El más allá del reduccionismo: De la complejidad a la filosofía integral

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Tener una imagen sistémica y organicista, adquirir una cierta comprensión de orden del mundo como sistema complejo posibilita gestar una visión integradora del universo abierta a la vivencia mística y filosófica de unión a la Tierra y la Naturaleza. Las huellas de la tendencia hacia una idea unitaria e integradora del universo pueden seguirse desde el pensamiento más antiguo, incluso anterior a la filosofía griega.

La búsqueda de un fundamento unitario de la naturaleza se identifica con el mismísimo origen de la filosofía, que nació al mismo tiempo que la noción de arché, sustancia básica o principio rector del cosmos (del termino griego “κόσμος”, que significa orden u ornamentos), que lo ordena y los diferencia del caos (palabra que deriva del idioma griego, Χάος). Más de dos milenios y medio después, en la actualidad, la ciencia sigue persiguiendo el mismo objetivo.

En su contexto compiten dos enfoques de desigual aceptación, tradicionalmente mayor la del primero, aunque la tendencia hoy puede estar cambiando: (i) el disociativo y (ii) el integrativo, asimilables a las dos grandes apuestas metodológicas y ontológicas que son (a) el reduccionismo y (b) el emergentismo sistémico, la complejidad.

El camino reduccionista se guía por el principio de deconstrucción, y su fórmula predilecta es “nada más que”: la Tierra no es “nada más que” un agregado de materia, un ser vivo no es “nada más que” una peculiar combinación de moléculas, la conciencia no es “nada más que” actividad químico-eléctrica cerebral, etc.

El principio único aparece así en la base elemental, considerada “simple”, de modo que, obviamente, el reduccionismo se identifica con el programa cartesiano llevado hasta sus últimas consecuencias. De alcanzar pleno éxito, su resultado final sería la unificación de la naturaleza en su nivel más básico, accesible a través de un proceso de deconstrucción de las entidades, cuya realidad intrínseca es puesta radicalmente en entredicho.

La metafísica que presupone el reduccionismo es de tipo monista y se resume en la formulación de que “sólo lo elemental es plenamente real”. Sin embargo, conduce paradójicamente al estallido de lo existente, puesto que todo se descompone en unidades o “partículas elementales” que pierden su capacidad de asociación compleja.

El camino sistémico parte de lo más elemental que se puede identificar (que, como advierte Edgar Morin, no tiene por qué ser simple, dado que podría encerrar una infinita complejidad que escapa al observador), lo cual se entiende como un nivel de realidad x, y de su tendencia a integrar niveles de realidad superiores (holones), digamos: x+1, x+2,…, x+n.

Dichos niveles no son menos reales por el hecho de estar formados por entidades de los niveles inferiores, sino que su estatus ontológico es igualmente fuerte, desde el momento que ninguna entidad, de cualquier nivel, está constituida exclusivamente por las unidades de los órdenes más básicos, sino que siempre es algo más, donde la dinámica relacional es constitutiva, de modo que nunca puede, en rigor, decirse que algo (un sistema) “no es más que” el catálogo (inconexo) de sus elementos. Suele resumirse esta concepción diciéndose que el todo es más que la suma de sus partes. Surge una ontología pluralista y relacional que, no obstante, abre la puerta a una concepción integralista del universo.

Si la primera concepción se remonta a los atomistas griegos y tiene en Descartes su referente principal, la segunda cuenta con raíces aun más antiguas: Heráclito y, en cierto modo, todo el panorama de los “primeros filósofos”, Pitágoras y los socráticos. Se rastrea su continuidad en Aristóteles (a quien se debe, justamente, el dictum “el todo es más que la suma de las partes”) y en el cosmo-organicismo estoico. Su última gran presencia histórica, en la Naturphilosophie romántica, precede a un largo eclipsamiento de siglo y medio, hasta que Ludwig von Bertalanffy (1901 – 1972) la recupera en la Teoría de Sistemas.

Pero es un hecho que, hasta muy recientemente, los científicos de la naturaleza, al amparo de la corriente principal, han apostado fuerte por el reduccionismo, y ni siquiera han sido los únicos, ya que el afán reductor se apoderó también de los especialistas en ciencias humanas. No me parece exagerado decir que, durante bastante más de un siglo, “ser racional y científico” se ha identificado con “ser reduccionista”, y ello no dejaba de tener su lógica, puesto que todo comportamiento holístico parece presuponer un “acuerdo” entre las partes, o una conexión a distancia entre ellas. Aparte del éxito tecnológico del programa reduccionista, explicable por la facilidad de manipulación que otorga.

Pese al interés que siempre mostró von Bertalanffy por las nuevas teorías científicas y desarrollos tecnológicos que podían fundamentar la Teoría de Sistemas, ésta es esencialmente empírica: implica simplemente reconocer lo que se ofrece a nuestra vista, a saber, que “entidades integran entidades”. La totalidad quark, por ejemplo, forma parte de la totalidad protón que, a su vez, forma parte de la totalidad átomo que, a su vez, forma parte de la totalidad molécula que, a su vez, forma parte de la totalidad célula que, a su vez, forma parte de la totalidad organismo que, a su vez, forma parte de la totalidad Cosmos que, a su vez, forma parte de la totalidad del Kosmos del instante siguiente… y así hasta el infinito. De todas formas, este reconocimiento tiene su importancia, puesto que muchas veces reconocer lo evidente es dar un paso de gigante. Así, siguiendo a Ken Wilber, la realidad no estaría compuesta de partículas o constructos como los quarks de dimensiones sin extensión, cuerdas o membranas, sino de holones (totalidades que, simultáneamente, forman parte de otras totalidades y así siguiendo).

Aunque algunos conceptos esenciales para la constitución de los sistemas verdaderos (holísticamente integrados), como los feedbacks o bucles de retroalimentación, fueron aportaciones de la cibernética, que suministra modelos muy interesantes, la explicación física del nacimiento espontáneo de sistemas integrados de orden superior al de los agregados iniciales de elementos (sistemas de orden x-1) la dio el crucial descubrimiento por Ilya Prigogine de las estructuras disipativas.

A partir de dicho hallazgo, y del desarrollo subsiguiente de la Termodinámica de procesos alejados del equilibrio, la Teoría de Sistemas, y luego las ciencias de la complejidad, dejaron de ser “una especulación organicista basada en un conjunto de casualidades”, para convertirse en una teoría general del orden físico que cuenta con una sólida base.

El esquema básico es el siguiente: al crecer un flujo de energía libre (o, lo que es lo mismo, al incrementarse un cierto gradiente energético) que baña un sistema, éste se adapta modificando su estructura. Dicha modificación puede ser destructiva (desestructuración completa del sistema) o constructiva, y lo segundo supone frecuentemente el surgimiento de una nueva estructuración de menor entropía (o mayor neguentropía, lo que significa “menos probable por más ordenada”). La modificación estructural se orienta siempre a permitir una disipación más eficaz del flujo energético incidente y de la emergencia de un nivel de auto-organización de orden superior al de los constructos constitutivos.

En un principio, las investigaciones de Prigogine se ciñeron a sistemas químicos cuyo equilibrio reactivo inicial se rompía más allá de un cierto umbral, pero tanto él como otros investigadores se dieron cuenta de que el modelo era generalizable: de algún modo, la realidad toda respondía a esta especie de ley de la reestructuración “lejos de las condiciones de equilibrio”, a esta ley o dinámica física legimorfa creadora de complejidad y de diversidad cualitativa. Todo un proceso ontogenético de complejificación creciente se ponía en marcha gracias a ella. Lo que aquí deseo captar son las dimensiones humanamente significativas de un proceso natural científicamente establecido que se despliega en numerosos ámbitos y a múltiples escalas.

Es bien conocida la contraposición entre teleología y teleonomía: la primera, que presupone causación final, es tenida por no científica, mientras que la segunda (causación final meramente aparente) tiende a ser admitida. Hay algo, sin embargo, en esta esquematización típicamente racionalista, que no acaba de encajar, porque toda apariencia de finalización implica que se da de hecho, en el ente o en el proceso, una cierta finalización.

Es decir, que si bien el proceso general que hace surgir los niveles de creciente complejidad es teleonómico (plenamente explicable por una causalidad eficiente como la puesta en juego por las estructuras disipativas), el resultado sigue siendo una complejidad holistizante, llena de “fines vitales”, que culmina en el ser humano con ente acabado. Esta paradoja es una manera de formular el principio antrópico, que supone la convergencia fáctica de teleonomía y teleología.

