Y tu, ¿cuánto cuestas?

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Va un interesante documental acerca del consumismo, la irresponsabilidad empresarial al servicio de la sola ganancia pero no del desarrollo humano. Un documental sobre el poder de la publicidad, el control de las masas, el agotamiento de los recursos naturales…

¿Realmente necesitamos las cosas que creemos necesitar? ¿Es cierto todo lo que nos dicen los medios?

Creo que todos intuimos que no…

Y vos, ¿cuánto costás?, Será que todos tenemos precio y la cuestión es negociar…

Vale la pena ver este excelente documental, una mirada mexicana sobre lo que es la sociedad de consumo, sobre lo que representa para ellos tener de vecinos a los Estados Unidos de (Norte)América y viceversa, sobre el poder de consumo aspiracional y la degradación de la sociedad que el consumismo tiende a generar, razón más que válida como para verlo y subirlo al blog, espero les agrade…

Fuente: Vía Virginio Gallardo Yabra

Los catalizadores de la felicidad

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Hace unas semanas, en vísperas del día de la madre, estaba en un shopping center, abarrotado de gente. Las grandes tiendas estaban totalmente colmadas de gente desesperada que intentaba apropiarse de la última prenda de talla razonable que había disponible. El ir y venir de gente en estado de alienación crispó mi sentidos y por un minuto me detuve y permanecí intacto tratando de captar la energía de ese instante.

Parado, quieto intenté capturar la esencia del momento. Fue casi como haber tenido el privilegio de percibir una experiencia que expandió mi conciencia, justo en un espacio y un lugar que nada tienen que ver con ello. Experimenté una inducción en la conciencia que me permitió sentir casi tangiblemente el movimiento de la alienación.

Ya no se trataba de personas, ni de individuos socialmente atomizados sino de un flujo alienante de voracidad consumista, una cascada humana de intencionalidad acosada por la perversión de un ruido incoherente, fragmentado y disonante.

Capté por un instante, y no me refiero a un pensar asociativamente estructurado, que no había droga más malignamente inoculada que esa voracidad consumista. Me pregunté luego que era todo eso, qué está pasando en esta sociedad, cómo siquiera se puede ser feliz en un mundo tan perversamente absurdo. Entendí por un instante la razón por la cual muchos maestros de la humanidad prefieren replegarse y someterse al ostracismo voluntario del ascetismo.

¿Cómo puede ser que esta sociedad prohibe sustancias expansoras de conciencia casi inocuas como la marihuana y permite semejante atrocidad de la conciencia colectiva? Claro está, cualquier persona en su hogar puede plantar una matita de cannabis, pero para drogar a una sociedad toda se necesita de la complicidad de sectores enteros coludidos, esperando beneficiarse… ¿No será por eso que está prohibida?

Comprendí que existen poderosos venenos que matan la felicidad y que para que esta pueda alcanzarse plenamente, son necesarios catalizadores conscientes de intencionalidad y presencia, exactamente lo contrario que a mi alrededor me era mística y mocosamente manifestado.

Psicoeconomia, Psicoconsumismo

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Excelente video testimonial. Ojala lo disfruten.

El deseo es la culminación del concepto equivocado de la felicidad.

El modelo neoliberal supone que satisfacer el deseo es = felicidad.

¿Qué sentido tiene el crecimiento económico si eso no procura el bienestar de la gente?

¿Donde está la crisis?

La crisis está en cómo uno percibe.

Una crisis produce miedo, inquietud, confusión… y promueve la negación de la libertad.

Fuente: Curiosidad Social

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La cuenta infinita del sultán

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Las cuestiones económicas son esencialmente sociales, por este solo hecho interesan al psicoanálisis. El fracaso de los gobiernos y los especialistas en prevenir suficientemente la crisis financiera global ha provocado que la gente entrevea, por un instante al menos, que las fortalezas de la economía capitalista podrían no ser eternas. No es necesariamente una desgracia, darse de cara contra la pared a veces lleva a replantearse seriamente hacia dónde se camina en la vida.

No parece, sin embargo, que los conductores de la política y la economía, que son los mismos, estén yendo a fondo en sus análisis. Hasta ahora están concentrados en evitar que el descalabro frene el crecimiento de la producción, industrial, agraria, etc. No es el fondo de la cuestión porque, así como el crecimiento indefinido del crédito dio en la debacle financiera, también el de la producción puede acabar en una gran catástrofe. Las ciencias económicas son inmediatamente axiológicas. Desde hace poco más de tres siglos están rígidamente enlazadas al ideal de un crecimiento infinito de las ganancias, que requiere del aumento también infinito de la actividad económica, que demanda, a su vez, de recursos energéticos igualmente infinitos, etc. Es un programa imposible de cumplir. Este es el problema de fondo.

Mejor dicho: el problema de fondo es la desatención al problema de fondo, consecuencia de que las crisis económicas son consideradas como si fueran tsunamis o tornados, que suceden con independencia de las decisiones humanas. La intelligentsia que lidera el Occidente contemporáneo no lee en los hechos su propio desatino, que consiste en dirigirse hacia metas cuyo primer problema no es ser grandes ni lejanas sino inalcanzables.

La demostración es de pura lógica: no es posible llegar a la meta simplemente porque ésta queda siempre más allá, como el horizonte. La insensatez reside, precisamente, en dirigirse hacia el horizonte creyendo que se puede llegar a él. Hace falta una fe temeraria e insensata para eso. Sin embargo, el mundo está lleno de creyentes de semejante fe, que es, además, extremadamente contagiosa. Por eso una inyección de 800 mil millones de dólares en el mercado no es capaz de tirar el precio de esa moneda por el suelo, ni es fácil que alguien deje de creer en ella. El dólar bien puede ser Dios.

Herejía aparte, la craneoteca económica ha introducido la infinitud en el mundo de una manera más contundente que nunca. La distancia que separa las contabilidades financieras de las realidades humanas ha sido convertida en un abismo insuperable. Han bajado a la tierra medidas sobrenaturales, nadie puede experimentar en sí mismo 800 mil millones de nada, salvo como mero número, contándolo, que tampoco puede porque carece de vida suficiente para hacerlo.

El príncipe Al-Waleed, que sólo es el treceavo entre los ricos, no tiene la menor chance de abarcar siquiera con su mirada la lista de cosas que puede comprar con sus apenas 20 mil millones de capital. No hay que sorprenderse, el mundo viene preparándose para esto desde hace mucho tiempo. En el siglo VI, el rey Tamba de Benarés tenía un harén con 16.000 mujeres. ¿Cuántas de ellas habrá llegado a conocer? Los sultanes modernos no tienen tantas, han sustituido muchas por más palacios, automóviles, acciones de bolsa, jugadores de fútbol y otros chiches, pero tampoco llegan a disfrutar más de unas pocas docenas de lo que en cada caso se trate. No es necesario ir tan lejos, los chicos de clase media hoy tienen cinco o diez veces más juguetes que los que realmente les despiertan interés. Criamos pequeños sultanes.

