectar dinero en los bancos para que sigan prestando e inyectar dinero en la economía para que podamos volver a consumir. ¿Quién lo hace? Sólo el Estado puede. Pero en realidad el dinero del Estado es el nuestro. O sea, que para que yo pueda seguir consumiendo el Estado tiene que dar parte de lo que le pago en impuestos a los bancos para que los puedan seguir prestando a mi empresa o a mí. Y si el Estado recurre a la deuda, algún día tendrá que pagarlo, de modo que los intereses también salen de mis impuestos y el capital de los impuestos de mis hijos. Aunque en teoría así se puede reiniciar la máquina, en la práctica las cosas no funcionan tan fácilmente. Y los desfases temporales y desajustes entre oferta y demanda, producción y finanza, desbaratan el sistema y se traducen en reducción del consumo y en aumento del paro.

Algunas proyecciones apuntan a un nivel de paro en España superior al 15% en el 2009 . Y a una congelación de los salarios, lo cual equivale a una pérdida de poder adquisitivo en términos reales.

La extensión del seguro de desempleo puede paliar la dureza de la crisis, pero no evitar la caída del consumo.

Y el apoyo del Estado a las instituciones financieras les permitirá sobrevivir a la crisis, pero no superar la crisis de confianza.

Además, el crédito a las empresas se da y se dará a cuentagotas, y no a las emprendedoras, sino a las que presentan menor riesgo y que, por tanto, son menos innovadoras. Puesto que la innovación es la madre de la productividad y la productividad es la madre del cordero económico, una economía sin riesgo es una economía estancada en su potencial de crecimiento, y por tanto de creación de empleo y de relanzamiento del consumo. Muchos piensan y esperan que todo esto sea un mal trago y que pronto todo volverá a ser como antes. O sea, que a volver a las andadas financieras y a vivir, o sea, consumir, que son dos días. No parece que los datos apunten en esa dirección. Y si fuera así, si los felices años del consumo que no cesa no vuelven, ¿vamos a vivir por largo tiempo en la nostalgia del paraíso perdido? O sea, ¿no sólo materialmente pobres sino psicológicamente desvariados? ¿O tal vez podemos repensar la carrera loca en que nos hemos montado sacrificando tiempo de vida y de amor, salud del cuerpo, goce del maravilloso planeta azul y disfrute de las extraordinarias creaciones culturales en las que nuestra especie supo sublimar la alegría y el dolor?


Haga usted un ejercicio personal. Calcule lo que le han costado en horas de trabajo los objetos que le rodean, empezando por su coche, y evalúe lo que realmente le gusta y realmente le sirve. Investigue cuánto más placer tiene por cada pulgada adicional de su televisor (que tendrá que tirar para tener TDT, con lo que podrá ver con más nitidez las mismas tonterías). Reflexione sobre la gastronomía realmente existente y sitúela en los límites de su aparato digestivo, estandarizando el placer obtenido por el sufrimiento de las curas de adelgazamiento o la culpabilidad por no hacerlas. Rememore sus últimas vacaciones y compare el esfuerzo económico y nervioso de llegar a una playa atestada de un país pobre con colas de turistas para visitar monumentos delabrados con el disfrute de un tiempo tranquilo en su pueblo lejos de los turistas invasores. Evalúe lo que le cuesta su consumo en dinero y tiempo. Verá como se sentirá mejor cuando ya no lo pueda hacer aunque quiera.

Y si nos acostumbramos a vivir de otra manera durante algún tiempo, a lo mejor les decimos que se dejen de estimular la economía y dediquen nuestro dinero a estimularnos la mente, que es por donde se siente la vida.

Fuente: Artículo deManuel Castells, publicado en el periódico La Vanguardia. Leído en Espiritualidad y Política.

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¿Cuánto es lo que el mundo consume?