Pero hay más: el ser viviente experimenta esos fines vitales, teleonómicamente explicables, como fines existenciales genuinos. Goza al realizarlos y sufre con su falta de realización. El goce o sufrimiento humano se podría asimilar a la realización o no de sus fines vitales, desde los más básicos hasta los más sutiles. Esto lo ilustra perfectamente Abraham Maslow con su pirámide de necesidades. Así, el sufrimiento humano sería el no poder realizar lo que demanda la naturaleza propia.

La subjetividad, es decir, la conciencia, aunque sea meramente sintiente, sería lo que transforma lo teleonómico en teleológico: sólo hay auténtica finalidad para el ser subjetivo, y no hay ser subjetivo sin finalidad. Lo que “desde fuera” se aprecia como teleonómico, se vive “desde dentro” como teleológico. Entonces, la pregunta sería: ¿No es la espiritualidad el reconocimiento de la centralidad del ser conciente a nivel del individuo y del cosmos? Es esta justamente, pienso yo, la gran intuición que tuvieron todos los místicos de la historia. Lo que ellos sugerirían es que la flecha del universo apuntaría, hacia la superación de una “extrema pluralidad”, es decir, hacia la reunificación holónica-integral y la conciencia jugaría un rol central ya que es a través de esta que ello sería posible. No se trata, sin embargo, de una reunificación material, como sería el caso de darse un big crunch, un regreso al punto cosmológico inicial, sino de una unificación a la vez sistémica y psíquica.

En cierta forma, una definición progresiva del espíritu debería estar ligada a la evolución sistémica general, que implica el paso de la “extrema pluralidad” de un universo de partículas constitutivas, a la unidad de un cosmos integrado a través de las relaciones heterárquicas establecidas horizontal y verticalmente.

La teoría de los sistemas complejos, hoy en auge cada vez mayor, se ha enfrentado, durante décadas, a un considerable rechazo por parte del main stream académico. Toda concepción organicista era sospechosa de no ser científica, lo que demuestra hasta qué punto es cierto que el pensamiento científico se identificaba con el reduccionismo.

Pero las cosas han cambiado mucho. A mi modo de ver a partir primero de los descubrimientos y teorizaciones de Prigogine y luego del impulso que centros de investigación como el Instituto de Santa Fé, de Nuevo México, le dieron a las hoy llamadas ciencias de la complejidad, justamente en el momento en que la Red, Internet, se gesta como el sistema complejo de creación humana más sofisticado y desde donde, a partir de la comprensión de su dinámica basada en la emergencia de la inteligencia colectiva, queda planteada la utilidad del pensamiento sistémico-organicista. El neo-organicismo, ahora denominado enfoque sistémico o de la complejidad, gana cada vez más cuerpo.

Las actuales ciencias de la Tierra, encumbrando a la cada vez más prestigiosa teoría geobiológica de Gaia como forma de comprensión de problemas globales como el cambio climático, la sistémica organicista de las ciencias cognitivas y neurociencias, la economía de la globalización tan acosada por los efectos mariposa, la conectividad de las redes de comunicación de la sociedad del conocimiento, como comenté, la ciencias de la vida y la biología evolutiva que cada vez más trasciende el análisis del individuo para enfocarse en el colectivo de la población, la bio-informática y la genómica, los fenómenos de no-localidad a nivel cuántico, etc. Todas estás teorías plantean un salto de nivel epistémico respecto del enfoque reduccionista. Tanto es así que, hace poco, un científico cuyo nombre no recuerdo en este momento respondió a la pregunta que públicamente se le formuló, de ¿qué es, en realidad, el universo?, con estas palabras: “Un gran proceso de autoorganización”.

Estoy convencido de que las consecuencias filosóficas de la asimilación de la teoría de los sistemas complejos y los enfoques sistémicos en general serán cada vez más significativas. La principal, a mi entender, es la transformación en tendencia objetiva de lo que antes no era más que una intuición romántica y mística. Se trata de la ciencia posnormal a la que Silvio Funtowicz y Jerome Ravetz aluden.

Con todo, el mecanicismo no debería desaparecer, sino que se resitúa como un punto de vista válido en ámbitos limitados y desde determinadas perspectivas, de la misma manera que la física newtoniana es una primer aproximación válida a los problemas de escala mesoscópica. Y lo mismo sucede con el reduccionismo, valioso, por lo demás, instrumentalmente.

A nadie podrá escapar la convergencia de formas de lo espiritual, y de éstas con el trasfondo de la búsqueda científica, que es susceptible de promover la toma en consideración de estos puntos de vista. Pienso que en nuestro mundo está, hoy por hoy, demasiado presente el principio de discordia y separación como para prescindir de algo capaz de crear conexiones y vínculos.

Salvar el planeta uniendo ciencia y espiritualidad

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Edward Osborne Wilson es un reputado entomólogo y biólogo conocido por su trabajo en evolución y sociobiología. Profesor de la universidad de Harvard, y ganador en dos ocasiones del Premio Pulitzer por sus obras On Human Nature (1978 ) y The Ants, acaba además de sacar un libro titulado “The Creation: An Appeal to Save Life on Earth” (La Creación: Llamamiento a la Salvación de la Vida en la Tierra), con el que intenta “reclutar” a gente conectada con la espiritualidad y religiosos para que se implique en la recuperación y cuidado del medioambiente, señala Catholic on line.

La propuesta de Wilson es promover una alianza entre ciencia y religión con el fin de evitar la extinción masiva de las especies terrestres, debida a la acción humana. Considera que ciencia (como orden del conocimiento racional) y la religión (como manifestación institucionalizada de la espiritualidad del ser humano) tienen una forma distinta de ver el mundo, con algunos puntos incluso conflictivos o irreconciliables, pero que la gente vinculada a la espiritualidad se compromete mucho con el medioambiente, por salvar la Creación y sacralizar el orden natural, por lo que en ese aspecto coincide con los científicos.

Wilson forma hoy parte de una coalición espontánea que reúne por un lado a evangelistas cristianos, por otro a ejecutivos de empresas que figuran en el ránking de las 500 más importantes seleccionadas por la revista Fortune, y finalmente a científicos como el biólogo Edgard O. Wilson. La finalidad de esta coalición es presionar al gobierno norteamericano para que tome medidas para combatir el cambio climático.

La solución al problema del medioambiente es un tema crucial del siglo XXI, cómo negarlo. Por eso, Wilson, comprometido con la causa, ha escrito su nuevo libro con el formato de una serie de cartas escritas a un imaginario pastor de la iglesia baptista. Las creencias en la Creación o en la teoría de la evolución deben dejarse de lado en pos de una colaboración a favor del futuro del planeta.

Según escribe Wilson, los 25 puntos candentes del problema medioambiental actual, podrían superarse con 30 mil millones de dólares. El autor analiza en su libro cómo la actividad humana ha acelerado la extinción masiva de las especies.

Por otro lado, tenemos la Joan Roughgarden, profesora de Biología en la Universidad de Stanford, cristiana, y autora de diversos títulos, publicó su libro “Evolution and Christian Faith: Reflections of an Evolutionary Biologist”, en el que también se habla de las amenazas del desastre ecológico debido a que en los ecosistemas todo está relacionado.

Rougharden se declara a sí misma “una bióloga evolucionista a la vez que cristiana”. Desde esta perspectiva, en su libro trata de reconciliar la teoría de la evolución con las enseñanzas bíblicas, tarea por demás desafiante. Estudiando tanto la Biblia como la naturaleza, afirma haber encontrado continuamente ejemplos de armonía entre ambas, no de conflicto. Así, según ella, no ve por qué un cristiano no puede aceptar la ciencia.

Como Wilson, ella afirma que no importa qué postura se mantenga frente al origen de la vida: el caso es que no hay que perder energía en discusiones poco relevantes, mientras el medioambiente es destruido por nuestras propias acciones. Ambos investigadores, desde posiciones filosóficas diferentes, abogan por la unión entre ciencia y religión sin demora para salvar lo que se pueda.

Los dos autores consideran que la religión y la ciencia son dos fuerzas muy poderosas en nuestro mundo contemporáneo. Wilson se pregunta en su libro por qué la protección de la Creación no está más respaldada en la actualidad por las iglesias institucionalizdas. Proteger la belleza y la variedad de la vida en la Tierra debe ser una labor común, que deje de lado las discusiones acerca de cómo ha llegado a existir semejante riqueza.