Los 48 mil millones de dólares que tiene Bill Gates muestran que el intento de computarlo todo también tiene aspiraciones de infinitud, pero él, quizás aburrido de no llegar a ninguna parte, ha optado por dedicarse a la beneficencia. Como todavía no vimos los resultados, no sabemos si ésta es distinta de la que practicaban los sultanes de antes, cuyas inquietudes sociales hacían que dedicaran ingentes fortunas a llenar de lujos a las concubinas de sus harenes imaginando que las harían felices. Tal vez no hicieran algo diferente al padre rico de la nena deprimida que le da dinero para que se alegre saliendo de compras, o que nuestros economistas con sus fórmulas para solucionar la actual crisis, todas necesitadas de que la gente se empeñe en ganar y gastar más, sin fin a la vista.

Desde que el matemático Gérard Desargues, en el siglo XVII, demostró la igualdad entre la recta infinita y la circunferencia, es posible colegir que perseguir el horizonte es dar vueltas en redondo. Si el pensamiento económico no ha sido nutrido suficientemente, no se es capaz de razonar, por ejemplo, que el llamado “carácter cíclico de la economía” es solidario de la marcha pertinaz hacia un infinito inalcanzable.

Para la economía actual, de la extensa y polifacética riqueza de actividades de que es capaz el ser humano sólo cuentan aquéllas cuyos valores están atados al incremento de las ganancias. La creatividad, el genio y el talento interesan únicamente en la medida en que se muestran capaces de engrosar cuentas bancarias, sean de algunos o de todo el mundo. El tema no es ajeno a la comedia: el avaro de Molière, al esconder el cofre, mantiene su contenido separado de la vida. Cuando finalmente se logre que las finanzas rebosen de liquidez, se seguirá acopiando mucho más pero con menos estrés. Nada de vida: con lo que se guarda en el cofre no es posible hacer otra cosa que llevar la cuenta, para vivir habría que llegar primero al horizonte.

Fuente: Artículo escrito por Raúl Courel, quien fue decano de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, donde dirige una investigación sobre psicoanálisis y psicosis social. Publicado en el Diario Página 12

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Más allá del consumo

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La economía en que nos hemos montado está basada en dos ejes fundamentales: el consumo de bienes y servicios y las ganancias de dinero virtual en el mercado financiero. Si se consume hay demanda de productos, hay producción y hay empleo.

Y cuando el dinero que se recibe no es suficiente para consumir, se pide prestado y pagamos el préstamo a lo largo del tiempo, con la esperanza de ir mejorando. Cuanto más tiempo tardamos más interés pagamos. Con nuestro dinero las instituciones financieras compran más dinero, que venden por más dinero. Lo importante es que sigamos consumiendo y sigamos pagando los intereses y el capital que nos prestan para seguir consumiendo. Si nos prestan más de lo que podemos pagar, nos quitan lo que compramos, empezando por la casa, que es nuestro mayor patrimonio. La cuestión es que nuestra casa, además de una inversión, es nuestro espacio de vida. Pero las finanzas son lo que son y el mundo es lo que es. El problema surge cuando nos han prestado tanto que ya no podemos pagarlo con lo que nos pagan. Y aunque nos lo quiten los prestamistas, acumulan tantas propiedades que no pueden colocarlas y al perder valor lo pierden ellos además de nosotros. Como los financieros también habían pedido prestado garantizando el préstamos con el valor de lo que nos habían vendido, cuando ya no podemos pagar no sólo pierden dinero, sino el valor que lo garantizaba. Por tanto, también pierden su dinero los que lo habían invertido a través de las instituciones financieras. Como los créditos son el combustible de todo el sistema, cuando las finanzas quiebran se para la máquina.

Y lo que empezó conmigo incapaz de pagar mi hipoteca acaba con mi empresa no pudiendo obtener el crédito con que contaba para pagarme a mí. Entonces tiene que despedirme, con lo que yo no cobro y no puedo consumir. Como yo no consumo, mi compadre no produce, porque ¿a quién le va a vender su empresa? Así se generaliza la crisis. Para evitar que alcance proporciones catastróficas hay que inyectar dinero en los bancos para que sigan prestando e inyectar dinero en la economía para que podamos volver a consumir. ¿Quién lo hace? Sólo el Estado puede. Pero en realidad el dinero del Estado es el nuestro. O sea, que para que yo pueda seguir consumiendo el Estado tiene que dar parte de lo que le pago en impuestos a los bancos para que los puedan seguir prestando a mi empresa o a mí. Y si el Estado recurre a la deuda, algún día tendrá que pagarlo, de modo que los intereses también salen de mis impuestos y el capital de los impuestos de mis hijos. Aunque en teoría así se puede reiniciar la máquina, en la práctica las cosas no funcionan tan fácilmente. Y los desfases temporales y desajustes entre oferta y demanda, producción y finanza, desbaratan el sistema y se traducen en reducción del consumo y en aumento del paro.

Algunas proyecciones apuntan a un nivel de paro en España superior al 15% en el 2009 . Y a una congelación de los salarios, lo cual equivale a una pérdida de poder adquisitivo en términos reales.

La extensión del seguro de desempleo puede paliar la dureza de la crisis, pero no evitar la caída del consumo.

Y el apoyo del Estado a las instituciones financieras les permitirá sobrevivir a la crisis, pero no superar la crisis de confianza.

Además, el crédito a las empresas se da y se dará a cuentagotas, y no a las emprendedoras, sino a las que presentan menor riesgo y que, por tanto, son menos innovadoras. Puesto que la innovación es la madre de la productividad y la productividad es la madre del cordero económico, una economía sin riesgo es una economía estancada en su potencial de crecimiento, y por tanto de creación de empleo y de relanzamiento del consumo. Muchos piensan y esperan que todo esto sea un mal trago y que pronto todo volverá a ser como antes. O sea, que a volver a las andadas financieras y a vivir, o sea, consumir, que son dos días. No parece que los datos apunten en esa dirección. Y si fuera así, si los felices años del consumo que no cesa no vuelven, ¿vamos a vivir por largo tiempo en la nostalgia del paraíso perdido? O sea, ¿no sólo materialmente pobres sino psicológicamente desvariados? ¿O tal vez podemos repensar la carrera loca en que nos hemos montado sacrificando tiempo de vida y de amor, salud del cuerpo, goce del maravilloso planeta azul y disfrute de las extraordinarias creaciones culturales en las que nuestra especie supo sublimar la alegría y el dolor?


Haga usted un ejercicio personal. Calcule lo que le han costado en horas de trabajo los objetos que le rodean, empezando por su coche, y evalúe lo que realmente le gusta y realmente le sirve. Investigue cuánto más placer tiene por cada pulgada adicional de su televisor (que tendrá que tirar para tener TDT, con lo que podrá ver con más nitidez las mismas tonterías). Reflexione sobre la gastronomía realmente existente y sitúela en los límites de su aparato digestivo, estandarizando el placer obtenido por el sufrimiento de las curas de adelgazamiento o la culpabilidad por no hacerlas. Rememore sus últimas vacaciones y compare el esfuerzo económico y nervioso de llegar a una playa atestada de un país pobre con colas de turistas para visitar monumentos delabrados con el disfrute de un tiempo tranquilo en su pueblo lejos de los turistas invasores. Evalúe lo que le cuesta su consumo en dinero y tiempo. Verá como se sentirá mejor cuando ya no lo pueda hacer aunque quiera.

