Es necesario un Juramento Hipocrático para ejecutivos y tomadores de decisiones

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Hace un tiempo escribí un par de posts en los que planteaba la necesidad de que los economistas realicen una suerte de Juramento Hipocrático que los responsabilice a tener una actitud ética hacia la sociedad (véase entrada 1 y entrada 2).

En esa entrada, mostré cómo los estudiantes de economía tendían a tener una conducta mucho más codiciosa y competitiva que los de otras disciplinas producto del conocimiento que se les imparte.

En el número del Harvard Business Review de octubre del 2008 (versión en español) dos profesores de la Escuela de Negocios de Harvard, Rakesh Khurana y Nitin Nohria proponen algo similar: la creación de un “Juramento Hipocrático” que deberían cumplir los directivos y líderes empresariales para asegurar su profesionalidad a partir de cánones verdaderamente éticos.

Según comentan en el artículo cuyo título es: Llegó la hora de convertir la gestión en una verdadera profesión, la idea surge después de comprobar las tremendas deficiencias mostradas por los directivos de las firmas financieras mundiales. Según estos dos profesores, detrás de las bancarrotas a las que estamos asistiendo hay, literalmente, una falta total de profesionalismo. Yo incluiría algo más (véase la encuetas a su derecha…). Ante el reciente colapso de la confianza en las empresas, los ejecutivos están perdiendo legitimidad. Para recuperar la confianza pública, la gestión debe convertirse en una verdadera profesión como lo es el derecho y la medicina.

Las verdaderas profesiones tienen códigos de conducta, y el significado y las consecuencias de esos códigos son enseñados como una parte de la educación formal que deben tener sus miembros. A través de esos códigos, las instituciones profesionales forjan un contrato social implícito con la sociedad al ofrecer el control y la jurisdicción sobre una categoría ocupacional importante, y, a cambio, aseguran de que los miembros de nuestra profesión merezcan confianza (no sólo serán competentes en realizar las tareas que se les encomiendan, sino que además se comportarán según los estándares más elevados y una gran integridad).

Los dos autores del artículo estan convencidos de que imponer estándares educacionales y un código de ética no ahogará la creatividad emprendedora. De hecho, si el ejemplo de la medicina sirve de algo, un código hasta puede estimular la creatividad. El principal desafío de redactar un código consiste en lograr un consenso amplio sobre las metas y el propósito social de la gestión. Sobre esto, hay dos escuelas de pensamiento profundamente divididas. Una postula que el objetivo de la gestión sólo debería ser maximizar la riqueza de los accionistas; la otra sostiene que el propósito de la gestión es equilibrar los derechos de todos los grupos de interés (stakeholders) de la empresa. Cualquier código tendrá que ubicarse en el camino del medio para satisfacer el ímpetu creador de valor de la visión basada en el accionista, y la responsabilización inherente al enfoque basado en los stakeholders.

Entre los aspectos que incluiría ese código deontológico estarían el egoísmo o la falta de transparencia. Asimismo, los autores critican la formación que se da a los directivos en los MBA (los hoy famosos Masters in Business Administration), y sostienen que tanto los propios líderes como sus formadores deberían tomarse en serio su profesionalización si quieren que la sociedad confíe en sus habilidades. Me alegra mucho haber estado en línea con sus ideas y (en parte anónima) sentirme precursor de esta iniciativa…

Las quiebras de empresas financieras transformadas por la codicia de sus gestores en castillos de naipes y el colapso financiero que han suscitado y que tanto afecta a los que estamos asistiendo como testigos pasivos, demuestran que la gestión del riesgo ha sido totalmente inepta y que los directivos se han centrado en maximizar los beneficios a corto plazo, sin prestar atención a lo que pasaría cuando los buenos tiempos llegaran a su fin. La securitización y el excesivo apalancamiento de activos sin sustento real están provocando el posible colapso del sistema financiero global. El accionar de los managers delincuentes que dieron lugar a esta situación supera con creces a los efectos de un arma de destrucción masiva. Cabe preguntarse: ¿Cuánta gente morirá de hambre como consecuencia de los devastadores efectos de esta crisis?

Los autores del texto afirman que llegó la “hora de hacer del Management una auténtica profesión”. “A diferencia de los médicos o de los abogados, los directivos no necesitan una educación formal para ejercer”, afirman. Además, no necesitan adherirse a un código de conducta universal, como ocurre con las dos profesiones antes mencionadas. Incluso si una empresa escribe sus propios códigos internos, no hay un conjunto universal de valores profesionales aceptados y sostenidos por un órgano de gobierno con el poder de censurar a los directivos que se hayan desviado de ese código.

Ambos autores reconocen que, aunque la educación de un directivo es esencial, el éxito de directivos iconoclastas como Bill Gates, podría mostrar que la falta de formación formal en Management sería una ventaja positiva para convertirse en un emprendedor exitoso. En el caso de los médicos y los abogados, hay muy pocos ejemplos de buenos profesionales que no hayan recibido una formación profesional previamente. Khurana y Nohria proponen que los puestos de dirección sean clasificados en función de la cantidad de formación requerida para desempeñarlos, de tal modo que el mercado pueda clarificar el valor de esa formación. Resulta complicado imaginar, en cualquier caso, que los emprendedores formados en “la escuela de la vida” vayan a pasar de moda, dicen los autores.