La inquietud por el medioambiente y la necesidad religiosa de salvar la Tierra han sido puestos en común en diversas ocasiones. Por ejemplo, en el seminario sobre religión y ecología que cada año auspicia la Universidad de Harvard, se habla de las respuestas que las religiones del mundo dan al declive medioambiental terrestre, y a la demora de dichas respuestas hacia los problemas medioambientales.

Se plantea que las religiones, como formadoras de la cultura y significado, pueden aportar inestimables replanteamientos a las cuestiones actuales. Habiendo desarrollado éticas referentes al asesinato, el suicidio o el genocidio, el siguiente reto sería plantear la ética contra la devastación biológica y ecológica a manos del hombre y una profundización de la sacralización de los ecosistemas vírgenes.

El medioambiente fue considerado, asimismo, uno de los problemas que más deberían motivar el diálogo interreligioso, para generar una causa común: el futuro de la vida de todos. Las tradiciones monoteístas (judaísmo, cristianismo, Islám) y otras tales como el hinduismo, el jainismo, el confucionismo y el budismo, levantan ya sus voces contra los daños humanos al medioambiente. Si estas voces, además, fueran de la mano de la ciencia, podrían alcanzarse muchos más objetivos frente a un enemigo común: la posibilidad de destrucción global.

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La New Age ha buscado su conexión con la ciencia

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Autores como Fritjof Capra han sentado sus raíces en el conocimiento científico
“Nueva Conciencia” es la denominación que gran parte de los participantes en la corriente conocida comunmente como “Nueva Era” o “New Age” prefieren aplicarle. Con independencia de las reservas que se mantengan hacia ella, es de simple justicia destacar que dicha corriente está desplegando actualmente una creatividad notable, y que la calidad y profundidad de las aportaciones del núcleo de intelectuales de orientación transdisciplinar que son sus principales teóricos, va en claro aumento. Este dato de fondo puede explicar, en parte al menos, la creciente influencia de este movimiento. Por José Luis San Miguel de Pablos.

Foto CapraEn este artículo y uno o dos posteriores voy a comentar algunos escritos de un par de autores del New Age o de la “nueva conciencia” muy conocidos. Empezaré con Sabiduría insólita, de Fritjof Capra, cuya traducción al castellano acaba de ser reeditada por Kairós. Y se diría que los veinte años transcurridos desde la aparición de la primera edición en lengua inglesa no han hecho mella en él…

De hecho, las ideas que fluyeron en las conversaciones que Capra mantuvo con casi todos los “personajes notables” con los que se encontró a lo largo de dos décadas, conservan una vigencia tan insólita como la sabiduría del título. Valgan como botón de muestra un par de temas, de entre los muchos que se tratan. El primero surgió en las entrevistas del autor con Gregory Bateson: se trata de la estrecha conexión que este investigador inclasificable establecía entre alta complejidad y mente.

Lo mejor es dar la palabra a Capra:

La materia, para Bateson, está siempre organizada –“no sé nada sobre materia desorganizada, si es que tal cosa existe”, escribió en Mind and Nature– y sus pautas de organización son, para él, cada vez más hermosas a medida que aumenta su complejidad. Siempre insistió en que era monista, en que desarrollaba una cosmovisión científica que no dividía de forma dualista el mundo en mente y materia ni en ningún otro tipo de realidades independientes. Señalaba a menudo que la tradición judeocristiana, aun presumiendo de monista, era esencialmente dualista al separar a Dios de su creación. Asimismo insistía en la necesidad de excluir toda explicación sobrenatural, ya que destruiría el monismo de su concepción. (…)”.

“En mi opinión, la contribución más destacable de Bateson al pensamiento científico fueron sus ideas sobre la naturaleza de la mente. Desarrolló al respecto un concepto radicalmente nuevo, que para mí representa el primer intento acertado de superar la división cartesiana, que tantos problemas ha causado en el pensamiento y la cultura de Occidente”.

Bateson propuso definir la mente como un fenómeno de los sistemas, característico de los seres vivos (subrayado en cursiva por el autor del presente artículo). Enumeró una serie de criterios que los sistemas deberían satisfacer. Todo sistema que los satisfaga será capaz de procesar información y desarrollar los fenómenos asociados con la mente: pensar, aprender, recordar, etc. De acuerdo al punto de vista de Bateson, la mente es la consecuencia necesaria e inevitable de una cierta complejidad, que empieza mucho antes de que los organismos desarrollen un cerebro y un sistema nervioso de tipo superior. Hizo hincapié también en que los rasgos mentales no sólo se manifiestan en organismos individuales, sino también en sistemas sociales y ecosistemas, y en que la mente no es sólo inherente al cuerpo, sino también a los canales y mensajes exteriores (pp. 94 y 95).

Estructuras disipativas

La concepción de la mente que tenía Bateson es aclarada por Capra haciendo intervenir la teoría de Ilya Prigogine acerca de las estructuras disipativas y los fenómenos de autoorganización que surgen cuando un sistema es llevado lejos del equilibrio por la incidencia de un flujo energético. Va estando cada vez más claro que la vida, el ámbito entero de lo biológico, no es otra cosa que un vasto dominio de la autoorganización sistémica, el dominio, precisamente, en el que ésta se manifiesta del modo más nítido y extremo, pero no el único en el que se manifiesta. La reducción local de la entropía –o lo que es lo mismo, el aumento de neguentropía– que es el rasgo clave que define a las nuevas entidades que emergen en los procesos de autoorganización, no sólo se observa en los seres vivos, sino –en mayor o menor medida– en toda el proceso de ontogénesis que, desde el big bang y empezando por los quarks, llega hasta el hombre y sus sistemas culturales y civilizatorios.

Aunque sin decirlo de manera explícita, Capra sugiere claramente que tanto el élan vital bergsoniano como la complejificación-espiritualización de la materia en la visión teilhardiana de la evolución cósmica, pueden explicarse científicamente a partir de la nueva termodinámica “lejos del equilibrio” de Prigogine. La “exploración” de alternativas de mucha menor entropía que los sistemas de partida, en los puntos de bifurcación estudiados por el premio Nobel de Bruselas, hace surgir una teleonomía (apariencia de finalidad) orientada a la complejidad creciente y a la individualización de entidades definidas globalmente (ontogénesis) que, según yo mismo he declarado en alguna ocasión anterior, y lo mantengo, es indistinguible de una orientación teleológica genuina. Pues ¿por qué la existencia de una explicación del orden de la causalidad eficiente tiene que impedir asumir que el resultado apunta claramente hacia la finalización y que de hecho la establece? ¿O es que a esta última sólo puede sustentarla “lo milagroso”? En lugar de “diseño inteligente” previo, inteligencia inherente al proceso evolutivo continuo de la energía, la materia y la vida, así como a cada una de sus fases, ”saltos” y entidades-sucesos (Whitehead). Inteligencia, mente en suma, que se evidencia y se despliega en el curso del proceso mismo, partiendo de un potencial que está presente ya en el origen.

Pero hablar de mente –y de inteligencia– es lo mismo que referirse a manejo de información para adaptarse mejor al medio (e incluso para modificarlo en beneficio propio). Ahora bien, lo que vehicula la información es lo improbable, lo heterogéneo… Es la neguentropía lo que permite que exista la información, hasta el punto de que muchos las identifican. Teniendo esto en cuenta, es posible desde luego concebir una mente totalmente inconsciente, una mente reguladora capaz de tomar decisiones “inteligentes” sin estar al servicio de ningún foco consciente. Por ahí van, de hecho, los teóricos de la inteligencia artificial, que ni siquiera se plantean en serio el problema de la consciencia (el término consciencia no acaba de ser admitido por la Real Academia. Se utiliza aquí –y se reivindica–, no obstante, puesto que “conciencia” posee un significado equívoco, lo que en este caso es bastante grave).

Mente y consciencia

Pero Capra, claro está, sí que se lo plantea. Acierta, de entrada, a distinguir con claridad entre mente y consciencia, algo que tanto esfuerzo cuesta a los pensadores de Occidente y que tan claro han visto siempre los orientales. La razón de ello parece clara: para ver tal cosa es imprescindible parar conscientemente la “máquina de pensar”, la mente, un ejercicio básico de meditación oriental que es, sin embargo, ajeno a las tradiciones de Occidente, pero que Capra conoce.