Y si nos acostumbramos a vivir de otra manera durante algún tiempo, a lo mejor les decimos que se dejen de estimular la economía y dediquen nuestro dinero a estimularnos la mente, que es por donde se siente la vida.

Fuente: Artículo deManuel Castells, publicado en el periódico La Vanguardia. Leído en Espiritualidad y Política.

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¿Cuánto es lo que el mundo consume?

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Esa es la pregunta que el New York Times intenta responder con este excelente diseño de información interactivo. Los tópicos considerados son vestimenta, artículos electrónicos, servicios de recreación, artículos hogareños y alcohol y tabaco. Por ejemplo: La gente de Grecia gasta 13 veces más dinero en ropa que en electrónicos, los japoneses gastan más en servicios de recreación que en vestimenta, electrónicos y artículos hogareños conjuntamente. Los norteamericanos…., gastan todo en todo. Muy interesante. Ver LINK de NYTimes (clickear cada rubro)

Fuente: BoingBoing

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Contra el consumismo: Una nueva humanidad es necesaria

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Apuntes para un manifiesto humanista

Basado en fragmentos del libro: La Red y el futuro de las organizaciones. Más conectados…¿Más integrados?

Vivimos en un mundo de miseria. Claro está, la gran mayoría de las personas no tiene las mínimas necesidades básicas satisfechas. Pero está también la miseria del que consume desmesuradamente sin atender al daño ambiental que contribuye a generar. Si fuera sólo eso…

Los lujos de nuestros padres son nuestras necesidades. Nunca como hoy el hombre ha tenido a su disposición medios materiales tan eficaces, pero nunca como hoy el hombre se ha visto a sí mismo tan privado de valores que le confieran sentido a su vida. La funcionalización de la vida nos ha convertido en meros engrana­jes de un sistema alocativo-productivo y nuestros sentidos de pertenencia y esencia se ha limitado al lugar que nos corresponde en determinado seg­mento del mercado. Tal como los muertos, somos parte de un nicho que las empresas buscan conquistar.

Trabajamos en lo que odiamos para consumir lo que no necesitamos. La sociedad moderna se ha encargado de producir gente enferma para tener una economía sana al servicio de la reproducción del consumismo. Nos hemos convertido en productores, consumidores, estadísticas, horas de trabajo y cifras, y en esa transformación los sueños de democracia real, liber­tad, solidaridad y ciudadanía han dado paso a una vida cotidiana colmada de agresi­vidad, codicia y competencia que nos produce un sentimiento de depre­sión, de soledad y pérdida de sentido, una vida que sólo se realiza al penetrar los umbrales de los supermercados y los shopping centers.

El fomento y la expansión de las necesidades es la antítesis de la sabiduría y la libertad, ya que incrementa la dependencia y el temor exis­tencial. El modelo productivista de pensamiento, que aún hoy pervive, ha servido al consumo (como etapa final en el proceso de producción) y no al consumidor, que está cada vez más inmerso en esa miseria que origina la ausencia de sen­tidos y significados, la miseria de la indiferencia, la apatía, de la falta de solidaridad y tolerancia entre las personas. Peor aún, el actual modelo elefan­tiásico ha transformado en seres desechables a todos aquellos que no po­sean acceso al crédito, es decir a los pobres, por sus escasos niveles de ingreso; los ancianos y enfermos terminales, por la esperanza de vida limitada que tienen y las minorías étnicas de muchos pueblos originarios, por estar al margen de la marea consumista y desplazados de la geografía. Es importante detenerse a pensar en esto por un instante…

Hay sociedades “pobres” que tienen dema­siado poco, pero me pregunto, ¿dónde está la sociedad “rica” que diga: ¡¡PAREMOS UN CACHO LA PELOTA!!, ¡¡YA TENEMOS SUFICIENTE, AHORA QUEREMOS DAR!! Hemos llegado a una instan­cia en que debemos buscar como sociedad global la forma de, cómo dijo Ernst Schumacher, “maximizar las satisfacciones humanas por medio de un modelo óptimo de consumo y no maximizar el consumo por medio de un modelo óptimo de producción” .

Vivimos en el mundo de la diversión, de la búsqueda de la evasión. Divertirse proviene del latín divertere, que significa alejarse, ir más allá, evadirse. Todo aparece de improviso y desaparece velozmente. Se busca la rapidez, la superficialidad del impacto emotivo y toda la cultura se termi­na reduciendo al aislamiento del “zapping”, a la búsqueda de lo evanes­cente, de lo insustancial y, en ese proceso, la miseria se extiende a todos los órdenes de la vida.

El hombre, cosificado en audiencia, desfallece ante la velocidad misma del hombre y se hace incapaz de recordar las atrocida­des ante el bombardeo continuo de banalidades. Pasamos horas frente al televisor y así aprendemos que la pasividad ilusoria es LA forma de rela­ción con el mundo.

Los “reality shows” y los “talk shows” reflejan el esfuer­zo por acercarse brutalmente a las dimensiones de la vida privada. Nos atraen porque desesperadamente queremos saber quiénes somos, obser­vando lo que les sucede a otros, que a su vez no son. Por supuesto que hay buenos programas de televisión que enseñan, informan y ayudan a pen­sar, pero son aquellos que no vemos. Los mecanismos de producción cultural proponen una identidad precaria, mutable, desintegrada y anó­mica. Nos gratifica el éxito inmediato, se cultiva lo ilusorio y lo esencial­mente falso. Por eso intentamos reflejar nuestro estatus en las marcas que consumimos para reconocernos y ser reconocidos por los demás, sin aten­der al verdadero encuentro entre los seres humanos, a la comunión espi­ritual más profunda.

En la sociedad occidental, la sociedad actual, poseer riqueza material y poder de compra no es precisamente sinó­nimo de felicidad y, menos aún, de plenitud. Si una persona se esfuerza por alcanzar un cierto nivel de opulencia, creyendo que la riqueza la hará más feliz, cuan­do lo logre proyectará escalar a otro nivel y así sucesivamente. La búsque­da de logros materiales tiene el límite de la situación de cada persona, pero los deseos no; entonces, desde este patrón de comportamiento, a pesar de lo que se posea, siempre habrá insatisfacción y vacío existencial. Somos como hamsters, corremos y corremos hacia un horizonte que nunca alcanzaremos con el consiguiente daño ecológico que ello implica.

