Estamos rodeados de pantallas; las pantallas han salido del cuarto de estar, donde también seguiran estando, y se adentraron en nuestros bolsillos, en nuestros dormitorios, en nuestras oficinas, en los automóviles, en las calles, en los supermercados, etc. Es notable darse cuenta que nunca estamos a más de un metro de una pantalla.
La ubicuidad de las pantallas irá más allá de lo que nos imaginamos. ¿Cuáles son las implicaciones de un mundo invadido por pantallas? Pensemos detenidamente acerca de ello. La primera es que nos se puede negar este fenómeno: hay que tenerlo en cuenta y, si se puede, hay que aprovecharlo.

Las personas ven en promedio entre 3 y 4 horas de televisión por día; para la mayoría de ellas es la principal forma de informarse. La televisión constituye hoy el principal sistema de referencia compartido y, a los efectos prácticos, si algo no aparece en la TV, no existe en la conciencia de la sociedad. La TV es un vehículo de conocimiento que actúa como espejo de nuestra sociedad. El afán de lucro de los medios televisivos nos ha hipnotizado en el trance consumista. Los medios masivos de comunicación como la televisión y la prensa escrita, simplifican la realidad para no generar la mayor cavilación del público destinatario y otras veces, ocultan bajo la mentira o el silencio lo que no sea afín con sus intereses.
Según dijeron Karl Marx y Frederic Engels en La Ideología Alemana (1846) “las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone por ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente” . La ideología neoliberal de la primera globalización es la ideología de la clase dominante, la cual ha producido una deformación en la personalidad del individuo, con el objeto de controlarlo mediante el anesteciamiento mediático. De esto se trata el actual capitalismo cultural.
El derecho a la comunicación es un derecho humano de carácter universal, que sustenta y está al servicio de todos los demás derechos humanos. La sociedad del conocimiento debe extender y fortalecer este derecho básico en beneficio de todos, fortaleciendo el dominio público, facilitando el acceso y uso efectivo de las redes de información, fomentando la creación de bienes colectivos globales, institucionalizando la transparencia y diversidad mediática, limitando el control y la vigilancia de las comunicaciones descentralizadas.
Antaño, las empresas de medios asumían el rol de filtrar y luego publicar; hoy la ecuación de invirtió a favor de la comunidad, ya que la secuencia va de publicar a filtrar. En definitiva, es la gente la que elige; de allí la popularidad de las secciones “las noticias más leídas” y “las más enviadas por email” de los diarios en línea. Además, el problema con los medios tradicionales es la falta de pasión, el conformismo y la distancia que estos mantienen con sus audiencias, que dan como resultado la presencia de conductores frívolos, revistas que cada vez más se parecen a catálogos, periodismo acotado en la timidez y la cobertura sobrecargada del culto a la personalidad y la celebridad.
Los medios masivos dependían de dos características de la audiencia: su tamaño y el silencio, porque se busca que esta permanezca pasiva. La conectividad está ayudando a empoderar a la audiencia a tomar un rol más activo, destruyendo la relación anunciante ruidoso/consumidor silencioso en que se apoya el modelo hasta hoy vigente.
El periodismo del mañana se constituirá en una alianza entre profesionales especializados y una legión de aficionados con talento, energía y voluntad por colaborar, en donde el común denominador es la pasión que hace la experiencia no sólo convincente y memorable, sino también creible.
Hoy la audiencia ha asumido roles activos. Ya sea por una búsqueda de pertenencia, por buscar el reconocimiento para construir autoestima y ganar estatus, o lo que fuera, una creciente audiencia hábida de participación se ha volcado a la tarea de editar, crear contenidos, fotografiar, grabar, comentar, documentar, reportear y anunciar. De eso se trata la Web 2.0. Crear, incrementar y renovar este capital social en gestación es y será responsabilidad de los medios establecidos.

La tecnología nunca ha tenido tanto poder para condicionar al hombre y llegar a convertirlo, por ejemplo, en un consumidor perfecto. Los medios masivos de comunicación insisten en que ellos son la autoconciencia realizada de la sociedad ilustrada. Ellos pueden contribuir al desarrollo personal y colectivo de los individuos y de los pueblos, pero pueden convertirse también en instrumentos de homogeneización y aplastamiento cultural.
Los medios ya no son el cuarto poder, sino el primero; sin embargo, todos somos medios. Sloterdijk dijo que, la idea de Nación ya no es sino un plebiscito diario, que ellos vehiculizan al hacer que los pueblos voten en respuesta a las excitaciones que los medios nos presentan. La sociedad se enfrenta hoy ante el interrogante del uso positivo o negativo de las tecnologías, la que nos proporciona la capacidad de comunicarnos más, de estar más informados, de acercarnos los unos a los otros como nunca antes o más bien de hacernos más materialistas, utilitaristas, irresponsables y adictos a los vicios digitales. Es por eso imperante, reorganizar los medios masivos de comunicación como la televisión y la prensa escrita, los cuales no deben funcionar sólo como empresas comerciales que convierten a la audiencia en anodinos consumidores insensibles y pasivos, gobernados por los patrones conductistas de estímulo-respuesta, sino como instrumentos para incentivar la conciencia plena, el altruismo, los vínculos de reciprocidad, los valores espirituales, la sensibilidad y el afecto entre las personas.
La tecnología abre caminos y mediante la globalización crea las condiciones para un salto cualitativo de la esencia humana, la emergencia de un nuevo orden, de una nueva armonía entre los seres humanos en la cual tecnología y poesía, producción y espiritualidad, pensamiento y corazón pueden encontrar una nueva sintonía sutil. La contribución de la gente a la globalización de la información está permitiendo construir por primera vez en la historia una sociedad mundial de diáfano cristal en la que por medio del acceso a esa información, podamos identificar a los responsables de promover lo corrupto, corrompido, ilícito y depravado de nuestro mundo. Estoy convencido de que en eso estamos…