Una situación vivida por Capra ilustra a las mil maravillas, y permite hasta cierto punto vivenciar, el problema de la consciencia tal como en el libro se plantea, es decir, de un modo mucho menos teórico y mucho más directo que las demás cuestiones evocadas. Refiere Capra cómo se desarrolló una reunión de pensadores alternativos celebrada en 1980 en el Monasterio de Piedra (Zaragoza, España), reunión en la que participaban Ronald D. Laing, Stanislas Grof y Gregory Bateson, junto a él mismo, entre otros…

(Fritjof Capra interviniendo en la reunión) — Si examinamos las teorías de la con(s)ciencia, vemos que todas son variaciones de dos puntos de vista aparentemente opuestos. A uno de ellos le denominaré “la visión científica occidental”. Esta considera la materia como primordial y la con(s)ciencia como una propiedad de complejas pautas físicas, que emerge en un cierto nivel de la evolución biológica. La mayoría de los neurocientíficos comparten hoy en día este punto de vista. (…)

El otro punto de vista acerca de la con(s)ciencia puede denominarse “visión mística”, ya que generalmente es propio de las tradiciones místicas. Éste considera la con(s)ciencia como realidad primaria, como esencia del universo, (el) campo de todo ser y de todo lo demás, de todas las formas de la materia y de todos los seres vivos, manifestaciones todos ellos de esa conciencia pura. Esta visión mística de la con(s)ciencia se basa en la experiencia de la realidad en modos no ordinarios de con(s)ciencia y, según se dice, dicha experiencia mística es indescriptible. Es…

-¡Cualquier experiencia! –exclamó Laing, interrumpiendo decididamente mi discurso–. ¡Cualquier experiencia! –repitió al ver que le miraba desconcertado. ¡Cualquier experiencia consciente de la realidad es indescriptible! Mira simplemente a tu alrededor un momento, y observa, escucha, huele y siente dónde estás.

Seguí su consejo y pasé a hacerme plenamente consciente, experimentando una sinfonía de sombras, sonidos, olores y sensaciones.

-Tu con(s)ciencia puede participar de todo cuanto existe a tu alrededor –prosiguió Laing– pero nunca lograrás describir tu experiencia. No ocurre sólo con la experiencia mística sino con cualquier experiencia.

Comprendí de inmediato que Laing tenía razón. (…). (pp. 159-160)

Búsqueda sincera

La sincera búsqueda, a la par científica y espiritual, racional e intuitiva, que reflejan los libros de Fritjof Capra, siempre me ha conmovido. Pero es que además, en esta ocasión, el relato de lo que presenta como un episodio autobiográfico relevante, con un maestro de la psiquiatría, como Laing, cumpliendo el papel de instructor zen, ha venido a confirmarme en una vieja idea, de esas que cuesta un poco comunicar en público por miedo a la incomprensión bienpensante: la de que darse cuenta plenamente de lo que es la experiencia consciente no es cosa trivial; y que cuando esa percatación tiene efectivamente lugar, no se diferencia gran cosa de una experiencia mística.

Lo cual implica, de paso, constatar que la transición entre un estado común de conciencia y uno próximo a “lo místico” es mucho más tenue de lo que se suele admitir. Claro que alguien podrá objetar: ¿acaso no tiene todo el mundo conciencia plena de su propia consciencia? Bien, sé que cuesta un poco reconocerlo, pero yo diría que no, puesto que dicho insight es, sin ir más lejos, radicalmente incompatible con las posturas “negacionistas” que, acerca de la consciencia, manifiestan (¡harto paradójicamente!) algunos teóricos de la consciencia misma.

Y es que una pesada carcasa de prejuicios teoricistas e ideológicos puede bloquear esa sencilla experiencia que Laing contribuyó a hacer brotar en Capra: la de maravillarse por la realidad indescriptible –y como tal partícipe, de hecho, de la inefabilidad de todo lo sagrado– de la consciencia propia. Es evidente también que para poder disfrutar de esta tan simple como fundamental experiencia hay que dejar de lado toda la parafernalia de ideas y prejuicios de la más variada índole (confesional, magnificadora, escéptico-racionalista, “psiquiatrista”, etc.) que suele llevar adherida la etiqueta de “experiencia mística”…

Por cierto que, en orden a ello, se puede considerar también, si se prefiere y resulta tranquilizador, que la captación en cuestión no es semejante cosa (pues ¿qué más da realmente cómo lo llamemos?). Yo diría, para terminar, que en vez de teorizar, quizá en exceso, sobre la naturaleza “objetual” de la consciencia, llegando a perder de vista su ineludible esencia experiencial que no admite trueques objetualistas, ¿no sería mejor favorecer la restauración del papel epistémico de la vivencia inmediata?

Artículo escrito por José Luis San Miguel de Pablos es miembro de la Cátedra CTR Universidad Comillas, Madrid y publicado en Tendencia 21

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Redes (excelentes documentales realizados por Eduard Punset)

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  • ¿Existe el mundo?
  • Cuando los físicos profundizan en el interior de la materia se encuentran con grandes vacios, partículas de corta vida y un gran número de incógnitas por resolver. REDES se pregunta esta semana si existe el mundo tal y como los percibimos.
    Nuestros sentidos interaccionan con el mundo que nos rodea de una forma práctica que nos ayuda a vivir y a desarrollarnos en su entorno pero la ciencia actual ha desarrollado nuevos sentidos, más soficticados como el instrumental científico práctico y teórico como telescopios, micrscopios electrónicos de barrido o aceleradores de partículas) que nos permiten tener una percepción del mundo completamemnte diferente.

  • Las dimensiones desconocidas
  • Por el momento los homínidos nos movemos bien en un mundo tridimensional. En cambio no nos ocurre lo mismo con la cuarta dimensión: el tiempo. A las personas nos cuesta muchísimo aceptar que la flecha del tiempo va en una sola dirección hacia la muerte y que no hay marcha atrás. REDES entrevista esta semana a Javier Tejada que nos introduce al tiempo psicológico. J. Tejada es catedrático de física del estado sólido en la Universidad de Barcelona. Es también doctor Honoris causa por la City University de Nueva York. Actualmente trabaja con sus colaboradores en investigaciones cuánticas a bajas temperaturas. Tejada nos habla del tiempo mecánico del reloj que no tiene ni pasado ni futuro. En condiciones normales, el hombre vive una parte del tiempo sin tener plena conciencia porqué es feliz. La atemporalidad está ligada a esta capacidad de ser feliz del individuo.

  • Programados como robots
  • Desde la Universidad de Nueva York, Eduard Punset entrevista al prestigioso científico Rodolfo Llinás, neurólogo de origen colombiano, uno de los mayores especialistas en la evolución del cerebro. La historia de la evolución nos enseña que sólo tiene cerebro quien lo necesita. Hicieron falta 750 millones de años para que apareciera, y sólo lo hizo en los organismos que decidieron moverse. Las plantas prefirieron quedarse en su sitio y vivir con lo mínimo necesario. En cambio, los animales, que optaron por el movimiento intencionado, necesitaron un cerebro para poder programar a dónde dirigirse, buscando comida o huyendo del peligro. Esta es la tesis básica de Rodolfo Llinás, y esta semana el programa se centra solamente en este especialista, prescindiendo de plató. Se emiten varios reportajes que abundan en su tesis, de entre los que destaca el de los tunicados, unos animales muy primitivos que viven en el fondo del mar. Se parecen a plantas, porque se fijan a la roca y prácticamente sólo tienen estómago. Son como tubos sin cerebro. Pero cuando deben reproducirse, desprenden una semilla, como un renacuajo, que vive una hora, y mediante un mínimo sistema nervioso busca el sitio adecuado para engancharse de nuevo a una roca. En cuanto lo consigue, reabsorbe casi todo su cerebro, pues ya lo necesita.