La búsqueda desenfrenada de bienes materiales, lejos de proveernos pleni­tud, desvía nuestras energías haciendo que nuestra sensibilidad hacia va­lores como la amistad, el trabajo comunitario, la introspección, el arte, la literatura, la filosofía, la religión, etc., decrezca. Como decía Tyler Durden (caracterizado por Brad Pitt) en El Club de la Pelea: ¡¡¡No somos nuestro em­pleo, no somos el auto que tengamos, no somos los viajes que hacemos, no somos el dinero de nuestras billeteras… !!!

A diario, la gente toma píldoras para dormir, para despertarse, para adelga­zar, para la ansiedad, para la depresión, para estimularse, etc. Millones de personas sufren de depresión. El consumo de calmantes, antidepresivos, hipnóticos, sedantes, tranquilizan­tes, psico-estimulantes, psicotrópicos, ansiolíticos y neurolépticos se in­crementa cada año. Muchos toman Viagra antes de acostarse y Lexotanil, Ritalin, Trapax o Prozac antes de ir a trabajar. La farmacoterapia, alimentada por un monstruoso complejo industrial, termina produciendo dependencia psicológica. Mucho se ha dicho sobre las adic­ciones. Adicciones al alcohol, al tabaco, a las drogas, a las comidas, al sexo, ciberadictos, trabajólicos, adictos a la TV, etc. La vida en los centros urbanos nos impone otras adicciones y nos ha habituado a un estado de conciencia tan apático que nos hemos convertido en adictos a la mediocridad, a la anomia, al desgano, la indiferencia y la insensibili­dad frente al sufrimiento ajeno.

Vivimos en una sociedad que desalienta la audacia, que pretende encolumnarnos detrás de las expectativas hedonistas y consumistas que el modelo productivista nos trata de imponer. Hedonistas, porque pare­cería que el máximo objetivo a alcanzar es el placer. Un placer que, al buscar su satisfacción donde no debe, ensancha la frustración. No es en un desodorante donde hallaremos la posibilidad de encontrar a un amigo o amiga, ni en un automóvil la solución a nuestras inhibiciones ante el otro sexo. Consumistas, porque se pretende equiparar la potencia del ser humano con su capacidad de compra.

El éxito estaría en relación directa con el inventario de objetos suntuarios que se poseen y en esa carrera ilusoria, las cosas dejan de servir a las personas, pasando las personas a ser siervos de las cosas. En la sociedad actual, la imagen está por encima del pensamiento, se privilegia lo que se “ve” y no lo que se “es”. Así una 4X4 o una mansión son mucho más visibles que la ternura, la solidaridad o la honestidad que emanan del buen corazón. La radiografía de muchas personas a las que “les va bien” se caracteriza por el pensamiento moldea­ble, las convicciones sin firmeza, la pusilanimidad en sus nulos compro­misos, la indiferencia ante la necesidad ajena, el relativismo moral, la ideolo­gía basada en el pragmatismo; suelen tener normas de conducta basadas en lo que está de moda, en la idolatría de la imagen y tienen como ideal mostrarse como emblema de la lógica consumista y ser amados por ella; tienen una vida parecida a una desteñida publicidad televisiva.

Hemos perdido de vista aquello que nos hace feliz. Nos gustaría ser más altos, o más delgados, o más rubios (nunca en el sentido opuesto….). Jamás estamos satisfechos con el dinero que ganamos y raramente con el trabajo que hacemos. La discon­formidad no es, en sí misma, mala, ya que puede ser un estímulo hacia la consecución de logros más positivos. El problema es que la sociedad mercantil ha inoculado en nosotros un plus de insatisfacción para trans­formarnos en los ávidos consumidores que el mercado requiere para su funcionamiento. La devastadora espiral del consumo que desvela a la economía de mercado se basa en que nadie esté conforme con lo que tiene y dicha insatisfacción, por sutilísimos procedimientos, va en direc­ción del propio beneficio de esta espiral. La fe ciega en el dinero y el consumo nos ha hecho creer en el dogma de los mercados y suponemos que nuestra posición competitiva en él nos brindará la felicidad que bus­camos. El mercado es una fuerza omnipresente en nuestras vidas. Esta­mos dominados por las perecederas experiencias sensuales que nos pro­ducen los imperecederos bienes materiales. El consumo es nuestra droga, nuestro calmante existencial.

Todo este diagnóstico hecho hasta aquí representa sólo síntomas de una enfermedad esencial. El síndrome más profundo que padecemos es nuestra apatía espiritual, una pasividad sin ambición ni creatividad, falta de pensamientos intrépidos y mente clara. Vernos cómo un grupo de víctimas es signo de ese vacío espiritual. Es pertinente preguntarnos si la modernización de la vida, sin ningún tipo de consideración por los valo­res humanísticos y espirituales, ha producido resultados positivos. Es pre­ciso emprender la fatigosa tarea de indagarnos a nosotros mismos, enten­diendo que somos arte y parte del escandaloso mundo que nos toca transitar. La cuestión radica en encontrar un camino correcto de desarro­llo individual, que trascienda la negligencia del materialismo y la inmo­vilidad tradicionalista que nos llama a aceptar la realidad porque es así. De lo que se trata es de identificar senderos viables de solución a los colosales problemas que aquejan a la humanidad, y de descubrir nuevos recorridos para la vida humana, nuevos continentes en los cuales pueda expresarse la creatividad individual y colectiva, nuevos espacios y nuevos tiempos para el desarrollo y la expansión del espíritu humano. Confío en que, a pesar de todo, en eso estamos.

Es por eso que encuentro tan trascendente la bisagra histórica que supone esta bendita Red. Participar en algo más grande que nosotros mismos, comunicarnos, compartir, liberar, jugar,…, conectarnos con nuestros semejantes, abrirnos a la diversidad dispersa que nos ofrece el ciberespacio puede ser el punto de partida para que el ser humano, en comunión con sus pares rescate ese necesario espacio para la concientización que el mundo de hoy necesita.

Frente a la complejidad del mundo: la simplicidad voluntaria

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Vivimos, no es novedad, en un mundo de enorme complejidad. Son crecientes y cada vez más intrincadas, las complementariedades que día a día se generan entre actores sociales, sectores, organizaciones y países. Se trata de la globalización, sinónimo de (inter)dependencia. Estamos cerca del fin de una época. Las amenazas no sobran. El cambio climático y la continua degradación ambiental, la tremenda desigualdad que día a día se incrementa, la crisis de seguridad alimentaria producto del incremento de los precios de los alimentos, la crisis del agua, la incesante inestabilidad socio-polítco-económica registrada a escala global, la pobreza y, tal vez la peor de las penurias que se viene: la crisis energética en ciernes que tendrá consecuencias aun impensadas desde el actual paradigma de conocimiento y gestión.

Cuando el mundo alcance el “peak del petróleo“, otro mundo será. Durante los últimos 150 años, nos hemos estado moviendo en la parte ascendente de la curva de producción petrolera global. El peak del petróleo o peak de Hubert es el término empleado para el punto en que se alcance la máxima producción, el punto que separa nuestro mundo de otro. Una vez que pasemos esa cresta, bajaremos por una empinada cuesta abajo con el consecuente incremento de los precios del crudo y de su primo cercano, el gas. A menos que encontremos un producto que sustituya tecnológicamente a los hidrocarburos, estaremos condenados a vivir en un mundo muy distinto al actual. Quienes deseen conocer más sobre este tema puede husmear los documentales que puse en Humanismo TV.