Quizás más importante que un estándar educativo, sería un acuerdo general respecto a lo que constituyen sus estándares profesionales de comportamiento. En este punto, los dos profesores proponen crear una versión del Juramento Hipocrático aplicado al Management. El juramento para los directivos que ellos proponen cubre asuntos como el egoísmo, la transparencia, acceso a la información, entre otros:

Un juramento hipocrático para los ejecutivos


En mi calidad de ejecutivo, sirvo como agente fiduciario de la sociedad a cargo de una de sus instituciones más importantes: las empresas que reúnen a las personas y los recursos para crear productos y servicios valorados que ningún individuo podría crear por sí solo. Mi propósito es proteger los intereses públicos aumentando el valor que mi empresa crea para la sociedad. El valor sustentable es creado cuando la empresa produce un resultado económico, social y ambiental que es mediblemente superior al costo de oportunidad de todos los recursos que consume. Al cumplir con mi rol:

  • Reconozco que en toda empresa confluyen muchos mandantes distintos, cuyos intereses a veces pueden divergir. En mis esfuerzos por equilibrar y reconciliar estos intereses buscaré un rumbo que aumente el valor que mi empresa pueda crear para la sociedad en el largo plazo. Esto no siempre significará hacer crecer o preservar la empresa y podría incluir acciones dolorosas como su reestructuración, clausura, o venta, si es que estas acciones preversan o aumentan su valor.
  • Me comprometo a que las consideraciones de beneficio personal nunca estarán por sobre los intereses de la empresa que se me ha encargado gestionar. La búsqueda del interés personal es un motor vital de la economía capitalista, pero la codicia desatada también puede ser muy dañina. Por lo tanto, me precaveré contra las decisiones y las conductas que sirven a mis estrechas ambiciones personales pero dañan la empresa que gestiono y las sociedades a las que atiende.

  • Prometo comprender y observar, tanto en la letra como en su espíritu, las leyes y contratos que gobiernan mi propia conducta, la de mi empresa, y la de las sociedades en las cuales opera. Mi conducta personal será un ejemplo de integridad, coherente con los valores que abrazo públicamente. Tendré el mismo celo en mis esfuerzos por asegurar la integridad de los otros en mi entorno y daré a conocer las acciones de los demás que representen transgresiones de este código profesional compartido.
  • Juro representar el desempeño de mi empresa con exactitud y en forma transparente a todas las partes pertinentes, asegurándome de que los inversionistas, consumidores, y el público en general puedan tomar decisiones adecuadamente informadas. Intentaré ayudar a las personas a comprender cómo se toman las decisiones que las afectan, de modo que las elecciones no parezcan arbitrarias o parciales.
  • No permitiré que las consideraciones respecto de raza, género, orientación sexual, religión, nacionalidad, política partidista, o estatus social influyan en mis decisiones. Trabajaré para proteger los intereses de aquellos que no tengan poder, pero cuyo bienestar esté sujeto a mis decisiones.
  • Gestionaré mi empresa mediante la aplicación diligente, cuidadosa, y concienzuda del buen juicio basado en el mejor conocimiento disponible. Consultaré con mis colegas y con otros que puedan ayudar a informar mi juicio e invertiré en forma continua en mantenerme actualizado en el conocimiento en evolución de mi área, y siempre estaré abierto a la innovación. Haré todo lo posible por desarrollarme a mí mismo y a la próxima generación de ejecutivos de modo que la profesión siga creciendo y aportando al bienestar de la sociedad.
  • Reconozco que el nivel y los privilegios que me distinguen como profesional son consecuencia del honor y de la confianza de los cuales goza la profesión en términos generales, y acepto mi responsabilidad de encarnar, proteger y desarrollar los estándares de la profesión de la gestión, con el fin de fortalecer ese respeto y honor.


Ahora que la opinión pública y los políticos culpan a las empresas de los males de la economía, esta llamada a la profesionalización de los directivos no podría ser más oportuna. Los líderes de las empresas y quienes mejoran sus habilidades deberían tomar su profesionalización seriamente, si quieren que la sociedad confíe en ellos.

No obstante, querer que los directivos se comprometan a servir el interés público aumentando el valor que su empresa crea para la sociedad puede ser un estándar complicado de juzgar, ya que el trabajo de un directivo se suele orientar y medir en función de básicamente de un parámetro: las ganancias. Ello obliga a crear un contexto social y legal que sea capaz de castigar el tipo de conducta rapaz que los ejecutivos que recientemente actuaron al sólo amparo de la ambición y la codicia desmedida.

Hace unos meses, Marcel Ospel, ex presidente de UBS, un gran banco internacional ha tenido que ceder su puesto dejando tras él y su equipo, un increíble agujero de más de 43 mil millones de dólares, a causa del inmoral “juego” de las hipotecas subprimes. Los ahorros de muchos jubilados que habían puesto su confianza en ese Banco se han evaporado. Pero al presidente saliente se le ha consolado ofreciéndole un “paracaídas dorado” de más de treinta millones de dólares. Menos de lo que eran sus ingresos anuales. En estos días, el señor Ospel juega al golf en Arabia Saudita, según se puede leer en la prensa suiza.

¿Es un crimen penal “jugar” arriesgando ligeramente el dinero ajeno? No, puesto que no está codificado por ninguna ley, ni parece fácil que llegue a ser codificado como delito, sin embargo, este debería ser un delito de lesa humanidad por las devastadoras consecuencias que ha originado su accionar.