  • Magia e ilusión
  • Todo el mundo sabe que la magia no existe, que los magos hacen trampa en sus juegos y crean la ilusión de que han hecho algo prodigioso. Redes revelará cuál es el verdadero secreto de la magia y porqué no somos capaces de “cazar” al mago en su artimaña. La percepción del ojo humano es imperfecta y, gracias a ello, muchas cosas que suceden ante nuestra mirada pasan desapercibidas. Richard Gregory, neurólogo y especialista en el campo de la percepción y de las ilusiones ópticas, y autor del libro El ojo y el cerebro, responderá a las preguntas de Eduard Punset y aclarará cómo funciona nuestra percepción y porqué es defectuosa. Uno de los mecanismos de nuestra mente para suplir los huecos de nuestra tosca vista es la reconstrucción de imágenes a partir de lo que nuestro cerebro intuye que debería haber en la realidad. Debido a eso, es más fácil engañar a una persona concentrada en las manos del mago, que a una que pasaba por ahí y se detiene a mirar. En este programa se desenmascaran muchos de los trucos clásicos del ilusionismo y se analizan las relaciones entre la magia y la ciencia. Incluso se desvela el secreto de uno de los trucos con cuerdas más difíciles de aprender. En plató, el director del Museo de la Ciencia de Barcelona, Jorge Wagensberg, hablará de las bases científicas de la magia, y un mago ilusionista, Joaquín Matas, demostrará lo difícil que resulta percibir algunos trucos

  • El sentido de la música
  • Cuando escuchamos un sonido nos puede parecer bonito o feo. La música activa la misma zona cerebral que la alimentación o el sexo, quizá por eso cuando nos gusta una melodía nos sentimos bien. Pero no a todos nos gusta el mismo tipo de sonidos ¿Qué factores influyen para que la percepción musical sea diferente en cada persona? Cuando un ruido es muy intenso, se activan unas fibras nerviosas que conectan el oído con el cerebro. De este modo podemos captar los sonidos que se generan a nuestro alrededor. Las diferentes áreas geográficas donde haya crecido una persona, el idioma que hable, o el hecho de ser zurdo o diestro también determinan el modo en que oímos. Diana Deutsch, Catedrática de Psicología de la Universidad de California, ha desarrollado un estudio: la paradoja de Tritón. Deutsch muestra a Eduard Punset como esta paradoja confirma la diferente percepción musical y su relación con los sonidos a los que se ha estado expuesto en la niñez. En plató participan Andrés Lewin-Richter, Director de la Fundación Phonos de la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona), y Marta Cureses, Musicóloga de la Universidad de Oviedo

  • La ciencia de la belleza
  • La pasión por la belleza es un instinto básico que está dentro de nuestro cerebro y que se define en las primeras semanas de la vida embrionaria. El cerebro sufre una influencia hormonal en el útero , alrededor de la semana 13 de la vida embrionaria, que le condiciona a un sexo determinado. Y esto influye en lo que se considere atractivo más tarde durante la vida. Esta es la conclusión a la que ha llegado el psicólogo Victor Johnston que es entrevistado esta semana por Eduard Punset, en el programa REDES, de La-2. Este profesor de psicología de la Universidad de Nuevo México, en EE.UU, afirma que la atracción de hombres y mujeres hacia el sexo opuesto forma parte de la naturaleza básica del ser humano y que esta atracción está en nuestro cerebro desde el mismo comienzo de la vida. En la definición de esta atracción intervienen los marcadores hormonales. En las mujeres, la salud es uno de estos indicadores más importantes, porqué indica fertilidad. Johnston analiza los estudios en los que muestran diferencias entre el cerebro del hombre y el de la mujer como consecuencia de la exposición hormonal en el útero. Este psicólogo americano afirma que es posible determinarlo midiendo sus dígitos en la decimotercera semana de la vida embriológica y las consecuencias en la vida cotidiana de ser una persona guapa. En el plató intervienen Jordi Serrallonga, Director d’Homínids, de la Universidad de Barcelona y Rosa Raich, psicóloga de la UAB. El programa cuenta también con sus secciones habituales de reportajes, “El experimento”, “El Informativo 3000” y el concurso “La Cuestión” en que los espectadores deberán formular ¿Qué ley ha deducido Vd. Tras observar el mundo, las personas o la historia?

  • Cuando nos hicimos libres
  • El ser humano se diferencia del resto de animales por su libre albedrío, es decir, por su capacidad para decidir. Mientras los animales actúan por instinto, nosotros somos capaces de ir más allá y plantearnos nuevas respuestas a los estímulos externos. Pero ¿somos realmente libres? Y en ese caso, ¿cómo apareció el libre albedrío y qué consecuencias ha tenido para el hombre? Al igual que el lenguaje o el dinero, la libertad es una creación exclusivamente humana, que ha evolucionado junto con el hombre. Gracias a la aparición del lenguaje, nuestro cerebro ha sido capaz de transformar la realidad física que nos rodea y crear una realidad mucho más compleja, un mundo en el que la comunicación tiene un papel fundamental. Lejos del resto de los animales, los seres humanos generan millones de ideas nuevas cada día. Aceptarlas o no constituye el mayor grado de humanidad de nuestra especie, ya que cada decisión supone un acto de libertad. Somos la única especie del planeta capaz de pensar en el control de la natalidad, de decidir si queremos tener hijos o no o qué profesión queremos desarrollar

  • Cosas que nunca debimos aprender
  • A menudo pensamos que la mente más primitiva como la del hombre de la Edad de Piedra es primaria y simple; pero, en realidad, la mente humana de cualquier época y cultura es muy sofisticada. Está claro que hay diferencias entre las sociedades tecnológicamente avanzadas y la de los cazadores-recolectores, pero probablemente las habilidades mentales son las mismas en todas las culturas. También se cree que el instinto es algo que sólo tienen los animales y que el aprendizaje es cosa de los seres humanos. Es erróneo. Un gusano aprende de la misma manera que una persona tiene instintos. ¿Qué es más importante: el entorno o los genes? Lo que es evidente es que los genes nos proporcionan la capacidad de reaccionar de forma inteligente a nuestro entorno de manera particular e individual. Asimismo la cultura afecta a las personas y se aprende imitando a otras personas.

  • Vida extraterrestre
  • La imagen de marcianos llegando a la Tierra en naves espaciales es una de las más recurrentes del cine de ciencia-ficción. Si sustituimos a los hombrecillos verdes por microorganismos y las naves espaciales por meteoritos, podríamos estar bastante cerca de la explicación del origen de la vida en la Tierra. Una de las teorías acerca del inicio de la vida afirma que microbios y bacterias podrían haber viajado a la Tierra desde Marte dentro de rocas que llegaron aquí a través de asteroides y cometas. Esta es la idea que defiende el astrobiólogo Paul Davies, que nos explicará como pudieron desplazarse estos microorganismos por el espacio sobreviviendo a temperaturas bajísimas. Ante esta afirmación queda una pregunta en el aire: ¿podría ser que actualmente conviviesen en nuestro planeta otras formas de vida alienígena que nosotros no sabemos reconocer? Paul Davies la contestará a lo largo del programa. Para Davies el origen de la vida plantea tres preguntas básicas: ¿cuándo, dónde y cómo se estableció la vida por primera vez en la Tierra? Para llegar a responder a estos misterios primero tendremos que saber si la vida constituye un fenómeno químico insólito, muy poco probable o en cambio es un proceso automático, fruto de las leyes que rigen el Universo y por lo tanto es muy probable. Todos estos misterios acerca del origen de la vida los intentaremos resolver con Paul Davies y en el debate de Eduard Punset con la investigadora del Centro de Astrobiología Susana C. Manrubia y Manuel Lozano, Catedrático de Física Atómica de la Universidad de Sevilla.

  • La proporción áurea
  • ¿Qué tienen en común las matemáticas y las flores? Aparentemente nada, pero si observamos la Naturaleza con atención veremos que hay una proporción numérica que se repite en muchas formas vegetales y animales. Y es que existe un número que rige cosas tan dispares como los pétalos de una rosa y la música de Debussy. Es la proporción áurea, que el hombre ha descubierto en la Naturaleza y ha utilizado para la creación estética.