Pensar en esta situación me provoca una suerte de angustia esperanzadora. Angustia, por descubrir que estamos frente a una realidad abrumadora capaz de despertar los más primales impulsos por la supervivencia individualista. Esperanzadora por que creo que sólo nueva forma de ver la realidad y de actuar, más colaborativa y basada en crear una cultura de comunidad humana solidaria serán el único resguardo que asegure la sostenibilidad de la nuestra especie. El día que se confirme que hemos alcanzado el peak del petróleo deberemos replantearnos si nuestros modos de vida pueden realmente continuar así, con esta creciente dependencia del consumo y la dilapidación. El mundo habrá cambiado para siempre.

Hace ya casi medio siglo Richard Gregg acuñó el termino “simplicidad voluntaria” describiéndola como un modo de vida con un nuevo balance entre el crecimiento interior y exterior del ser humano. En esencia, la simplicidad voluntaria o el downshifting como algunos lo llaman, significa vivir de un modo simple, sencillo, pero más rico interiormente. Propone consumir frugalmente, con un fuerte sentido del impacto sobre el entorno y el riesgo ambiental que nuestras acciones provocan, el deseo de retornar a residir y trabajar en ámbitos con una escala más acorde al hombre y con la intención de realizar nuestro potencial humano más elevado tanto psicológica como espiritualmente, estando en comunidad con otros.

Puede ser que el Buda, Jesús, Mahoma, Lao Tse, Sócrates, Pitágoras, Confucio, San Francisco de Asís y tanto otros maestros de la humanidad, no hayan coincidido en su visión sobre cual es la verdadera naturaleza del Universo, pero en cambio si fueron muy similares sus preceptos éticos y sus propuestas de acción mundana. Todos ellos coincidieron en que la persecución de bienes materiales por si misma era un objetivo errado promoviendo todos ellos, en cambio, formas de vida más austeras que apunten prioritariamente a la búsqueda de la auto-realización espiritual y el vínculo virtuoso con el mundo circundante. De diferentes maneras y lenguajes, todos ellos expresaron que mientras nuestros afanes persiguieran logros materiales exclusivamente, ello nos llevaría al desastre. Y es casualmente hacia allí adonde estamos dirigiéndonos.

Hace más de 2.000 años, en el mismo período en el cual los cristianos decían “Oh Señor, no me concedas ni pobreza ni riqueza” (Proverbios 30:8), los taoístas señalaban que “aquel que sabe lo que es suficiente, es rico” (Lao Tsé); Platón y Aristóteles proclamaban la importancia en la sociedad del “hombre de oro”, cuyo sendero en la vida no tenía excesos ni carencias; y los budistas promovían “el sendero medio” entre la pobreza y la acumulación sin sentido. Claramente, la vida simple no es una invención social nueva. Lo que es nuevo son los cambios radicales, tanto ecológicos, tecnológicos y sociales como psicoespirituales de las circunstancias del mundo actual.

Los cambios que se avizoran en el futuro cercano nos obligarán a un necesario cambio de perspectiva que nos permita evolucionar para poder adoptar un modo de vida “realmente” sostenible. Ya lo apuntó Gandhi al decir que el mundo tiene suficientes recursos para todos los seres humanos, pero no los tiene para satisfacer sus codicias.

Pensar desde la “simplicidad voluntaria” es cuestionar profundamente la actual tendencia de nuestra sociedad de identificar dinero y posesiones materiales con calidad de vida. Puede ser que el concepto signifique cosas diferentes para personas diferentes ya que para una persona una vida simple y enriquecedora puede significar para otra, una vida de privación y sufrimiento. Genéricamente, la mejor manera de alcanzar la simplicidad voluntaria es reducir intencionalmente nuestras actividades vitales a sus elementos básicos, es decir aquellas cosas, actividades o relaciones que realmente necesitamos o deseamos fervientemente. La simplicidad supone descargar la vida de todo lo que está de más, vivir más ligeramente, dejando de lado todas aquellas distracciones que nos alejan de esa verdadera calidad de vida que podemos denominar como plenitud. Se ha dicho muchas veces que no es rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Se puede vivir simplemente en las ciudades, en los pueblos y en las áreas rurales.

El ethos de la simplicidad voluntaria se basa, entre otros, en los siguientes valores:

  • Eliminar el exceso de posesiones y actividades que producen desorden físico o mental, o que son incompatibles con nuestros valores más importantes.
  • Limitar el consumo de bienes materiales a aquellos que realmente necesitamos o valoramos, centrándonos en cosas que producen bajo impacto en los recursos no renovables, que son durables, funcionales y agradables estéticamente.
  • Trabajar en algo sastifactorio y con sentido, que nos permita expresar nuestras habilidades y talento único y creativo, y que supone una contribución a la comunidad.
  • Vivir de manera que se conserven los recursos naturales, reciclando, preciclando (evitando compras que son un despilfarro de dichos recursos) y compartiendo lo que tenemos.
  • Desarrollar una actitud compasiva y de apoyo hacia la gente sin medios o con dificultades, apoyo afectivo y económico.
  • Invertir tiempo y energía en desarrollar unas relaciones estrechas y enriquecedoras con la familia y con los amigos.
  • Experimentar el placer de la belleza natural, sentir la conexión entre la naturaleza y nuestro ser interno, la fuerza del espíritu que se hace presente cuando estamos disfrutamos de la naturaleza en silencio.
  • Explorar nuestro ser espiritual e interior, a través de la meditación, la oración, la escritura, la conciencia del presente, el yoga o cualquier otra práctica religiosa o espiritual.
  • Desarrollar un sentido profundo de paz y alegría, aprendiendo a vivir el presente y disfrutar el milagro diario de nuestras vidas.
  • Cuidar nuestro cuerpo con una alimentación sana, rica en alimentos no procesados, y hacer ejercicio regularmente, caminando, yendo en bicicleta, corriendo o con otras actividades que ayuden a aumentar nuestra conciencia del cuerpo y que no son competitivas.
  • Ser más autosuficientes en nuestras necesidades diarias, aprendiendo a reparar nuestras cosas o practicando el intercambio de servicios con amigos y conocidos.
  • Depender menos de la forma de transporte "un coche por persona", y buscar métodos alternativos como andar, la bicicleta y el transporte público. (véase el artículo acerca del Carpooling)


Simplicidad en el vivir, en el consumo, en nuestras relaciones, y en todas las esferas de nuestra vida diaria; el movimiento de la simplicidad voluntaria aboga por eliminar todo lo superfluo e innecesario en nuestras vidas para liberar tiempo y recursos para vivir un vida más conciente, libre y plena.