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Esa es la pregunta que el New York Times intenta responder con este excelente diseño de información interactivo. Los tópicos considerados son vestimenta, artículos electrónicos, servicios de recreación, artículos hogareños y alcohol y tabaco. Por ejemplo: La gente de Grecia gasta 13 veces más dinero en ropa que en electrónicos, los japoneses gastan más en servicios de recreación que en vestimenta, electrónicos y artículos hogareños conjuntamente. Los norteamericanos…., gastan todo en todo. Muy interesante. Ver LINK de NYTimes (clickear cada rubro)

Fuente: BoingBoing

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Contra el consumismo: Una nueva humanidad es necesaria

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Apuntes para un manifiesto humanista

Basado en fragmentos del libro: La Red y el futuro de las organizaciones. Más conectados…¿Más integrados?

Vivimos en un mundo de miseria. Claro está, la gran mayoría de las personas no tiene las mínimas necesidades básicas satisfechas. Pero está también la miseria del que consume desmesuradamente sin atender al daño ambiental que contribuye a generar. Si fuera sólo eso…

Los lujos de nuestros padres son nuestras necesidades. Nunca como hoy el hombre ha tenido a su disposición medios materiales tan eficaces, pero nunca como hoy el hombre se ha visto a sí mismo tan privado de valores que le confieran sentido a su vida. La funcionalización de la vida nos ha convertido en meros engrana­jes de un sistema alocativo-productivo y nuestros sentidos de pertenencia y esencia se ha limitado al lugar que nos corresponde en determinado seg­mento del mercado. Tal como los muertos, somos parte de un nicho que las empresas buscan conquistar.

Trabajamos en lo que odiamos para consumir lo que no necesitamos. La sociedad moderna se ha encargado de producir gente enferma para tener una economía sana al servicio de la reproducción del consumismo. Nos hemos convertido en productores, consumidores, estadísticas, horas de trabajo y cifras, y en esa transformación los sueños de democracia real, liber­tad, solidaridad y ciudadanía han dado paso a una vida cotidiana colmada de agresi­vidad, codicia y competencia que nos produce un sentimiento de depre­sión, de soledad y pérdida de sentido, una vida que sólo se realiza al penetrar los umbrales de los supermercados y los shopping centers.

El fomento y la expansión de las necesidades es la antítesis de la sabiduría y la libertad, ya que incrementa la dependencia y el temor exis­tencial. El modelo productivista de pensamiento, que aún hoy pervive, ha servido al consumo (como etapa final en el proceso de producción) y no al consumidor, que está cada vez más inmerso en esa miseria que origina la ausencia de sen­tidos y significados, la miseria de la indiferencia, la apatía, de la falta de solidaridad y tolerancia entre las personas. Peor aún, el actual modelo elefan­tiásico ha transformado en seres desechables a todos aquellos que no po­sean acceso al crédito, es decir a los pobres, por sus escasos niveles de ingreso; los ancianos y enfermos terminales, por la esperanza de vida limitada que tienen y las minorías étnicas de muchos pueblos originarios, por estar al margen de la marea consumista y desplazados de la geografía. Es importante detenerse a pensar en esto por un instante…

Hay sociedades “pobres” que tienen dema­siado poco, pero me pregunto, ¿dónde está la sociedad “rica” que diga: ¡¡PAREMOS UN CACHO LA PELOTA!!, ¡¡YA TENEMOS SUFICIENTE, AHORA QUEREMOS DAR!! Hemos llegado a una instan­cia en que debemos buscar como sociedad global la forma de, cómo dijo Ernst Schumacher, “maximizar las satisfacciones humanas por medio de un modelo óptimo de consumo y no maximizar el consumo por medio de un modelo óptimo de producción” .

Vivimos en el mundo de la diversión, de la búsqueda de la evasión. Divertirse proviene del latín divertere, que significa alejarse, ir más allá, evadirse. Todo aparece de improviso y desaparece velozmente. Se busca la rapidez, la superficialidad del impacto emotivo y toda la cultura se termi­na reduciendo al aislamiento del “zapping”, a la búsqueda de lo evanes­cente, de lo insustancial y, en ese proceso, la miseria se extiende a todos los órdenes de la vida.