  • La imaginación al poder o a la depresión
  • ¿Qué tienen en común los babuinos del Serengueti y los funcionarios españoles? Pues que la jerarquía en la que viven genera un gradiente social en su salud. Es el llamado síndrome del status, que dice que la salud disminuye conforme bajamos en la escala social. Esto puede parecer obvio. Pero es que no es sólo una cuestión de ricos y pobres, de tener o no tener dinero. Y si le dicen que por el simple hecho de que usted no puede veranear en el Caribe y su vecino sí esto le hace más susceptible a enfermar ¿le sorprende ahora? El síndrome del status nos afecta a todos porque todos formamos parte de colectivos sociales que se organizan en jerarquías: El que escribe más artículos científicos, el que tiene una casa más grande, el que tiene una posición mayor en el trabajo…y un sinfín de opciones. De hecho, si mira a las personas que tiene alrededor, verá que están organizadas en una jerarquía y que usted ocupa una posición concreta en ella. Las enfermedades, todas las enfermedades, también siguen este gradiente. Pero ¿quién genera este gradiente? ¿la naturaleza o la sociedad? Hasta ahora creíamos que la salud y el entorno social eran aspectos diferentes pero la ciencia nos ha demostrado que no es así. Michael Marmot, reputado epidemiólogo y autor del libro “Status Syndrome” nos explicará en REDES cómo la forma en la que nos relacionamos y el control que tenemos sobre nuestra vida están íntimamente asociados a nuestra salud y a nuestra esperanza de vida. En el plató contaremos, además, con las opiniones de Antonio Daponte, investigador de la Escuela Andaluza de Salud Pública y de Carme Borrell, de la Agència de Salut Pública de Barcelona.

  • Educación emocional
  • Tomamos decisiones todos los días, pero… ¿conseguimos ser totalmente racionales en la elección? ¿Influyen nuestras emociones en las decisiones que tomamos? ¿Podemos decidir sin sentir nada? No podemos eliminar las emociones de nuestro cuerpo, forman parte de nuestra propia biología. El sistema límbico es el responsable de nuestras emociones y su actividad se dispara cuando nos enfadamos, o sentimos miedo. Las emociones pertenecen al cuerpo y los sentimientos a la mente, pero van totalmente ligados. ¿Puede un organismo sin sistema nervioso tener sentimientos? Existen emociones buenas y emociones malas. El objetivo de una buena educación para una sociedad próspera es que se cultive lo mejor y se reprima lo peor de la naturaleza humana, pero ¿podemos organizar nuestras emociones? Es importante entender el conocimiento científico sobre la biología neuronal de las emociones y los sentimientos, porque muchas de las reacciones que consideramos patológicas en nuestra sociedad, tienen que ver con las emociones sociales. Esta semana entrevistaremos a Antonio Damasio, director del Instituto Cerebro y Creatividad de la Universidad de Southern California. Damasio tiene como uno de sus objetivos comprender las emociones sociales para poder así abordar el conflicto social.

  • No todo es liso en la vida (los fractales)
  • Para entender algunas cosas básicas del mundo, de vez en cuando hay que recurrir a un juguete procedente de las matemáticas puras, y convertirlo en una herramienta de comprensión, de construcción, de desarrollo… casi una herramienta industrial. Puede ser una circunferencia, una elipse…..o un fractal. Los pintores antiguamente ya sabían que para pintar un árbol en realidad hay que pintar pequeños árboles. Y el hombre primitivo al mirar a su alrededor veía más cosas rugosas que lisas. La Luna vista a lo lejos, los ojos,….poco más liso encontraba. Pero la ciencia entró de lleno en lo liso y se olvidó de las rugosidades. Todos, menos Mandelbrot, claro. Benoît Mandelbrot saltó a la fama matemática cuando descubrió las propiedades de los fractales. Gracias al auge de los ordenadores, supo transformar un juguete en una herramienta: pequeñas formulas que ejecutadas muchas veces nos dan un modelo de la economía, de un ecosistema o de las fracturas de un metal. En el programa de esta semana veremos por qué se ha ganado la atención del mundo. También contaremos con las opiniones de Claudi Alsina, Catedrático Universidad Politécnica de Barcelona, Carlos Ferrater, Arquitecto, Javier Barrillo, Prof. Matemáticas Universidad del País Vasco, Pablo Gumiel, Investigador del Instituto Geológico Minero de España

  • Las pesadillas no son sueños
  • ¿Por qué dormimos? No puede ser solo para descansar. El cerebro trabaja continuamente mientras dormimos, su actividad solo se reduce un 20% respecto a la vigilia. Tenemos que dormir por otros motivos, motivos positivos, motivos fascinantes como la memoria. Todos tenemos recuerdos increíbles. Nuestro cerebro está repleto de recuerdos. ¿Cómo los conserva? ¿Cómo los mantiene actualizados y disponibles? Hay que entender los sueños y las emociones para responder estas preguntas. Las leyes del cerebro cambian durante el sueño. Cambia la química y así desaparecen factores característicos de la vigilia como la coherencia y la continuidad. Es un cerebro diferente, y por eso no puedes organizar los pensamientos, no sabes quién eres, estás desorientado. Allan Hobson es catedrático de Psiquiatría en la Escuela de Medicina de Harvard. Es autor de varios libros sobre el sueño y los sueños y será un privilegio contar con su particular visión de lo que nos sucede durante ese tercio de nuestras vidas que nos pasamos durmiendo.

  • Todos somos átomos
  • En la vida cotidiana solemos pensar en la materia y en la luz como si fueran dos cosas muy distintas, casi como los dos extremos opuestos de aquello que compone el mundo. Pero, tras examinar con más detenimiento la estructura de la materia, los físicos han descubierto que los componentes básicos de la materia ordinaria son muy parecidos a la luz! Esto nos brinda una imagen más unificada de qué es el mundo: ya no vemos dos cosas muy distintas sino una única sustancia que subyace a ambas. Las ideas que tenemos sobre el vacío tampoco cuadran con las ideas de la física. Lo que percibimos como espacio vacío realidad está lleno, muy lleno. De hecho en la física moderna, el espacio vacío es lo más importante. Las partículas observables son como las olas que se mecen sobre un océano de espacio vacío eternamente activo, que encierra muchísima más energía que la marea observable. Frank Wilczek fue uno de los galardonados con el premio Nobel de Física del año 2004, por sus trabajos en la interacción fuerte. Además tiene un gran interés en hacer llegar estos conocimientos a todo el mundo. Hemos tenido el placer de compartir con él una agradable conversación sobres todos aquellos temas en los que la física moderna nos cambia la perspectiva del mundo en el que vivimos. También contaremos con las opiniones de Manuel Lozano Leyva, Cat.Física Nuclear Univ. Sevilla; Omar Valentino, Experto en Artes Marciales y Fausto Ronco, Maestro Tai-Chi estilo Chen.

  • Ahora sabemos qué es un humano
  • Algunos dicen que la humanidad está en peligro….Aún está por ver. Pero tras los hallazgos de la biología, la antropología y la inteligencia artificial, lo que seguro está en peligro es el concepto de “humano”. Qué significa ser humano? Quién es humano y quién no? Parecen preguntas fáciles de responder, pero no es así. Damos por hecho el concepto de humanidad pero la ciencia nos lo desmonta. Cada vez somos más parecidos a los animales y a las máquinas y la ingeniería genética nos depara nuevos retos a resolver. Llevamos años hablando de “valores humanos”. Sean cuales sean estos valores a qué nos referimos con “humanos”? En REDES contaremos con la entrevista a Felipe Fernández-Armesto. Historiador británico, Armesto enseña Cultura y Civilización españolas en la Universidad de Tufts. Por la amplitud de temas que trata en sus estudios está considerado como un sabio renacentista en el siglo XXI y hemos tenido el placer de poder compartir algunos de sus conocimientos. También contaremos con las opiniones de Nolasc Acarín, Neurólogo-Profesor UPF; Steven Mithen, Arqueólogo. Universidad de Reading (Reino Unido) ; Jaume Fatjó Etólogo, Facultad de Veterinaria UAB y Laura Sagarra, Veterinaria experta en doma natural.

  • El mundo no existe sin memoria
  • ¿Existiría nuestro mundo si no pudiéramos recordarlo? ¿Es el presente que vivimos en realidad el pasado? Estas y otras son algunas de las preguntas que intentaremos responder esta semana en Redes. La complejidad del cerebro ha sido y es objeto de innumerables estudios, pero sigue siendo el más desconocido de nuestros órganos. Sin duda es también el más fascinante y supone un estimulante enigma para los científicos. Cada día conocemos más acerca de como procesa el cerebro la información que proviene de los sentidos y que importancia tienen adjudicados cada uno de ellos en la corteza cerebral. Pero aun estamos lejos de comprender el infinitamente complejo funcionamiento de nuestro órgano más complejo. ¿Podemos en realidad estudiar el cerebro, siendo éste la misma herramienta utilizada para estudiarlo? Esta semana tendremos con nosotros a Ranulfo Romo, Neurobiólogo de la IFC-UNAM, México. Los trabajos de este gran científico sobre los códigos neurales de la percepción, la memoria y la decisión están resultando decisivos en la neurobiología actual. Hoy nos habla de un gran enigma aún por descifrar: cómo es la relación entre la actividad neuronal y nuestros sentidos. También contaremos esta semana con los conocimientos de Mara Dierssen, Investigadora en Neurociencias, CRG. Y compartirán con nosotros sus experiencias olfactivas Josep Jimeno, Bombero, Fina Caus, Enfermera, y Carme Ruscalleda, para muchos la segunda mejor cocinera del mundo.