Esta tendencia en creciente gestación no es privativa de un grupo de acólitos de la new age, en 1992 más de 1.600 científicos de primer nivel, incluida a la mayoría de los premios Nobel en ciencias aún vivos, firmaron un documento sin precedentes llamado “Advertencias para la Humanidad”. En esa histórica declaración, señalaron que “los seres humanos y la naturaleza están en vías de colisionar …. y esto podría alterar el mundo viviente de tal manera que éste fuera incapaz de sostener la vida tal como la conocemos”. Los firmantes concluyeron que se requiere un gran cambio en nuestra relación con la Tierra y la vida en ella si se desea evitar una amplia miseria humana y que nuestra casa global en el planeta no sea irremediablemente mutilada.

Aproximadamente una década después, apareció otra advertencia de 100 ganadores de premios Nobel, que señalaban que “El peligro mayor para la paz mundial en los próximos años no vendrá de actos irracionales de los estados o individuos, sino de la legítima demanda de los desposeídos”. Tal como se ha indicado en estas dos advertencias de destacados científicos, poderosas tendencias adversas (como el cambio climático, el agotamiento de los recursos naturales claves como el agua y el petróleo barato, una creciente población mundial y un aumento en la diferencia entre pobres y ricos) están convergiendo en una crisis del sistema a nivel global, creando la posibilidad de una caída evolutiva humana en el contexto de unos pocas generaciones. Si en lugar de ello establecemos un salto evolutivo, éste seguramente incluiría un cambio hacia formas de vida más simples, sustentables y satisfactorias.

Desde un movimiento marginal en la década de los 60′ hacia una corriente con fuerza en este nuevo siglo son cada vez más numerosas las fuerzas que se alzan contra el consumismo, la codicia, el invididualismo y la falta de sentido. Diversas expresiones de la simplicidad en el vivir florecen en respuesta a los desafíos y oportunidades de nuestros tiempos.

Con el fin de ofrecer un panorama realista de éstas en el complejo mundo moderno, se detallan diez aproximaciones a la simplicidad voluntaria que parecieran merecer una categoría diferente unas de otras.

Diversidad de la Simplicidad Voluntaria


Simplicidad por Elección. Significa elegir nuestro camino a través de la vida en forma consciente, deliberada y con nuestro propio sentido de simplicidad. Significa organizar conscientemente nuestra vida, de manera de dar nuestros verdaderos dones al mundo, que es dar la esencia de nosotros mismos.

Simplicidad Comercial. Existe un mercado de rápido crecimiento con productos saludables y sustentables para el medio ambiente y servicios relacionados de todo tipo (desde materiales para construcción de casas hasta alimentos) y de comercio justo.

Simplicidad Compasiva. Significa sentir tal nivel de empatía con los demás que “elegimos vivir simplemente para que otros vivan”. Se trata de la realización social del Bodhisatva. La simplicidad compasiva implica sentir una relación con la comunidad de la vida y transitar el camino de la reconciliación, con otras especies y con las futuras generaciones, como por ejemplo, aquellas con grandes diferencias en bienes y oportunidades. La simplicidad compasiva es el camino de la cooperación, la colaboracion, la responsabilidad y la justicia, que busca un futuro de desarrollo para todos, sin exclusiones. Se trata de no querer nada para sí, que no sea para todos.

Simplicidad Ecológica. Significa escoger un tipo de vida que afecte lo menos posible al planeta y que reduzca nuestro impacto ecológico en él. La simplicidad ecológica valora la interconexión profunda con toda la trama de la vida y se moviliza ante amenazas al bienestar global (tales como el cambio climático, la reducción de la biodiversidad y el agotamiento de los recursos). Fomenta el “capitalismo natural”, la responsabilidad individual y social y las prácticas económicas que valorizan la importancia de los ecosistemas y la salud de las personas por sobre la economía meramente productiva.

Simplicidad artística. Significa que la forma en que vivimos representa el trabajo de un artista en desarrollo. Como dijo Gandhi: “mi vida es mi mensaje”. En este espíritu, la elegancia en la simplicidad es discreta, modesta y orgánicamente estética, contrastando con el exceso y la exuberancia del estilo de vida consumista.

Simplicidad Frugal. Significa cortar aquel gasto que realmente no sirva a nuestras vidas, y practicar una administración hábil de nuestras finanzas personales, para lograr una gran independencia financiera. La frugalidad y el manejo financiero personal cuidadoso otorgan un aumento de libertad económica y la oportunidad de elegir más conscientemente nuestro camino en la vida. Vivir con menos también reduce el impacto de nuestro consumo sobre la Tierra y libera recursos para otras personas.

Simplicidad Natural. Significa recordar nuestras raíces profundas en el mundo natural; experimentar nuestra conexión con la ecología de la vida en la que estamos inmersos y, a la vez, equilibrar nuestra experiencia de vivir en un ambiente artificialmente creado por los humanos con el tiempo empleado en la naturaleza. También significa celebrar la experiencia de vivir a través de la toma de conciencia del milagro la propia existencia.

Simplicidad Política. Significa organizar nuestra vida colectiva de manera que nos permita vivir menos pesadamente y más sustentablemente, lo que a su vez significa cambios en prácticamente todas las áreas del quehacer público, desde el transporte y la educación, hasta el diseño de nuestras casas, ciudades y lugares de trabajo. Los políticos de la simplicidad voluntaria son también políticos de los medios de comunicación, por ser éstos los principales vehículos para fortalecer y transformar la conciencia de masas hacia el consumismo y hacia la simplicidad.

Simplicidad de Alma. Significa un enfoque de vida basado en la realización de alguna práctica o psico-tecnología de la conciencia, como las denomina Ken Wilber. Se trata pues de cultivar la experiencia de conexión intima con todo lo que existe, la atención alerta, la presencia, o como quiera llamarse. Este tipo de estados virtuosos de conciencia infunden en el mundo una atmósfera de paz difícil igualar. La simplicidad de alma apunta al disfrute de saborear concientemente la vida en su real riqueza, sin elementos superfluos y evasivos.

Simplicidad Ordenada. Significa asumir que la vida es ocupada, estresada y fragmentada. Una simplicidad ordenada implica cortar con las distracciones triviales, tanto materiales como no materiales, y enfocarse en lo esencial. Como dijo Thoreau, “nuestra vida es desperdiciada por los detalles…simplifica, simplifica”. O, como escribiera Platón “ con el fin de buscar nuestra propia dirección en la vida, se debe simplificar lo mecánico de lo ordinario, la vida diaria”.


Algunas expresiones de la simplicidad voluntaria

Tal como lo he ilustrado, la cultura creciente de la simplicidad voluntaria contiene un floreciente jardín de expresiones de una gran diversidad y, al vez, de una unidad interconectada, que está creando un aprendizaje flexible y a la vez fuerte de cómo vivir nuestras vidas con mayor sentido y en forma más sustentable para el medio ambiente.

El movimiento cultural que avanza en pro de la simplicidad voluntario parece tener un enorme potencial de crecimiento, particularmente si fuera nutrido y cultivado en los medios de difusión masiva como una forma legitima, creativa y promisoria de forma de vida para el futuro.