El hombre, cosificado en audiencia, desfallece ante la velocidad misma del hombre y se hace incapaz de recordar las atrocida­des ante el bombardeo continuo de banalidades. Pasamos horas frente al televisor y así aprendemos que la pasividad ilusoria es LA forma de rela­ción con el mundo.

Los “reality shows” y los “talk shows” reflejan el esfuer­zo por acercarse brutalmente a las dimensiones de la vida privada. Nos atraen porque desesperadamente queremos saber quiénes somos, obser­vando lo que les sucede a otros, que a su vez no son. Por supuesto que hay buenos programas de televisión que enseñan, informan y ayudan a pen­sar, pero son aquellos que no vemos. Los mecanismos de producción cultural proponen una identidad precaria, mutable, desintegrada y anó­mica. Nos gratifica el éxito inmediato, se cultiva lo ilusorio y lo esencial­mente falso. Por eso intentamos reflejar nuestro estatus en las marcas que consumimos para reconocernos y ser reconocidos por los demás, sin aten­der al verdadero encuentro entre los seres humanos, a la comunión espi­ritual más profunda.

En la sociedad occidental, la sociedad actual, poseer riqueza material y poder de compra no es precisamente sinó­nimo de felicidad y, menos aún, de plenitud. Si una persona se esfuerza por alcanzar un cierto nivel de opulencia, creyendo que la riqueza la hará más feliz, cuan­do lo logre proyectará escalar a otro nivel y así sucesivamente. La búsque­da de logros materiales tiene el límite de la situación de cada persona, pero los deseos no; entonces, desde este patrón de comportamiento, a pesar de lo que se posea, siempre habrá insatisfacción y vacío existencial. Somos como hamsters, corremos y corremos hacia un horizonte que nunca alcanzaremos con el consiguiente daño ecológico que ello implica.

La búsqueda desenfrenada de bienes materiales, lejos de proveernos pleni­tud, desvía nuestras energías haciendo que nuestra sensibilidad hacia va­lores como la amistad, el trabajo comunitario, la introspección, el arte, la literatura, la filosofía, la religión, etc., decrezca. Como decía Tyler Durden (caracterizado por Brad Pitt) en El Club de la Pelea: ¡¡¡No somos nuestro em­pleo, no somos el auto que tengamos, no somos los viajes que hacemos, no somos el dinero de nuestras billeteras… !!!

A diario, la gente toma píldoras para dormir, para despertarse, para adelga­zar, para la ansiedad, para la depresión, para estimularse, etc. Millones de personas sufren de depresión. El consumo de calmantes, antidepresivos, hipnóticos, sedantes, tranquilizan­tes, psico-estimulantes, psicotrópicos, ansiolíticos y neurolépticos se in­crementa cada año. Muchos toman Viagra antes de acostarse y Lexotanil, Ritalin, Trapax o Prozac antes de ir a trabajar. La farmacoterapia, alimentada por un monstruoso complejo industrial, termina produciendo dependencia psicológica. Mucho se ha dicho sobre las adic­ciones. Adicciones al alcohol, al tabaco, a las drogas, a las comidas, al sexo, ciberadictos, trabajólicos, adictos a la TV, etc. La vida en los centros urbanos nos impone otras adicciones y nos ha habituado a un estado de conciencia tan apático que nos hemos convertido en adictos a la mediocridad, a la anomia, al desgano, la indiferencia y la insensibili­dad frente al sufrimiento ajeno.

Vivimos en una sociedad que desalienta la audacia, que pretende encolumnarnos detrás de las expectativas hedonistas y consumistas que el modelo productivista nos trata de imponer. Hedonistas, porque pare­cería que el máximo objetivo a alcanzar es el placer. Un placer que, al buscar su satisfacción donde no debe, ensancha la frustración. No es en un desodorante donde hallaremos la posibilidad de encontrar a un amigo o amiga, ni en un automóvil la solución a nuestras inhibiciones ante el otro sexo. Consumistas, porque se pretende equiparar la potencia del ser humano con su capacidad de compra.