  • ¿Porqué funciona la economía?
  • Todo el mundo se queja de la economía de libre mercado. Se la responsabiliza de todos los males del planeta…Pero hay quienes sostienen todo lo contrario: que la economía de libre mercado funciona mucho mejor de lo que jamás habríamos pensado. ¿Es el crecimiento económico lo único que el mercado ha hecho mejor que ningún otro sistema a lo largo de la historia?, ¿O tiene más ventajas de las que hemos creído hasta ahora? William Baumol, Profesor Emérito de Economía de la Universidad de Princeton, EEUU, es uno de los economistas más citados de los últimos años. Sus 35 libros y más de 500 artículos lo sitúan como uno de los teóricos del dinero más prolíficos de la historia. A sus 85 años sigue trabajando en su despacho de Princeton, dónde nos recibe para hablarnos de porqué el capitalismo se ha convertido en el modelo económico triunfante que ahora vemos

  • El amor está en el cerebro
  • Un modelo de felicidad en ratones….pensarán que no es algo muy útil para nuestra vida de humanos. Pero no es así. Estudiando a ratones los científicos han llegado a conclusiones importantes para nosotros. La seguridad y la ausencia de miedo son fundamentales para la felicidad. Pero, ¿hasta donde podemos conocernos estudiando el cerebro? ¿existe algún límite?, ¿dónde reside el amor y la felicidad?. Hay muchos procesos mentales inconscientes que discurren sin que seamos conscientes de ellos…una vez somos conscientes se produce una elaboración más rica, se producen los sentimientos. La gente habla mucho sobre lo sofisticada que es la neocorteza, pero muchas cosas suceden en la amígdala. Es ahí donde se procesa el miedo, es ahí donde está una de las claves de nuestra felicidad.

  • Vida urbana: ¿Premio o castigo?
  • Este año, por primera vez en la historia, la mitad de la población mundial vive en zonas urbanas y, por tanto, estamos en un momento crucial. También es cierto que mil millones de personas viven en chabolas…Surgen problemas debido al traslado de personas a las ciudades. En los países en vías de desarrollo las infraestructuras no están preparadas para asumir esta migración. Pero no todo son desventajas. Existen muchos factores positivos asociados a las ciudades. El ser humano lleva unos miles de años viviendo en ciudades; sin embargo nunca antes habían sido tan grandes ni habían estado tan densamente pobladas. Esto ocasiona problemas de salud específicos, asociados a la contaminación, las epidemias o la violencia callejera. David Vlahov, Director e Investigador del Centro de Epidemiología Urbana de la Academia de Medicina de Nueva York, EEUU, nos acompaña esta semana para arrojar una luz sobre estos temas.

  • El poder de las creencias
  • Hasta ahora la ciencia dejaba de lado el estudio de las religiones. Pero con los nuevos estudios los científicos nos están revelando muchos secretos.Nos están ayudando a resolver muchas incógnitas y a entenderlas mejor. ¿existe una explicación evolutiva para el nacimiento y la presencia de la religión?, ¿ logrará la ciencia refutar la religión?. Esta semana contamos de nuevo con la presencia del profesor Scott Atran, Investigador de Dinámica de Grupos de la Universidad de Michigan, EEUU. Con él vamos a poder comprobar que la religión también puede ser entendida desde la antropologia y que nuestros valores y creencias mas sagrados tienen una base menos espiritual de lo que soliamos pensar.

  • El cerebro del bebé
  • La mejor manera de abordar las enfermedades mentales, incluso la delincuencia y la violencia en nuestra sociedad, es ocuparnos de los bebés. Durante los primeros dos años, y también el período en el útero, se desarrollan muchos sistemas importantísimos en el cerebro, especialmente los que utilizamos para gestionar nuestra vida emocional, como la respuesta al estrés, por ejemplo. La primera infancia es, en realidad, la base de la salud mental. Sue Gerhardt ha dedicado toda su vida profesional al estudio de los bebés: a la influencia del afecto en el desarrollo emocional de los más pequeños y a sus efectos en la vida adulta. Con ella hablaremos de la importancia del amor como modulador de cambios cerebrales en los bebés. También contaremos con las opiniones de Marta Bertrán, Antropóloga de la Universidad Autónoma de Barcelona.

  • Hay otras dimensiones
  • Cuando éramos bebés, tumbados en la cuna, solo percibíamos el mundo en dos dimensiones, fue al levantarnos que empezamos a percibir un mundo tridimensional. Redes ahora cumple 10 años y lleva una década atrapada en un universo de tres dimensiones más el tiempo, aunque la física nos devuelve otra vez a la cuna: parece que nuestro universo tiene 11 dimensiones ¿Pueden imaginárselo? No, no pueden. La física se caracteriza por explorar escalas muy distintas de las que manejamos en nuestra vida cotidiana. Distancias y energías inimaginables donde las cosas parecen muy distintas a lo que estamos acostumbrados. ¿Quién hubiera creído que la mecánica cuántica explicara cómo funcionan las cosas? Y eso pasa porque no vemos, naturalmente, las cosas a escala atómica. Tal vez con las dimensiones pase lo mismo.

  • Muchos más documentales de Red (Clickea)
  • Humanismo TV

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    Más allá de la racionalidad: la conciencia integral enREDada, compleja, incierta, abierta, despierta y aperspectiva

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    Deseo comentar algo sobre lo que entiendo por conciencia integral, que creo yo, se presenta como la alternativa al pensamiento enajenadamente racional. Al igual que el pensamiento posmoderno, que tiene como base la aceptación de la multi-perspectividad y el fin de los meta-relatos, la conciencia integral descarta la idea de que la realidad es única, inmutable y cognoscible por medio de la sola razón.

    Lejos de ser objetivo, el ser humano en el proceso de comprender se transfigura, simultáneamente en observador y participante del mundo que lo rodea. Sin embargo, la idea de una conciencia integral difiere, a pesar de su cercanía, del pensamiento posmoderno, en tanto que rechaza el escepticismo radical que lo define, su carácter definitivamente auto-centrado y el consecuente hedonismo que lo caracteriza. El movimiento posmoderno no es el emergente, de esta nueva conciencia, sino un indicio más de la ruptura del orden racionalista.

    El racionalismo, por un lado, acaba por alienarse con el conocimiento puramente instrumental y así como con el progreso, la riqueza, el poder y la codicia; la espiritualidad, como manifestación de la conciencia integral, representa un contrapunto, pues se centra en el ideal de humanidad que busca la justicia, la plenitud, la alegría vital, la compasión y el amor. No podemos prescindir de la razón. Pero tampoco desconocer nuestros impulsos espirituales. Dado el carácter armonizador, la conciencia integral no rechaza el pensamiento místico, sino que lo acepta y (hasta cierto punto) lo consciente.

    Resulta ilustrativo mostrar las diferencias entre los mitos y los conceptos provenientes del pensamiento cientificista. Los mitos, en lugar de simplificar los significados reduciéndolos a frias definiciones y taxonomías clasificatorias, los amplifican y complejizan. Los mitos enriquecen, agregan información, imágenes, misterio y humor. El mito se erige como una proto-respuesta ante la pregunta que es siempre abierta, la que facilita el despertar de la respuesta individual que aporta claridad contextual al indagador. Es cierto que los mitos emplean figuras humanas y hablan con una retórica subjetivista que se entremezcla con pasiones y sentimientos, sin embargo, sus efectos pueden ser más objetivos ya que no fuerzan una construcción teórica y única de los fenómenos de la realidad que nos rodea.