Hoy existe un entramado de numerosos movimientos y organizaciones que promueven la simplicidad voluntaria.

Muy relacionado con los movimientos de la simplicidad voluntaria está la promoción del Consumo Responsable.

  • Excelente dossier sobre el tema en El dedo en la llaga
  • The Simplicity Resource Guide. Aquí encontrarán numerosos recursos de información acerca de cómo instaurar un modo de vida basado en la simplicidad voluntaria. Lamentablemente el sitio está en inglés.
  • Simplicity Forum. Se trata de un sitio europeo que contiene información sobre la temática.
  • Freegan.info. Desde New York. EE. UU., se autodenominan freegan a aquellos que emplean estrategias alternativas para vivir, basadas en una participación limitada en la economía convencional, y en un mínimo consumo de recursos. El Freeganismo es un boicot total a un sistema económico donde el beneficio ha eclipsado las consideraciones éticas y donde complejos sistemas de producción masiva aseguran que todos los productos que compramos tengan impactos perjudiciales, la mayoría de los cuales ni siquiera habíamos considerado. De esta manera, en vez de evitar la compra de productos de una mala compañía, sólo para beneficiar a otra, evitamos comprar en el mayor grado en que somos capaces.
  • Sin Dinero. Actualmente vivimos en una sociedad en la que se fomenta un consumismo fuera de control. Nuestra importancia social reside en nuestra capacidad de consumo…tanto tienes, tanto vales. ¿Cuántos ciudadanos están malgastando sus breves e inciertas existencias en llevar un modo de vida irracional e inhumano?. Hipotecas cada vez más onerosas, el colegio de los niños, las letras del mono-volumen, vacaciones exóticas cada vez más horteras,…mantener toda esta mierda nos obliga a dejarnos la salud en trabajos esclavizantes que lo único que dignifican es la cuenta de resultados y los balances de las empresas.
  • The Simple Living Network. Otro excelente portal con gran cantidad de contenidos, muchos de ellos de gran interés. También está en inglés.
  • Vivir mejor consumiendo menos. Hartos de la tiranía de las compras a plazos, las hipotecas y la ansiedad por lograr el más alto escalafón, cada vez más hombres y mujeres empiezan a preguntarse si su calidad de vida no mejoraría renunciando a ganar más y procurando gastar menos.
  • Ecologistas en Acción. . Esta iniciativa pretende ser una propuesta solidaria individual y colectiva para transformar nuestros hábitos de consumo hacia una mayor austeridad, justicia, respeto por el medio ambiente, y una economía sostenible para todo el planeta.
  • Downshifting: Cómo dejar de ser esclavo del dinero y mejorar la calidad de vida.
    Joe Domínguez (coautor de libro), trabajaba en Wall Street hasta que a los 31 años se jubiló. En 1.969 abandonó su trabajo para vivir solamente con 750.000 ptas/año (de 1.969) originados por los intereses de sus ahorros acumulados en su vida laboral. En 1.969 Joe Domínguez conoció a Viki Robin, que abandonó su carrera teatral exitosa porque no creía que mereciese la pena el estres que le ocasionaba dicho trabajo.
  • Vivir bien sin dinero es posible: Feliz, Heidemarie Schwermer, psicoterapeuta de 60 años, lleva seis viviendo sin dinero y sin renunciar al bienestar de una sociedad como la alemana. «He cumplido todos mis sueños sin él», asegura convencida.
  • El lujo de prescindir. Jorge Arturo Chaves. Es un PDF sobre la temática.
  • Felicidad de la Pobreza Noble. Vivir con modestia, pensar con grandeza. Koji Nakano. El principio de VIVIR CON MODESTIA, PENSAR CON GRANDEZA, describe a través de maravillosos pasajes el DOWNSHIFTING, «Cambio hacia abajo», que consiste en disfrutar de los pequeños placeres de la vida.
  • Economía Solidaria. Web con documentos recomendables, enlaces y otras opciones interesantes. Enlaces a redes, entidades y empresas que participan en Economía Solidaria. Pensemos seriamente y cuestionemos el que 250 personas tengan tanta riqueza como el resto del mundo. Nuestro reto es crear unas estructuras económicas solidarias no excluyentes, no especulativas, donde la persona y el entorno sean el eje, el fin “y no el medio” para conseguir una condiciones dignas para todas las personas. La “competitividad” exige una velocidad, y un sistema a costa, justo de lo que se dice se quiere conseguir “el estado del bienestar”. Qué estado del bienestar, para quién, con que objetivos?. La economía ha terminado siendo el fín en vez de ser el medio para conseguir una calidad de vida de toda la sociedad.
  • Vivir mejor con menos. La idea de consumir con un poco más de sensatez y de cabeza, de llevar un estilo de vida un poco más sencillo, o, en definitiva, de vivir mejor con menos, es una idea que por fortuna se está popularizando en la cultura norteamericana con el nombre de downshifting (podría traducirse como desacelerar o simplificar). Partiendo del principio de que el dinero nunca podrá llenar las necesidades afectivas, y de que una vida lograda viene dada más por la calidad de nuestra relación con los demás que por las cosas que poseemos o podamos poseer, esta corriente no trata sólo de reducir el consumo, sino sobre todo de profundizar en nuestra relación con las cosas para descubrir maneras mejores de disfrutar de la vida.
  • El empacho de la abundancia, por Jorge Arturo Chaves. Esta no es la primera ni será la última sociedad que se enferme con su propio éxito. La inacabable extensión de dominios y acumulación de las más exóticas riquezas llegó a generar, en el límite, el aburrimiento de más de un emperador romano. Desde otro ángulo, durante siglos, ermitaños y monjes expresaron también con su huida del mundo el rechazo por la corrupción de costumbres originada por clases confortablemente instaladas, que ya no sabían en qué más emplear su tiempo ocioso.

Consumo Ético

Finalmente

Las opciones que tomemos en esta generación tendrán repercusiones colosales para el futuro del planeta. Aunque las sociedades humanas han enfrentado grandes problemas a través de la historia, los desafíos de esta era son genuinamente únicos, por lo impacto que está provocando. Nunca antes había habido tanta gente llamada a hacer cambios profundos en tan poco tiempo. Nunca antes toda la familia humana había sido depositaria de la tarea de trabajar en conjunto para imaginar y, luego conscientemente construir un futuro sustentable, justo y compasivo. Las semillas sembradas en las generaciones pasadas en el jardín de la simplicidad están ahora floreciendo en la primavera de su importancia para la Tierra. Es de esperar que el jardín prospere.