El éxito estaría en relación directa con el inventario de objetos suntuarios que se poseen y en esa carrera ilusoria, las cosas dejan de servir a las personas, pasando las personas a ser siervos de las cosas. En la sociedad actual, la imagen está por encima del pensamiento, se privilegia lo que se “ve” y no lo que se “es”. Así una 4X4 o una mansión son mucho más visibles que la ternura, la solidaridad o la honestidad que emanan del buen corazón. La radiografía de muchas personas a las que “les va bien” se caracteriza por el pensamiento moldea­ble, las convicciones sin firmeza, la pusilanimidad en sus nulos compro­misos, la indiferencia ante la necesidad ajena, el relativismo moral, la ideolo­gía basada en el pragmatismo; suelen tener normas de conducta basadas en lo que está de moda, en la idolatría de la imagen y tienen como ideal mostrarse como emblema de la lógica consumista y ser amados por ella; tienen una vida parecida a una desteñida publicidad televisiva.

Hemos perdido de vista aquello que nos hace feliz. Nos gustaría ser más altos, o más delgados, o más rubios (nunca en el sentido opuesto….). Jamás estamos satisfechos con el dinero que ganamos y raramente con el trabajo que hacemos. La discon­formidad no es, en sí misma, mala, ya que puede ser un estímulo hacia la consecución de logros más positivos. El problema es que la sociedad mercantil ha inoculado en nosotros un plus de insatisfacción para trans­formarnos en los ávidos consumidores que el mercado requiere para su funcionamiento. La devastadora espiral del consumo que desvela a la economía de mercado se basa en que nadie esté conforme con lo que tiene y dicha insatisfacción, por sutilísimos procedimientos, va en direc­ción del propio beneficio de esta espiral. La fe ciega en el dinero y el consumo nos ha hecho creer en el dogma de los mercados y suponemos que nuestra posición competitiva en él nos brindará la felicidad que bus­camos. El mercado es una fuerza omnipresente en nuestras vidas. Esta­mos dominados por las perecederas experiencias sensuales que nos pro­ducen los imperecederos bienes materiales. El consumo es nuestra droga, nuestro calmante existencial.

Todo este diagnóstico hecho hasta aquí representa sólo síntomas de una enfermedad esencial. El síndrome más profundo que padecemos es nuestra apatía espiritual, una pasividad sin ambición ni creatividad, falta de pensamientos intrépidos y mente clara. Vernos cómo un grupo de víctimas es signo de ese vacío espiritual. Es pertinente preguntarnos si la modernización de la vida, sin ningún tipo de consideración por los valo­res humanísticos y espirituales, ha producido resultados positivos. Es pre­ciso emprender la fatigosa tarea de indagarnos a nosotros mismos, enten­diendo que somos arte y parte del escandaloso mundo que nos toca transitar. La cuestión radica en encontrar un camino correcto de desarro­llo individual, que trascienda la negligencia del materialismo y la inmo­vilidad tradicionalista que nos llama a aceptar la realidad porque es así. De lo que se trata es de identificar senderos viables de solución a los colosales problemas que aquejan a la humanidad, y de descubrir nuevos recorridos para la vida humana, nuevos continentes en los cuales pueda expresarse la creatividad individual y colectiva, nuevos espacios y nuevos tiempos para el desarrollo y la expansión del espíritu humano. Confío en que, a pesar de todo, en eso estamos.

Es por eso que encuentro tan trascendente la bisagra histórica que supone esta bendita Red. Participar en algo más grande que nosotros mismos, comunicarnos, compartir, liberar, jugar,…, conectarnos con nuestros semejantes, abrirnos a la diversidad dispersa que nos ofrece el ciberespacio puede ser el punto de partida para que el ser humano, en comunión con sus pares rescate ese necesario espacio para la concientización que el mundo de hoy necesita.