El dilema de la democracia representativa

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Me gustaría hacer algún comentario relacionado con la política y, lo que a mi entender es un mecanismo perverso, cuya solución no veo con total claridad. Pensemos en la política como si esta fuera un juego. En definitiva, el régimen de democracia representativa que hoy impera en la mayoría de los países termina siendo un juego eleccionario, así que pensar la política como juego, no es nada descabellado. Así mismo y por su propia naturaleza, se puede pensar a la política como un juego de suma cero, lo que nos indica que si alguién gana, alguien perderá. Nuevamente, en el juego eleccionario suele ser así, los escaños legislativos, los puestos ejecutivos, las intendencias, las gobernaciones, etc. son ocupadas por aquellos candidatos vencedores de entre un grupo más o menos numeroso de ellos.

Lobo-corderoAhora bien, si la política se trata de un juego con ganadores y perdedores, como en todo juego, sus jugadores deberían respetar las reglas del juego. Esta es casi una precondición para la propia definición y realización del juego, lo que podríamos definir como la primera y básica meta-regla del juego. El problema entonces queda definido cuando ello no ocurre. Para simplificar el razonamiento, supongamos que en este juego hay sólo dos contendores. Uno de ellos es un candidato totalmente honesto y absolutamente respetuoso de las reglas del juego. Sin embargo, del otro lado, este jugador se enfrenta con uno que podría estar dispuesto a romper esa meta-regla básica del juego y, si le fuera conveniente en el momento indicado y por los medios que tuviera a disposición, hacer trampa con el objetivo de sacar una ventaja diferencial respecto del jugador que no está dispuesto a romper esa regla. Ello haría que este jugador, el deshonesto, correría con la ventaja adicional al poseer un menú de alternativas para el juego mayor y por lo tanto sus probabilidades de triunfo serían más altas. Tengamos en cuenta que este jugador puede ser tan honesto como el primero pero también, en caso de necesitarlo para conseguir su fin último que es ganar, puede parecer honesto a los ojos de los electores, pero no serlo. ¿No les recuerda esto a la realidad política contingente? Las opciones de este segundo jugador se multiplican y con ello sus posibilidades de victoria. A este jugador le basta con hacer trampa únicamente cuando le sea absolutamente necesario. Claro está, que esta actitud puede conllevar riesgos. El jugador se arriesga si su deshonestidad queda revelada a la luz de los electores, algo que dependerá de su astucia para eludir la difusión su maliciosa verdad. Aunque ello como suele sudecer, puede no ocurrir nunca.

La mascara

Este razonamiento vale no sólo para el ámbito de la política como marco de representación, sino también para el mundo laboral ya que la lamentable existencia de las estructuras jerárquicas en las organizaciones, da lugar a una carrera por ocupar espacios en dichas jerarquías, posicionamiento este, cuya dinámica se asemeja al juego eleccionario descripto. En este caso, y cómo muchas veces ha sido mi experiencia, priman las habilidades marketineras y la capacidad de venderse así como la contactología aplicada y no las competencias y capacidades verdaderas. 80% de marketing y 20% de capacidad, cuando tendría que ser a la inversa. Este tema motiva a redactar un post aparte.

Volviendo al juego eleccionario sería un hecho que la política de representación, invariablemente daría lugar a una selección adversa donde los candidatos con mayores chances de ganar el juego serían aquellos más proclives a la deshonestidad y la trampa. Los Hobbes y los Maquiavelo, los operadores políticos, los punteros barriales, etc. comienzan a ser más y más demandados.

A mi entender este juego metafórico es el que suscita el principal dilema de la democracia representatitiva, dilema este de dificil solución ya que las habilidades de los políticos dejan de residir es en su capacidad para hacer frente a los problemas de sus representados para transformarse en la capacidad para trepar en beneficio de su propio éxito. Supongo que por esta razón se suele decir que la democracia (digo yo representatitiva) es el menos malo de los sistemas políticos.

La única solución que encuentro a este dilema yace en la responsabilidad que le compete a la sociedad toda, por crear condiciones crecientes de participación ciudadana, es decir por promover una verdadera democracia participativa basada en la responsabilidad individual indelegable. Es necesario encontrar mecanismos para atenuar los efectos adversos de la democracia por delegación y representación que aquí trato de poner al descubierto.

Hace unas semanas escribí un post proponiendo un sistema de elección democrática estocástico que llamé como Democracia 2.0, en el que los legisladores fueran elegidos al azar de entre el padrón electoral y cuyo objetivo era promover a la enculturización política de toda la población e impedir los tan frecuentes abusos de poder que nosotros, los latinoamericanos solemos sufrir.

Así mismo, recientemente escribí en otro post una reseña de las ideas de Carlo Maria Cipolla acerca de las leyes fundamentales de la estupidez humana y su relación con el poder que tiene bastante relación con este post y que recomiendo a todo aquel pudiera interesarse.

Siempre, persiguiendo el fin de seguir pensando cómo resolver este dilema fundamental de la política.

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