Fuentes: http://www.selba.org/IniciativasSimplicidad.htm, Duane Elgin, Revista Mundo Nuevo

Consumo, ego e identificación

Estándar

La compulsión inconsciente de promover nuestra identidad a través de la asociación con un objeto es parte integral de la estructura misma de la mente egotista. Una de las estructuras mentales básicas a través de la cual entra en existencia el ego es la identificación. El vocablo “identificación” viene del latín “ídem” que significa “igual” y “facere” que significa “hacer“. Así, cuando nos identificamos con algo, lo “hacemos igual“. ¿Igual a qué? Igual al yo. Dotamos a ese algo de un sentido de ser, de tal manera que se convierte en parte de nuestra “identidad“. Uno de los niveles más básicos de iden­tificación está en las cosas: el juguete por el que llora un niño se convierte después en el automóvil, la casa, la ropa, etcétera. Tratamos de hallarnos en las cosas pero nunca lo logramos del todo y, en ese proceso, terminamos perdiéndo­nos en ellas. Tal es el destino del ego.

Quienes trabajan en la industria de la publicidad saben muy bien que para vender cosas que las personas realmente no necesitan deben convencerlas de que esas cosas aportarán algo a la forma como se ven a sí mismas o como las perciben los demás, en otras palabras, que agregarán a su sentido del ser. Lo hacen, por ejemplo, afirmando que podremos sobresalir entre la multitud utilizando el producto en cuestión y, por ende, que estaremos más completos. O crean la asociación mental entre el producto y un personaje famoso o una persona joven, atractiva o aparentemente feliz. El supuesto tácito es que al comprar el producto llegamos, gracias a un acto mágico de apropiación (digo yo, de identificación), a ser como ellos o, más bien, como su imagen superficial. En consecuencia, en muchos casos no compramos un producto sino un “refuerzo para nuestra identidad“.

Las etiquetas de los diseñadores son principalmente identidades colectivas a las cuales nos afiliamos. Nos las imponen costosas y, por tanto, “exclusivas“. Si estuvieran al alcance de todo el mundo, perderían su valor psico­lógico y nos quedaríamos solamente con su valor material, el cual seguramente equivale a una fracción del precio pagado.

Las cosas con las cuales nos identificamos varían de una per­sona a otra de acuerdo con la edad, el género, los ingresos, la clase social, la moda, la cultura, etc. Aquello con lo cual nos iden­tificamos yace en lo superficial de nuestra conciencia, sin embargo, la com­pulsión inconsciente por identificarse es de índole estructural. Esta es una de las formas más elementales como opera la mente egotista.

Paradójicamente, lo que sostiene a la llamada sociedad de consumo es el hecho mismo de que el intento por reconocernos en las cosas no funciona: la satisfacción del ego dura poco y en­tonces continuamos con la búsqueda y seguimos comprando y consumiendo en una voraz espiral cuyo límite es la insatisfacción, la asidia y la infelicidad.

Claro está que en esta dimensión física en la cual habita nuestro ser superficial, las cosas son necesarias y son parte inevitable de la vida. Necesitamos vivienda, ropa, muebles, herramientas, transporte. Quizás haya también cosas que valoramos por su belleza o sus cualidades inherentes, cosas que nos conmueven. Debemos honrar el mundo de las cosas en lugar de despreciarlo. Pero no podemos honrar realmente las cosas si las utilizamos para fortalecer nuestro ego, es decir, si tratamos de encontrarnos a través de ellas. La iden­tificación del ego con las cosas da lugar al apego y la obsesión, los cuales crean a su vez la sociedad de consumo y las estructuras económicas donde la única medida de progreso es tener siempre más.

El deseo incontrolado de tener más, de crecer incesantemente, es una enfermedad. Es la misma disfunción que manifiestan las células cancerosas cuya única finalidad es multiplicarse sin darse cuenta de que están provocando su propia destrucción al destruir al organismo del cual forman parte.

Muchas personas agotan buena parte de su vida en la preocu­pación obsesiva por las cosas. Es por eso que uno de los males de nuestros tiempos es la proliferación de los objetos. Cuando perdemos la capacidad de sentir esa vida que somos, lo más probable es que tratemos de llenar la vida con cosas.

Vale la pena investigar nuestra relación con el mundo de las cosas observándonos a si mismo y, en particular, observando las cosas designadas con la palabra “mi“. Debemos mantenernos alerta y ver honestamente si nuestro sentido de valía está ligado a nuestras posesio­nes. ¿Hay cosas que inducen una sensación sutil de importancia o superioridad? ¿Acaso la falta de esas cosas nos hace sentir inferiores a otras personas que poseen más que nosotros? ¿Mencionamos casualmente las cosas que poseemos o hacemos alarde de ellas para aparecer superiores a los ojos de los demás y, a través de ellas, a nuestro pro­pios ojos? ¿Sentimo ira o resentimiento cuando alguien tiene más que nosotros o cuando perdemos un bien preciado?

Esa sensación de orgullo, la necesidad de sobresalir, el aparente fortalecimiento en virtud del “más” y la mengua en virtud del “menos” no es algo bueno ni malo: es el ego en plena manifestación. El ego no es malo, sencillamente es inconsciente. No conviene tomar al ego muy en serio. Es preciso darnos cuenta que el ego no es personal, no es lo que somos.

¿Qué significa realmente ser “dueños” de algo? ¿Qué significa el que algo sea “mío”?.
Son muchas las personas que es apenas en su lecho de muerte, cuando todo lo externo se desvanece, cuando se dan cuenta de que ninguna cosa tuvo nunca que ver con lo que son. Ante la cercanía de la muerte, esa consejera de la vida, todo el concepto de la propie­dad se manifiesta totalmente carente de significado. En los últi­mos momentos de la vida muchos se dan cuenta de que mientras pasaron toda la vida buscando un sentido más completo del ser, lo que buscaban realmente, el Ser, siempre había estado allí pero parcialmente oculto por la identificación con las cosas, es decir, la identificación con la mente sustraida al ego.

Para el ego, tener es lo mismo que Ser: tengo, luego existo. Y mientras más tengo, más soy. El ego vive a través de la com­paración. La forma como otros nos ven termina siendo la forma como nos vemos a nosotros mismos. La forma como otros nos ven se convierte en el espejo que nos dice cómo y quiénes somos. Necesitamos de los demás para conseguir la sensación de ser, y si vivimos en una cultura en donde el valor de la persona es igual en gran medida a lo que se tiene, y si no podemos reconocer la falacia de ese engaño colectivo, terminamos condenados a perseguir las cosas durante el resto de nuestra existencia con la vana esperanza de encontrar nuestro valor y nuestra falsa realización.

¿Cómo desprendernos del apego a las cosas? Ni siquiera hay que intentarlo. Es imposible. El apego a las cosas se desvanece por sí solo cuando renunciamos a identificarnos con ellas. Lo importante es tomar conciencia del apego a las cosas. Algunas veces quizás no sepamos que estamos apegados a algo, es decir identificados con algo, sino hasta que lo perdemos o sentimos la amenaza de la pérdida. Si entonces nos desesperamos y sentimos ansiedad, es porque hay apego. Si reconocemos estar identificados con algo, la identificación deja inmediatamente de ser total. Si uno es capaz de decirse: “Soy la conciencia que está consciente de que hay apego“, es ahí cuando comien­za la transformación de la conciencia.

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