    Percibimos al mundo en nuestra escala vital, como siguiendo ciertas reglas más o menos estables; pero, si vamos más allá en lo macro y lo micro, el espacio se curva, las fronteras entre el pasado y el futuro se desvanecen, la densidad de la materia se diluye, se crean partículas por doquier, las dimensiones se multiplican, y así siguiendo. Por eso, la realidad que observamos cotidianamente, es una pseudo-realidad sesgada por la constitución egocéntrica de nuestra identidad.

    Los principales avances en la física del siglo pasado: la teoría de la relatividad, la física cuántica con el principio de incertidumbre de Heisenberg, y el de complementariedad de Bohr (y sus múltiples interpretaciones), la teoría del caos, la cibernética de segundo orden, los teoremas de Gödel, la teoría de las catástrofes, la termodinámica de las estructuras disipativas, la teoría de la información, los enfoques sistémicos, los sistemas complejos adaptativos, la criticalidad auto-organizada, las redes neuronales en fin, las ciencias de la complejidad, han introducido, en las últimas décadas, una visión que relativiza enormemente los conceptos mecanicistas, racionales y objetivos de lo real y son todas teorías que reflejan, la creciente importancia que tienen la contingencia, la incertidumbre, la interacción entre múltiples elementos conectados y a su vez, descontrolados, la indeterminación y la diversidad en los sistemas naturales y sociales, las Redes.

    Este tipo de teorías requieren métodos y formas de pensar, distintos al método científico estándar. Por ejemplo, la contribución más importante de la teoría general de los sistemas, que comenzó desarrollando Ludwig von Bertalanffy es la demostración, de que los sistemas vivos no pueden ser comprendidos sólo desde el análisis. Las propiedades de las partes, de los elementos constitutivos, no tienen propiedades intrínsecas en relación al sistema y, en consecuencia, sólo pueden entenderse desde el contexto del todo. Fue luego, Heinz von Foerster quien por los año ‘60, consideró, que la ciencia debía ir más allá y afrontar un nuevo desafío epistemológico, en el cual el observador formara parte del sistema que intenta comprender.

    Las ciencias de la complejidad, se acomodan a la idea de que el conocimiento no implica una correspondencia con la realidad. Ernst von Glasersfeld utiliza las palabras del inglés “match” (corresponder) y “fit” (encajar), para tratar de explicar las diferencias entre las dos posiciones metodológicas, que definen el racionalismo crítico y el enfoque sistémico. El realismo racionalista, considera que existe una correspondencia entre el conocimiento y la realidad, mientras el enfoque sistémico de la complejidad, debería sostener que el conocimiento supone sólo un “encaje” con ella. De este modo, diferentes conocimientos, significados, interpretaciones y experiencias pueden encajar en una misma realidad. Así, la función de la razón, no es describir una verdad o realidad ontológica objetiva, sino organizar el mundo experiencial del sujeto.

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    La Tercera cultura

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    Tercera CulturaLa integración de la “cultura literaria” y la “cultura científica” está dando pie a lo que algunos llaman la “tercer cultura“: fuente de metáforas que renueva no sólo el lenguaje, sino también al armamento conceptual del humanismo clásico.

    El 6 de octubre de 1956 apareció en la revista inglesa New Statesman un artículo de C. P. Snow titulado “The Two Cultures” (Las dos culturas). Tres años más tarde, en el mes de mayo de 1959, Snow dictó la conferencia Rede en Cambridge, Inglaterra, usando para ella el mismo título, con el que fue publicada ese mismo año. Aunque al principio la reacción a las ideas de Snow fue modesta, al cabo de unos cuantos meses se tranformó en una avalancha. Se puso de moda hablar del divorcio entre los científicos y los literatos (las “dos culturas” originalmente descritas como inconmensurables por Snow) pero muy pronto se amplió el marco de referencia incluyendo en el campo de los “científicos” a todos aquellos trabajadores con preparación técnica profesional, como ingenieros, economistas, químicos, psicológos, agrónomos, y médicos (los “tecnócratas”), mientras entre los “literatos” se enlistaron a todos los artistas, historiadores, filosófos, pedagogos, estetas, sociólogos y bibliotecarios (los “intelectuales”). La separación que Snow originalmente describió entre ellas se transformó en unos casos en abismo y en otros en trinchera, a través de la cual se peleaba una guerra sucia.

    Snow resumió sus ideas cuatro años más tarde, cuando publicó una “segunda mirada” a su conferencia de 1959, con las siguientes palabras: “En nuestra sociedad (o sea, en la sociedad occidental avanzada) hemos perdido hasta la pretensión de poseer una cultura común. Las personas educadas con la mayor intensidad de que somos capaces ya no pueden comunicarse unas con otras en el plano de sus principales intereses intelectuales”.

    Una duda surge, sin embargo, cuando se reflexiona detenidamente sobre la situación actual: ¿Es en realidad este debilitamiento de la dicotomía que parece hoy apreciarse un signo del declive de un modo agotado de concebir las relaciones entre las ciencias y las humanidades? ¿O es más bien el resultado de una batalla ya librada y ganada por la ciencia? Ésta última es una posibilidad que no puede todavía descartarse. Lo que hay en la mente de algunos cuando hablan de la superación de las fronteras disciplinares que han separado a la ciencia y a las humanidades no es el convencimiento de que las diferencias en métodos, valores, objetivos e intereses pueden ser menores de lo que se había pensado hasta ahora. Lo que hay es la idea, más o menos confesada, de que las humanidades ya han fracasado en su tarea más de lo razonable y durante más tiempo del permisible; y que ello se ha debido no tanto a la complejidad de sus asuntos como a la incompetencia de los humanistas y a su generalizada manía por la oscuridad y la especulación desencarnada. Creen, por tanto, que ha llegado, el momento de que esa tarea pase a manos de los científicos, quienes no en vano han mostrado que son capaces de llevar a buen puerto las empresas intelectuales más arduas.

    Esta es la vocación que hay detrás de buena parte de lo que se promociona en los últimos años bajo el epígrafe de “tercera cultura”. Pese a lo que tal denominación quiere dar a entender, en ocasiones no se propone una vía intermedia o una síntesis superadora de las dos culturas, sino que simplemente se resucita la vieja aspiración de Snow de promover en todos los ámbitos culturales importantes la autoridad intelectual de los científicos, sin más requisitos que su formación como tales. Una tercera cultura que resultaría, pues, del mero hecho de que los científicos pueden ser también humanistas si así lo quieren, e incluso (eso se proclama al menos) pueden hacerlo mejor de lo que se ha hecho hasta el momento.

    Así por ejemplo, John Brockman, el editor de una obra emblemática en este proyecto, es el impulsor de este movimiento.

    La tercera cultura
    La tercera cultura reúne a aquellos científicos y pensadores empíricos que, a través de su obra y de su producción literaria, están ocupando el lugar del intelectual clásico a la hora de poner de manifiesto el sentido más profundo de nuestra vida, replanteándose quiénes y qué somos.

    En los últimos años se ha producido en la escena intelectual un relevo que ha dejado al intelectual tradicional cada vez más al margen. Una educación estilo años cincuenta, basada en Freud, Marx y el modernismo, no es un bagaje suficiente para un pensador de los noventa. En efecto, los intelectuales tradicionales son, hasta cierto punto, cada vez más reaccionarios, y con harta frecuencia arrogantemente (y tercamente) ignorantes de muchos de los logros intelectuales verdaderamente significativos de nuestro tiempo. Su cultura, que rechaza la ciencia, [...] [s]e caracteriza principalmente por comentarios de comentarios, en una espiral que se agranda hasta que se pierde de vista el mundo real.

    Si, además, la hibridación de la que hablamos antes es posible, la ciencia misma no quedará intacta. También ella tendrá que experimentar cambios notables cuando trate abordar esas cuestiones de fondo.

    ¿Hubo siempre dos culturas?, ¿Ciencia y Humanismo?

    Fue el propio C.P. Snow quien en una segunda edición de su conocida obra «Las dos culturas» añadió un ensayo en el que sugería con optimismo que una «tercera cultura» emergería y llenaría el vacío de comunicación entre los intelectuales de letras y los científicos. Lo cuenta John Brockman, editor del libro «La tercera cultura. Más allá de la Revolución Científica». ¿Qué piensa de este fenómeno de la «tercera cultura»? ¿De qué modo creen ustedes que puedan unificarse la cultura científico-tecnológica y la cultura en general para conformar verdaderamente esa «tercera cultura»?

    La Tercera Cultura en palabras del propio John Brockman